Pasado inmediato

No te quiero.

No así.

No de la forma en que existes desde que existes en mi. Más quisiera que nunca hayas existido en mi hasta después. Hasta que mi pasado no sea un fiambre que, deslavado y colgante, hace pesar mi andar de acá para allá. Entonces sí.

Porque así me verías como el hombre completo que quiero ser, el que puede ponerse de pie y recibirte así, tal como eres, sin más ni menos.

Parece que el mundo conspiró para darme cuenta de tu existencia desde muy temprana edad. Has visto mis ojos derramar lágrimas que después de un tiempo empezaron a derramarse hacia adentro, pero no disminuía el caudal; has visto mis rodillas flaquear al ir empujando el ataúd de mi padre hasta su última morada; has visto mi mente convertirse en un cielo sin estrellas, ni nubes, ni luna ni sol… en blanco; has visto mi corazón pulverizarse al caer sin envoltorio al piso.

Algunas de esas ocasiones has sido solo parte del público de esta obra de teatro llamada “mi vida”, algunas otras te has llevado el tercer acto en el bolsillo.

Pero no lo quiero. No así.

Y aún, lo tengo.

Te tengo.

Te tuve en mi desde ese primer día, desde ese primer abrazo, desde esa primera sonrisa; jamás me has abandonado.

Mi yo se ha doblado y roto, re compuesto y vuelto a romper. Nuevas grietas y nuevas cicatrices. Nuevos pegamentos, nuevos motivos. Nuevos paisajes y nuevos ojos. Las manos siguen ahí, los pies también.

La inútil tarde, la que se desperdicia con gritos y reproches, la que termina tres noches después, insomne frente al encierro de mi cuarto, de la cobija que me cubre, de esa mirada que juzga y espera errores y asigna castigos; esa inútil tarde se apoderó de mi vida. Dejé que se apoderara.

Y no me has abandonado.

Jamás te fuiste.

Ella sí se fue. Un día después de mi ducha, en la tarde, así como todo lo demás que creía definir mi yo, mi acontecer, me anunció su partida mientras me secaba con una toalla.

Un definitivo hartazgo le orilló a retirarse del juego, un juego en el que si uno gana, los dos pierden. Su mirada se tornó aún más fría y dura. Sus palabras también. Jamás creí llegar a ser la persona más odiada del planeta para la mujer con quien compartía la cama; y ésta es la segunda vez.

Y tomó sus cosas, las de nosotros, y se fue.

Me dejó un comedor, el frigorífico y el perro. Una cama vieja y mi casa.

En el transcurso de esos días perdí todo y nada a la vez.

Se fueron todos. Se fue Ella, primero se fue el dinero, se frustraron los sueños, se fue el trabajo, se fue mi seguridad y se fue mi único YO que no era Yo.

No es importante el dinero, no lo es hasta que lo pierdes por completo. Entonces sí es importante, sobre todo si no se fue solo, sobre todo cuando se va por delante.

¿Qué significaría en el universo mágico perder todo el dinero?

Y la palabra PERDER no le hace honor al acto, pues pareciera que “perder” dinero evoca la idea de olvidar en algún paraje desconocido una bolsa llena de monedas de oro. En mi caso puedo decir que se dio a la fuga. Salió de la prisión de mi cuenta de banco y ahora corre libremente en la cartera de desconocidos. Con seguridad, no le gustaba mi presencia ni mi manera de apreciarle. Tampoco a Ella.

Se llevó a mi otro YO consigo, y me quedé solo con mi Yo. El de siempre. El que no sabe contar excepto con tu presencia. El que te tiene desde aquel día, el que de pronto se aparece en la puerta de tu casa sin avisar, el que te busca a veces para que le digas cosas que hacen que le duela la panza, para bien o para mal.

Y empecé a entenderte, a buscarte sin necesidad de provocaciones falsas o construidas.

Temía tu visita y me negaba a aceptarte en mi casa. Me daba pena tu presencia, pues intuía una derrota el abrirte la puerta y que vieras el mal estado en que me encontraba, pero igual te procuraba. Tenía que salir de casa para empezar a apreciarte, mantener la cabeza ocupada en otras cosas.

Hasta que regresaste a ser parte de mi otra vez; hasta que, con tu andar fino y tus manos delgadas, regresaste a ocupar el lugar que nunca debiste dejar. Porque, aunque ahí seguías, tu idea en mi se contaminaba con mi cárcel, con el dolor, el rencor y la melancolía.

Tuve que cavar profundo para re encontrarte sin miedos, para recordar tu olor a canela y bosque. Para dejarte un espacio en mi cama y dormir.

Hoy, te recibo con el alma abierta y los brazos extendidos,

Soledad.

 

 

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De lo que no hay fotografía

Pues pasó. Y pasó porque tenía que pasar, así lo queríamos.

Enfilamos para Puerto Vallarta a pasar nuestra luna de miel, un año después de casarnos. Vaya forma de festejar.

El año pasado por fin me casé. Ha sido una experiencia extraña, pues nos llegó gradualmente y la existencia de un papel con nuestras firmas y nuestras huellas digitales no cambió mucho lo que ya sentíamos y esperábamos del otro. Es curioso como las cosas van encajando una con otra y lo que somos se va aclarando poco a poco. Amo a mi esposa y me dio mucho gusto haber tenido una boda fabulosa, muy sencilla y emotiva.

Mientras la organizábamos hicimos nuevos amigos, nos re encontramos con otros y nos procuramos la mejor de las compañías. Fue extraño no verlos a todos, pues la falta de dinero nos limitó mucho, pero también fue extraño no tener a mi papá o a mis abuelos conmigo. De niño pensaba que siempre estarían en todos los eventos importantes.

A mi me hizo falta mi papá.

Noté en los ojos de mi mamá una felicidad extraña. Pensativa.

Después de eso, mi esposa y yo nos dedicamos a sobrevivir, sin saber cómo exactamente lo íbamos a lograr, pero haciendo lo mejor posible para averiguarlo. Durante meses hacíamos lo que creíamos necesario para darnos un regalo sencillo y necesario: Unos días en la playa.

Hace años, en un afortunado arranque de aventura, dejé de ir a trabajar por una semana para invitarla a Puerto Vallarta. Ya había pasado por un conato de paro cardíaco y mi sobrepeso ya estaba en aras de ser controlado con la comida que me preparaba mi querida amiga Benny. Nos escapamos en la camioneta prestada por mi futuro suegro y nos lanzamos a la aventura. No pude resistir! Apenas en Guadalajara me armé de valor para pedirle, mientras la abrazaba en una cama que nos prestaron, que si quería ser mi novia. Era 12 de Octubre. Dijo que sí y dormimos juntitos.

Mucho tiempo después, muchos kilómetros después, sigo un poco frustrado porque a mi esposa no le gusta que le tome fotografías, entre otras cosas a las que me estoy acostumbrando.

Un año de esfuerzo y ya andábamos de camino a Vallarta otra vez, en otra camioneta prestada y ese extraño Deja Vu de ir con la misma persona, por el mismo camino, pero ahora tomados de la mano y casados.

No medí todo lo que pasaba desde que empecé a salir con ella. Simplemente me dejé llevar por mi ser interno que no cesaba de pedirme estar con ella.

Tomamos fotografías del mar, de la playa, de las personas y hasta de una cerveza helada que habría de beberme al pie del malecón. Algunas de esas fotografías nos incluyen, la mayoría solo a mi. Siempre me imaginé que necesitaba tener una novia que me dejara aparecer en las fotos, y para ello terminé con una esposa que no le gusta ser fotografiada pero no tiene empacho en tomarme fotografías a mi. Por fin, ahora salgo yo en las fotos de mis viajes.

Salimos a caminar ya noche. El hotel tenía una pequeña palapa que daba techo a cuatro hamacas. Tomamos una, la más lejana a las otras dos que estaban ocupadas, y nos abrazamos.

Balanceándonos miré las palmeras, el profundo azul oscuro del cielo; sentí la brisa fresca que me subía por las piernas y se colaba debajo de mi short deportivo. Aspiré cuidadosamente el olor de su cabello mientras sentía cómo su mano fina acariciaba mi barriga. Hice un esfuerzo tremendo por hacer salir de mi boca palabras relevantes para que, reposando la cabeza sobre mi pecho, me escuchara desde las profundidades de mi ser. Pero para entonces ya estaban sobrando las palabras. Me dejé llevar y la noche se convirtió en el ruido de la brisa contra las palmeras, el vaivén de las olas y el rechinar de la hamaca al balancearnos.

Ahí lo entendí.

No hace falta tener registro de todo. También es delicioso mantenerlo en la mente, ahí, un poco descuidado y maltrecho por las escaramuzas de la memoria, avivado con los vinos de la imaginación y añorado por el corazón que sólo pide la oportunidad de repetirlo.

Ahí lo entendí

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Resúmen

La vida es una cosa extraña, ya lo decía la otra vez. Un día podríamos estar en la cima del mundo, en la comodidad total, en la única forma en la que pretendemos hacer algo por nuestras vidas sin hacer nada realmente.

La vida es una cosa curiosa la primera vez que sufres una decepción en la vida, de esas decepciones que te tumban, que te pisotean y dejan tu moral líquida… la vida es una cosa curiosa cuando pierdes a una persona importante en ella, a alguien que funcionaba como pivote de tus decisiones y dejaba esa sensación de equilibrio interestelar que provocaba convulsiones de rebeldía de vez en cuando, pero siempre un actuar bajo una filosofía aprendida.

Fue una época de pérdidas. Temporada de perder lo ahorrado, temporada de perder a un ser amado, temporada de perder la autoestima y la confianza en las buenas decisiones que yo pensaba estar tomando. *Las mejores decisiones se hacen al chingazo, se mastican tantito y se tragan picudas y rasposas, mientras el estómago del tiempo se encargará de lo demás* me engañaba pensando… Y así lo hice. Pues en aquel entonces que él se fue me funcionó. Pero una de las cosas que no urge resolver así es la vida misma.

Las primeras veces de todo siempre son memorables: la primera vez que cojes, la primera vez que haces el amor, la primera vez que crees enamorarte, la primera vez que te enamoras, la primera vez que ganas dinero real, la primera vez que te roban, la primera vez que sales de casa a buscar un mundo nuevo, la primera vez que te das cuenta que el mundo es una mierda, la primera vez que alguien te hace ver justo lo contrario, la primera vez que encuentras el trabajo de tus sueños, y descubres que tus sueños no daban para más, la primera vez que te despiden de un trabajo, la primera vez que necesitas dinero y no tienes ni para pagar la renta… La primera vez que te quieres morir y sin saber, ya has estado a punto de hacerlo…

Para todo hay tiempo. Para los amores a la lejanía, para las melancolías, para los pasatiempos, para las causas que parecen inútiles, para los partidos de Béisbol y las telenovelas… Pero a veces para detenerse un poco, respirar, voltear arriba y tratar de, entre la nata de smog que cubre la ciudad y los edificios que flanquean la calle, descubrir cosas más sencillas… Más reales… Menos efímeras… Para todo hay tiempo.

Mirar al cielo es reconocer la chispa que es la vida… Eso, solo un destello inconsciente del universo, solo un evento raro que sucede con los átomos quien sabe donde, quien sabe a que hora, quien sabe cómo… Y entonces regresar la vista al piso. Ver en lo que nos hemos convertido, ver que estamos inmersos en una maraña inconsistente de pantallas, máscaras, engaños, juegos, ganadores y perdedores…

Eso me pasó. Me fui, así como así… Con lo poco que tenía, a disfrutar de dos presencias que imponen: el mar y ella.

Y cuando regresé a la gran ciudad lo perdí todo… Sin saber que justo venía a perderlo todo… A eso venía a la gran ciudad… A perder dignidad, autoestima, dinero, amigos, salud… A terminar de tocar fondo y quedarme ahí unos instantes; tuve que quedarme a respirar en el fondo del pozo y agarrar fuerzas, a re hacer todo… A planearlo, a pensarlo, masticarlo a consciencia, a acostumbrar a mi cansado corazón a pedir lo bueno.

Casi me da un infarto, literalmente, en dos ocasiones en mi vida… Justo había pasado la segunda… No voy a permitir que suceda de nuevo…. No así, no sin tener conocimiento de causa, y no lo estoy permitiendo.

Y acá sigo… Más vivo que nunca, con esas dos presencias que imponen: ella y el mar… Cada vez el mar importa menos. Mi corazón tranquilo, mis ocupaciones serenas, mi profesion con menos angustias… mi comida con menos grasa… y una vida gozosa.

Casi cumplo 30, y jamás me había sentido con tal control sobre lo que me pasa en mi vida… Y aún así, ni que hubiera que empujar mucho hacia donde voy, pues no voy solo… y me gusta.