Que difícil es explicar un dolor

… y más difícil aún no poder curarlo aún.

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La Chichi

El otro día, regresando de pagar la luz, me encontré a don Martín.

Éste señor enmarcaba con su presencia la entrada a la tiendita, a un lado del vagabundo de los perros y el orejón del tendero, quienes animadamente platicaban mientras yo caminaba hasta el fondo de la tienda para escoger unos aguacates para mi cena.

– ¡Ya ni saludas iralo! –

Escuché detrás de mi, pues sin saber cómo, pasé sin ver más que los 4 perros que esperan al vagabundo que adentro se tomaba un refresco, y no me di cuenta de la presencia de don Martín, con quien he tenido ya varias charlas extendidas sobre cualquier tema que se nos ocurre.

– ¡Ah! ¡Don Martín! ¡Que gusto verlo! Oiga, que bien se le ve, todo sonriente y más delgado cada vez.

– Sí, he andado más tranquilo últimamente, pero uf, vaya que me había tocado una época muy pesada.

– Y, ¿Cómo le hizo para andar ahora tan contentote?

– Pues me fui con las “guares” a que me hicieran una limpia…

– …

– Sí hombre, con una de esas guares cachetonas que te hacen limpias allá por Pátzcuaro. Está bien bonito porque te pasan una de sus chichis por todos lados… y con eso te limpian.

– …

El vagabundo y el tendero soltaron la carcajada después de tres segundos, pues don Martín contó la breve anécdota con tal convencimiento para cerrar con una sonrisa medio “bobona” que nos dejaba saber que sentía algo de pena por haber contado semejante evento.

– Oiga don Martín, pero… ¿nomás le pasan la chichi por todos lados y ya?

– ¡No hombre! Si es todo un ritual muy complejo y apestoso.

JUAAAAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJA

Volvieron a reír el tendero y el vagabundo. Yo ya no podía contener la risa que medio me salía y medio contenía para seguir sacándole la sopa a mi involuntario comediante de turno.

– Y mira que desde que se ponen a quemar una hierbas todas raras, el ungüento que se unta mas el encerrón al que te meten, pues sí se pone interesante ese rollo. Más porque terminas con la cara embadurnada de todo eso y te deja un olor muy intenso.

– Oiga don Martín, y a todo esto ¿Cómo se siente?

– ¡De maravilla!

Para entonces el tendero y el vagabundo ya nos miraban con los ojos vidriosos de tanta risa.

– Oiga don Martín, pues es que mire, uno podrá traer lo que sea, cualquier mal, cualquier angustia de todo tipo y, lo que sea que le ayude a quitarse esa angustia seguro debe ser bueno, pues lo libera, de la forma que sea, de ese peso mental de su problema y, eventualmente, le ayuda a superarlo de una forma u otra ¿No cree?

– Pos si, pero ve esta manga de orangutanes riéndose…

– Nambre don Martín, es que ese tipo de cosas no se escuchan muy seguido, además le sirvió ¿No es así?

– Te digo, me siento de maravilla!

– ¡Ah pos ahí está! Ahí luego me pasa el dato don Martín, que una buena limpia nos hace falta a todos.

– Ándele mi estimado, ahí me saluda a su mujer.

 

 

Publifóbico

Han sido diez años extraños.
Salí de mi casa unas pocas semanas después de terminar la universidad. Ya llevaba tiempo trabajando como diseñador y como artista 3D. Una vez con un pie fuera de la ciudad, no miré para atrás.

Tenía mis esperanzas bien puestas sobre mi ingenio, habilidad y buena vibra para hacer amigos.

Fue en la segunda semana de enero en el año 2007 cuando mis papás y mi hermano me llevaron a Monterrey, Nuevo León, en la Pickup en donde yo mismo habría de recorrer buena parte del país más adelante. Fue un viaje que duró toda la noche. Morelia – Salamanca – Querétaro – San Luis Potosí – Matehuala – Monterrey.

Poco tardé en darme cuenta de las pesadas jornadas que hay que invertir en los estudios de maquila de modelos para videojuegos. Entraba a trabajar muy temprano y salía cuando el sol ya estaba ausente.

No duré mucho en ese trabajo. El patrón un día estuvo a punto de despedirme el día en que llegué con coche recién comprado y me estacioné en un cajón de los dos que teníamos desocupados. Ese día me gritó mucho pues había cometido semejante falta que no me despedía solo porque tenía trabajo por entregar.

Regresé a mi tierra por la pérdida de mi padre dos semanas después de eso.

Desde entonces me he dedicado a crear contenido para publicidad. Cosas en tercera dimensión, otras en dos dimensiones. Llegué a sentir orgullo al pronunciar la frase “vivo de dibujar”.

Hace muchos años, cuando abandoné la carrera de Ingeniería Mecánica, provoqué un gran disgusto a mi papá cuando le confesé que ya había hecho el examen de admisión para la carrera de diseño gráfico y que, de manera destacada, había aprobado sin problema. Me dijo que iba a terminar como maestro de dibujo en una secundaria y que me iba a morir de hambre… Y aún así me apoyó.

Eso cambió mucho mi vida para bien. Estudiar la carrera de Diseño Gráfico es una delicia. Nos hace sentir un glamour que no hay en las ingenierías, por ejemplo. Éste glamour es falso y muy peligroso en una carrera que parece fundamentarse en opiniones, la visión subjetiva de la comunicación, que no lo es; más que un desarrollo filosófico y semiótico de los mensajes, que debería serlo un poco más.

Y con ese glamour me sentía crecer como diseñador gráfico, comunicólogo, artista, sin saber que la motivación para desarrollar publicidad iría decayendo cada año que invirtiera en ello.

Un poco después, viví con cierta emoción la llegada de un gran premio internacional de mucho prestigio al lugar donde yo trabajé por tres años. No sabía qué sentir cuando, aún y el premio, las jornadas de trabajo me incluyeron varios días festivos o feriados. Regresaba de visita a casa de vez en cuando y ya para entonces mis amigos notaban mi gradual y constante aumento de peso.

No importaba. El sueldo moral era mucho y el monetario más que suficiente. Aunado a eso, sufría de depresión y dejé de intentar hacer amigos… Tampoco andaba con buena compañía.

Seguí trabajando para la publicidad un par de años mas. Cosas cada vez más comerciales, hasta que me despidieron de un empleo… Fue cuando pude salir de una zona extraña para entrar a otra aún más.

Bien acompañado esta vez, atravesé el país de nuevo y empecé desde cero muchas cosas; solo para descubrir que ese glamour que se notaba a lo lejos, es igual de falso en todos lados. Unas cuantas aproximaciones a las campañas políticas me convencieron finalmente de dos cosas importantes:

1. Todos creen saber hacer publicidad.

2. Tu trabajo es tan irrelevante que a la menor oportunidad, cualquiera la evita.

Entonces. ¿Para qué hacerlo? ¿Para qué tanto desvelos?

Seguro habrá quien tenga más pasión que yo para ese tipo de cosas. También estoy seguro que habré de desvelarme de igual forma por algo que yo vea más lógico, menos inerte, más pasional, musical.

No tengo nada resuelto en esta vida, y eso por ahora es lo que la hace interesante; por otro lado, cada vez estoy más seguro que ya no quiero hacer publicidad.

Algún día en esos años terminé en una ambulancia por lo que fue descrito como un “evento cardiaco”. Mi peso y mi depresión me mantenían apenas respirando, lo suficientemente para sobrevivir, pero no tanto como para salir del hoyo. Lo único que pudo salvarme fue darme el tiempo, el espacio y el cariño que me hacían falta.

No estoy diciendo que la publicidad me provocó todo eso por lo que pasé. Al contrario. Yo mismo me hice caer en ese tremendo agujero extraño. La publicidad me enseñó a ser muy crítico con todo lo que veo, a detectar el cliché, lo barato, lo deforme y defectuoso pero cubierto de oropel; me enseñó a perderle el respeto y a escoger con más cuidado lo que entra por mis oídos y mis ojos. La publicad no fue mi prisión, yo era mi prisión… La publicidad solo ayudó a liberarme.

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Hacer…

Tarda uno en aprender.

Requiere tiempo, paciencia y mucha frustración ante el mundo. Durante un buen tiempo pensamos que todo el mundo juega en nuestra contra, para vivir enojados con quien ose mirarnos seriamente, con una sonrisa, con una mueca o con la mirada vacía… Qué importa, seguro algo malo está pensando de mi.

Nos preguntamos qué es lo que le debemos al mundo y desarrollamos una alta sensibilidad a la crítica, dando tumbos por la vida pensando que todos piensan que nosotros somos unos tarados… Justo lo suficiente para culparlos de nuestros errores, por su escrutinio, su crítica, por juzgarnos.

Todo lo externo nos afecta y sin saber cómo, hace que estos sueños se queden como eso, como sueños solamente. Es muy romántico tenerlos, acariciarlos de vez en cuando, acercarme a veces sí y a veces no, avanzar para luego detenerme, regresar la mirada y retroceder por donde venía a donde no llueve, o hace viento, o calor o hambre.

Tarda uno en aprender que eso que quieres, tuyo ya es. Lo que sea. Solo hace falta levantarse, caminar y tomarlo.

Anda, ve y tómalo. Es tuyo. Siempre lo fue. Aprécialo de cerca, huélelo, siente su textura, su peso. Y no me refiero al plano material, pero sí un poco; en esa básica forma que pretende traducir tu esfuerzo en herramientas para vivir pleno.

Siempre lo fue, hasta que derrochaste el tiempo invertido en vicios; hasta que decidiste regalarlo al siguiente en la fila, por no saber esperar, por no querer esforzarte, por ni siquiera volver a colocarte al final de la fila e insistir.

Anda ve y tómalo. Es tuyo. Siempre lo fue. Porque tu vida no gira en torno a tus angustias y la lástima que le generas a los que te rodean… Y lo que creas que te van a regalar cuando los haces perder su tiempo así.

Anda ve y tómalo, que lo mereces hoy y mañana, y ya lo merecías ayer, aunque tú mismo te convenciste de lo contrario, te alejaste, te sentaste, dejaste de hacerte presente, te sentías insuficiente, y al final lo fuiste.

El mundo no está hecho para los pacientes inactivos, cuando menos para los que no pierden la paciencia u obstinación.

Aprende ¡aprende montones! Y una vez que aprendas, practica ¡practica montones! Una vez que hayas practicado mientras ya caminabas, ponte más retos, sobre todo uno importante: conócete. En la medida que logres eso, aunque aún no llegues, podrás saber qué hacer con ese conocimiento, con esa habilidad.

Las cosas no empieza desde qué es lo que haces… Empiezan desde la pregunta ¿Porqué hacer?

¿Porqué haces lo que haces?

Sierra tamaulipeca (3)

Pues la pickup no iba a prender ni rezándole tres aves marías y agarrándola a pedradas.

Ya se habían ido los power rangers verdes del camino, con sus barrigas y sus lentes de judicial, ya se había ido mi amigo el camionero, y triste vi como la familia que traía su mini van, compraban quesadillas para todos, y muy contentos se iban con su destartalado vehículo.

Un par de horas después, ya quien sabe que hora era, llegó una Pickup azul, muy bajita y maltrecha. Adentro iba Daniel, un sobrino de mi abuelo, y mi papá.

– Qué pasó mijo ¿Ya te aburriste?
– No, pos más o menos.
– Mira lo que trajimos…

Y apunta a la camioneta de donde está bajando Daniel una batería toda mugrienta.

– Oye Pa, pero vinieron los Ángeles Verdes y…
– Aaah vinieron los Ángeles verdes? ¿Entonces ya te arreglaron la camioneta? Mira Daniel que vinieron los…
– Si, pero mira lo que le sacaron

Y le señalo ese montón de hilachas deformes y chamuscadas en el piso, cerca de la Pickup.

– Esa es la banda de la camioneta.
– Que la chingada, no traemos banda ¿verdad Daniel?
– No Rocha… Ninguna.
– Pos ponle la batería a ver si así ya jala.

Y que se la ponemos. Y que jala.

Arrancó la condenada camioneta, y yo brinqué de gusto.

Me fui manejando la camioneta de bajada, de regreso a la ciudad, pero tenía que apagarla de vez en cuando para que no se calentara con la falta de la banda que hace funcionar el ventilador y por consiguiente el radiador.

¡Está cabrón manejar una Pickup apagada! ¡Nunca lo hagan!

Los frenos se ponen duros, la dirección toda dura y el culo se frunce fuerte fuerte.

Cuando iba prendida hacia un ruido como de coche viejo, todo un traqueteo horrible que no nos dejaba tranquilos. Cuando iba apagada, escuchábamos el roce de las llantas en el asfalto, ese ruido sordo que me hacía pensar que el siguiente ruido sería el grito de nosotros saliéndonos de la carretera, o el de algún tlacuache distraído que no nos escuchó venir.

Cuando por fin llegamos a la ciudad, nos dedicamos a comprar una batería nueva, una banda nueva y a desayunar algo en un restaurante medio feo.

Le cambiamos el aceite y seguía haciendo ese ruido extraño.

Después de desayunar, ya algo mas tranquilos y despejados, partimos de nuevo por la sierra Tamaulipeca. Pasamos por las curvas y el desfiladero, la capilla de la Virgen del Tamal de Rajas, y una vez pasando este punto, nos sentimos aliviados de seguir subiendo y subiendo por la carretera.

El traqueteo no nos dejaba en paz, pero al menos podíamos solucionarlo subiéndole volumen al estéreo que ahora sí funcionaba sin problemas.

Siempre, en cada viaje de esos, mi papá acostumbraba marcarle a mis abuelos, al otro lado del país, para avisarles que todo iba bien. Por lo general salíamos tan temprano que llegábamos a nuestro destino a muy buena hora, todavía de día, cuando en autobús generalmente eran de doce a catorce horas de viaje.

Ese traqueteo nos tenía preocupados, y al bajar de la Sierra, entramos al estado de San Luis Potosí. Ahí empieza un extenso desierto, un altiplano, árido y caluroso, donde poco hay que ver.

Abundan los vendedores de animales protegidos, que a pesar de que las autoridades federales saben donde están, no les hacen nada. A veces los venden vivos, a veces convertidos en bisteces secados al sol y salados para que se conserven mejor.

¡Y nosotros buscando un bendito taller mecánico!

No cabe duda que el optimismo e involuntaria ingenuidad de mi papá nos metió en apuros medio culerillos, pero muchas veces eso mismo era lo que nos salvaba de otros apuros más culerones.

Ya íbamos por la carretera 54, creo que es el número, y de plano lo grande de ese desierto es impresionante. Hasta que nos encontramos un letrero que, para muchos es motivo de sorna, para otros les es indiferente, pero para nosotros fue como encontrar suero bebible en el desierto:

TALACHAZ AKI ——>

Pintado en un cartón que estaba mal pegado a un palo clavado en el piso.

Y ahí nos clavamos. Giré la camioneta hacia ese taller, si se le puede llamar así, y nos bajamos al llegar.

Salió un tipo flacucho y todo mugroso limpiándose las manos con otro trapo igual de mugroso. Mi papá le estrechó la mano sin chistar, y yo hice lo mismo.

– A ver abre el cofre.

Y que lo abro.

– A ver, enciéndale.

Y que la enciendo

– Trae un buzo pegado amigo.
* Y eso que chingados es* pensé
– ¿Aah y cómo se lo despego? – Dijo mi papá.
– No pos, primero tengo que tirarle todo el aceite y echarme una asomada la ver si nomás es uno o son varios, no vaya a ser que le esta funcionando menos de tres cilindros.
– UU que la.
– Desde donde vienen?
– Ciudad Victoria.
– No pos sí van lejos. A lo mejor se les despega en el camino, puede que se alcance a calentar el motor lo suficiente como para que se reblandezca un poco y dé de sí y se suelte.

Todos volteamos a ver la infinidad de desierto que había que recorrer.

– Yo creo que sí se calienta – dijo mi papá.

E hizo lo que dijo. Con habilidad que yo no esperaba, aún con el motor caliente, desmontó la tapa, le sacó el aceite y nos mostró varias piezas.

Le puso aceite de nuevo, esta vez la cantidad correcta, no la de nosotros ( pos de una vez échale otro litro, más vale que sobre y no que falte).

Más adelante encontramos un restaurante. Decía que tenía teléfono, pero nunca pudimos echarlo a andar… No sabíamos que había celulares públicos y que había que presionar SEND para que se marcara el número…

Todo el camino transcurrió sin muchos contratiempos, hasta que bajamos al mirador El Potosino, todavía en el enorme estado de San Luis.

Paramos a echar gasolina y, como siempre, los niñitos que salen quien sabe de donde, nos pidieron ya sea una moneda, un taco, o los dos. Mi papá fue a comprar unos Turcos, que son unas empanadas rellenas de carne deshebrada y seca con algunas especias, y un par de refrescos para el camino.

Yo tenía la camioneta encendida y, cuando él regresó notó que la camioneta ya no haca ruido. Es más, la apagamos y volvimos a encender y wow. Nada de traqueteo, ni de ruidos raros ni nada de nada. Todo parejito así chingón.

¡Fierro! ¡Ámonos!

Y que le metemos la pata y hasta llegar paramos. Muy de noche, ya la ciudad tranquila.

De inmediato, al llegar, mi papá telefoneó a mis abuelos. Pobres, ya estaban muy preocupados, pero quedaron tranquilos después de la llamada.

Al otro día por la mañana fuimos a comprar pan a la panadería de los Ortiz, y al regresar como que los frenos no funcionan bien.

En la tarde en el taller le dijeron:

– Aay Profe, pos porque trae los frenos así de jodidos! ¿Que se aventó de bajada con la camioneta apagada o que?