Mis adoloridos huesos

Aprender a recibir el reconocimiento. Recibirlo. Ser notado. Tener méritos.

La vida de mi lado se desmorona. Mi YO se hace a un lado para desbaratarse cual mazapán seco, y en su lugar se está plantando una semilla.

No conozco el fruto, ni el tipo de planta, ni lo que habrá de ayudarme a nutrirla; simplemente ahí está.

Quiero recibir una sonrisa a cambio de mis atropelladas palabras de cariño; una caricia a cambio de mis discretos regalos, único testigo del fantasma de mi presencia en tu habitación. No te pido que me entiendas, te pido que no me dobles hasta romperme para pensar como tú… pues nunca voy a poder y me estás perdiendo en el camino, y me estoy perdiendo a mi por permitirlo.

Quiero recibir un abrazo en las noches de confusión y tristeza, la presencia tibia de la solidaridad, el fresco sentimiento del compañerismo, el amor sin condición y sin ninguna otra emoción de por medio. Quiero sentir que lo merezco, que no debo luchar contra mis olvidos ni contra tus reclamos para hacerme acreedor a una mísera pizca de cariño; que tus reacciones de lo que hago por ti hablen del amor con que lo hago, no los dispersos “gracias” por algo que es mi deber hacer. Quiero sentir que lo merezco aunque a veces no lo merezca, pues mi lugar en nuestro mundo no está a la mano. Está escondido en un rincón, allá donde mis cosas se ocultan de la presencia de visitantes, donde nadie ve lo que hay y aún así sigo vulnerando mi tranquilidad permitiendo que alguien me diga cómo acomodar las cajas de mi alma y mi personalidad, desordenada y caótica tanto como diversa y genuina.

Y heme acá, derramando otra vez lágrimas a solas. Pensando que otra vez he errado el camino y que simplemente esas cosas de saber lo que uno es no son lo mío.

Saber lo que soy, aprender a ser lo que realmente soy; reconocerlo, renacer en el mismo cuerpo y alma y zapatos pero diferente óptica, el yo real, el que no sale porque… quien sabe porqué.

Quiero recibir cariño de la persona más importante en mi vida: yo. Quiero saber que lo merezco, quiero sentir que lo cultivo, quiero aprender a cuidarlo.

Quiero que te vayas, y me quiero ir, pero no quiero que te vayas y tampoco me quiero ir. Todo esto es necesario. Todo cambia. Todo muere y todo renace.

Un piano con las teclas rotas, desafinado, aún suena. Allá en el fondo de mi alma, triste y cansado. Un huracán se ha llevado la tapa y sus entrañas han quedado a la interperie, los pedales están atascados de lodo y a veces, según la hora del día, todas las teclas parecen ser negras por tanta suciedad. El pianista lo busca. La madera mojada, en contacto con el piso húmedo, se hincha y se comprime con el paso del Sol y la Luna, la pintura ya cedió hace una década y ahora solo vemos algunos hilos de terminado aún adornando con su brillo los extremos inferiores de tan traqueteado mueble.

Quiero que salga el sol. Estirarme. Correr. Equivocarme. Sacar sapos y víboras de la boca y salir corriendo tras de ellos en el monte! Quiero equivocarme contigo. Muchas veces! Y quiero hacerlo con la plena confianza de que mis traspiés no serán espejo de los tuyos. Quiero sonar lejos y fuerte y claro! Quiero cantar y que cantes conmigo! QUIERO CANTAR Y QUE CANTES CONMIGO! NO QUIERO CALLAR PARA QUE PUEDAS CANTAR! QUIERO QUE CANTES CONMIGO LA MISMA CANCIÓN! NO QUIERO QUE MI CANTO TE PAREZCA QUE TIENES QUE CALLAR! Al contrario, el canto es para tí y contigo, para mí y conmigo, para los dos. No hacerlo así sería como si dejaras de bailar cuando empiezo a bailar a tu lado.

Quiero que me toques, quiero sentir que merezco tu tacto, que lo anhelas, que lo extrañas, que no solo mi cariño romántico y mis obligaciones hogareñas son la moneda de cambio para sentir tu calor, quiero que sudes! que te esfuerces! que trabajes en tus poses, en tu voz, en tus miradas, en verme a la cara con amor, con lujuria, con una explosiva mezcla de las dos, que solo te importe mi placer y mi corazón… que no me des la espalda, pues eso y perderte me da lo mismo; quiero que me des tu atención completa, sentir que la merezco! Que de verdad estás pensando cómo hacer para agradar! Quiero sentir que tu mirada se vuelve por fin esa ventana por fin abierta a tu yo real! Que te entregues a mi, que te olvides del mundo y las pretensiones y los tiempos y los métodos y el pasado y el presente y el futuro.

Quiero por fin sentirlo alguna vez en mi vida y que no sea solo una ilusión fugaz.

Quiero sentirme amado.

 

Oasis

La amistad es un oasis.

Me ha refrescado en las difíciles e inseguras mañanas de transporte público y apretujones modorros camino a la universidad. Ha dejado humedecer mis cansados pies de tanto caminar hasta el otro lado del país sólo para encontrar una playa sin marea ni arena, pero con viejos castillos que inertes sucumben ante el sofocante calor.

También ha permitido transformarla en un jardín terrenal, paradisíaco hasta donde la realidad lo permite, a cambio de un anillo en el cuarto dedo de mi mano izquierda; o recordar vieja glorias futboleras cuando cualquier calle sin pavimentar emulaba al Maracaná o al Estadio Azteca.

Así, por el mundo, he andado repartiendo abrazos. Y éstos se van contigo, impregnados en tu espalda, en tus hombros, para llegar hasta Portugal, Buenos Aires, Londres y Tokio.

Podría haber pisado el infierno durante mucho tiempo de no ser por tu saludo, por tu música, por tus oídos, por tu interés. Atravesé el país y mi alma un par de veces y te encontré ahí, debajo de una palmera, en sandalias, preparando limonada para los dos.

Me has dejado entrar a ese oasis de tu presencia, poniendo de ladito, en una caja pequeñita, el infierno que traía arrastrando conmigo.

Y me ayudaste a ir dejando los demonios atrás. Sí, tú.

De lo que no hay fotografía

Pues pasó. Y pasó porque tenía que pasar, así lo queríamos.

Enfilamos para Puerto Vallarta a pasar nuestra luna de miel, un año después de casarnos. Vaya forma de festejar.

El año pasado por fin me casé. Ha sido una experiencia extraña, pues nos llegó gradualmente y la existencia de un papel con nuestras firmas y nuestras huellas digitales no cambió mucho lo que ya sentíamos y esperábamos del otro. Es curioso como las cosas van encajando una con otra y lo que somos se va aclarando poco a poco. Amo a mi esposa y me dio mucho gusto haber tenido una boda fabulosa, muy sencilla y emotiva.

Mientras la organizábamos hicimos nuevos amigos, nos re encontramos con otros y nos procuramos la mejor de las compañías. Fue extraño no verlos a todos, pues la falta de dinero nos limitó mucho, pero también fue extraño no tener a mi papá o a mis abuelos conmigo. De niño pensaba que siempre estarían en todos los eventos importantes.

A mi me hizo falta mi papá.

Noté en los ojos de mi mamá una felicidad extraña. Pensativa.

Después de eso, mi esposa y yo nos dedicamos a sobrevivir, sin saber cómo exactamente lo íbamos a lograr, pero haciendo lo mejor posible para averiguarlo. Durante meses hacíamos lo que creíamos necesario para darnos un regalo sencillo y necesario: Unos días en la playa.

Hace años, en un afortunado arranque de aventura, dejé de ir a trabajar por una semana para invitarla a Puerto Vallarta. Ya había pasado por un conato de paro cardíaco y mi sobrepeso ya estaba en aras de ser controlado con la comida que me preparaba mi querida amiga Benny. Nos escapamos en la camioneta prestada por mi futuro suegro y nos lanzamos a la aventura. No pude resistir! Apenas en Guadalajara me armé de valor para pedirle, mientras la abrazaba en una cama que nos prestaron, que si quería ser mi novia. Era 12 de Octubre. Dijo que sí y dormimos juntitos.

Mucho tiempo después, muchos kilómetros después, sigo un poco frustrado porque a mi esposa no le gusta que le tome fotografías, entre otras cosas a las que me estoy acostumbrando.

Un año de esfuerzo y ya andábamos de camino a Vallarta otra vez, en otra camioneta prestada y ese extraño Deja Vu de ir con la misma persona, por el mismo camino, pero ahora tomados de la mano y casados.

No medí todo lo que pasaba desde que empecé a salir con ella. Simplemente me dejé llevar por mi ser interno que no cesaba de pedirme estar con ella.

Tomamos fotografías del mar, de la playa, de las personas y hasta de una cerveza helada que habría de beberme al pie del malecón. Algunas de esas fotografías nos incluyen, la mayoría solo a mi. Siempre me imaginé que necesitaba tener una novia que me dejara aparecer en las fotos, y para ello terminé con una esposa que no le gusta ser fotografiada pero no tiene empacho en tomarme fotografías a mi. Por fin, ahora salgo yo en las fotos de mis viajes.

Salimos a caminar ya noche. El hotel tenía una pequeña palapa que daba techo a cuatro hamacas. Tomamos una, la más lejana a las otras dos que estaban ocupadas, y nos abrazamos.

Balanceándonos miré las palmeras, el profundo azul oscuro del cielo; sentí la brisa fresca que me subía por las piernas y se colaba debajo de mi short deportivo. Aspiré cuidadosamente el olor de su cabello mientras sentía cómo su mano fina acariciaba mi barriga. Hice un esfuerzo tremendo por hacer salir de mi boca palabras relevantes para que, reposando la cabeza sobre mi pecho, me escuchara desde las profundidades de mi ser. Pero para entonces ya estaban sobrando las palabras. Me dejé llevar y la noche se convirtió en el ruido de la brisa contra las palmeras, el vaivén de las olas y el rechinar de la hamaca al balancearnos.

Ahí lo entendí.

No hace falta tener registro de todo. También es delicioso mantenerlo en la mente, ahí, un poco descuidado y maltrecho por las escaramuzas de la memoria, avivado con los vinos de la imaginación y añorado por el corazón que sólo pide la oportunidad de repetirlo.

Ahí lo entendí

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Hacer…

Tarda uno en aprender.

Requiere tiempo, paciencia y mucha frustración ante el mundo. Durante un buen tiempo pensamos que todo el mundo juega en nuestra contra, para vivir enojados con quien ose mirarnos seriamente, con una sonrisa, con una mueca o con la mirada vacía… Qué importa, seguro algo malo está pensando de mi.

Nos preguntamos qué es lo que le debemos al mundo y desarrollamos una alta sensibilidad a la crítica, dando tumbos por la vida pensando que todos piensan que nosotros somos unos tarados… Justo lo suficiente para culparlos de nuestros errores, por su escrutinio, su crítica, por juzgarnos.

Todo lo externo nos afecta y sin saber cómo, hace que estos sueños se queden como eso, como sueños solamente. Es muy romántico tenerlos, acariciarlos de vez en cuando, acercarme a veces sí y a veces no, avanzar para luego detenerme, regresar la mirada y retroceder por donde venía a donde no llueve, o hace viento, o calor o hambre.

Tarda uno en aprender que eso que quieres, tuyo ya es. Lo que sea. Solo hace falta levantarse, caminar y tomarlo.

Anda, ve y tómalo. Es tuyo. Siempre lo fue. Aprécialo de cerca, huélelo, siente su textura, su peso. Y no me refiero al plano material, pero sí un poco; en esa básica forma que pretende traducir tu esfuerzo en herramientas para vivir pleno.

Siempre lo fue, hasta que derrochaste el tiempo invertido en vicios; hasta que decidiste regalarlo al siguiente en la fila, por no saber esperar, por no querer esforzarte, por ni siquiera volver a colocarte al final de la fila e insistir.

Anda ve y tómalo. Es tuyo. Siempre lo fue. Porque tu vida no gira en torno a tus angustias y la lástima que le generas a los que te rodean… Y lo que creas que te van a regalar cuando los haces perder su tiempo así.

Anda ve y tómalo, que lo mereces hoy y mañana, y ya lo merecías ayer, aunque tú mismo te convenciste de lo contrario, te alejaste, te sentaste, dejaste de hacerte presente, te sentías insuficiente, y al final lo fuiste.

El mundo no está hecho para los pacientes inactivos, cuando menos para los que no pierden la paciencia u obstinación.

Aprende ¡aprende montones! Y una vez que aprendas, practica ¡practica montones! Una vez que hayas practicado mientras ya caminabas, ponte más retos, sobre todo uno importante: conócete. En la medida que logres eso, aunque aún no llegues, podrás saber qué hacer con ese conocimiento, con esa habilidad.

Las cosas no empieza desde qué es lo que haces… Empiezan desde la pregunta ¿Porqué hacer?

¿Porqué haces lo que haces?

Antología

No solo ha pasado de todo, lo ha hecho con una vertiginosa urgencia que desviste hasta las más funestas motivaciones.

De esos besos que me hicieron perder la cabeza y que, a la larga, casi me hacen perder la vida y mis sueños; hasta un imprevisto viaje que me cambió la vida y la talla de pantalón.

Ha pasado de todo en estos años. Perdí un trabajo, gané otros más; coloqué un beso en tus labios y tú te colocaste en mis despertares y mis anocheceres. Y acá estoy. Igual pero diferente.

Por otro lado, también lo que ha acontecido con lentitud, ha dejado su aroma impregnada en mis ropas, mis letras entintadas en sus páginas y nuestros pies cansados por caminar al sol. Fuimos y regresamos, viajamos, coincidimos, dejamos de coincidir, regresamos al mismo punto y partimos hacia otro lado. Todo siempre con la firme conciencia de no saber a dónde vamos, pero con la intermitente improvisación que nos despierta en el camino.

Y no es por darle vueltas a las cosas. Es lo que pasa de este lado del Universo lo que hace que me ponga por fin a escribir, después de mucho tiempo de no hacerlo.

El vivir se ha convertido en algo gozoso. Y no porque sea miel sobre fruta fresca, porque la vida nunca es sólo blancos, pero tampoco es un infierno, aunque la vida nunca es siempre negros. Estoy aprendiendo a disfrutar las tonalidades de gris que tiene la vida. Eso la hace gozosa.

Hace mucho que no me daba la oportunidad de cometer esas travesuras con la vida que no hice más joven y que, por pendejo, dejé pasar así nomás.

Aún así, hay cosas que lamento no haber aprovechado decentemente, pero ahora ya no es tiempo de lamentarlas o siquiera arreglarlas. A lo hecho, pecho.

Y que rico.

Tarde clara

Lo sabemos, de alguna forma.

Lo sabemos, de alguna forma pero no sabemos que ahí viene.

No sabemos que ahí viene porque solo escuchamos su rumor, cómo se apoya sobre la tierra y la hace vibrar, cómo las estrellas se van aclarando para que las notes, justo en el momento en que levantas la vista y las descubres, brillando desde la tarde.

Era una fresca, casi fría tarde de Enero. Las estrellas salieron temprano a saludar y nada estaba bien, pero parecía no pasar nada.

Así transcurrió un rato hasta que recibí la noticia. No hay forma amable decir que ha pasado una tragedia, no hay forma neutral de recibir la noticia de una tragedia.

Y el viento arreció y barrió las nubes fuera del panorama. Todos teníamos planes: conciertos, cenas, momentos a solas, series de TV, música nueva, una película, un café…

Y de un momento a otro, pasamos de prometernos buscarte a la primer oportunidad, a solo extrañarte terriblemente… y así será siempre.

 

Descansa en paz TI

No tengo nada…

No tengo nada. No soy dueño de estas palabras ni de la luz que dan o quitan. Ni del aire que entra en mis pulmones.

No tengo nada. No soy dueño del amanecer ni de la noche, del eclipse ni de la brisa fría que se acumula en la ventana de un cuarto que digo mío, que tampoco lo es.

No tengo nada y sin embargo, al despertar, me siento dueño del mundo. Me siento dueño del mundo cuando veo tu mejilla contra la almohada de una cama que decimos nuestra… me siento dueño del infinnito, relevante, importante e insignificante, todo al mismo tiempo, cuando me apronto a abrir los ojos antes que tú.

No tengo nada, pero en ese breve instante ya es un día más. Ya se cumplió el día, amaneció, atardeció y anocheció y volvió a amanecer. Y entonces abres los ojos y ahí estoy, dispuesto a asaltarte, pese a tu apenas despertar, con lo único que sí es mío… bueno, prestado: mis labios.

No tengo nada… más bien, no soy dueño de nada, pero nada quitará de mi mente ese instante en que coexistimos en dos mundos a la vez. El re inicio del mundo, descubriendo que es verdad que sigues ahí, agradeciéndolo.

No soy dueño de nada, pero lo tengo todo.

Felices dos años mi amor!