El Podcast de Nerd En Cabaret

Pasado Inmediato

Abismo

Abismo II (me gustas)

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Tú me gustas

Tú me gustas. Y no lo digo con esa ligereza con que a veces se dice la frase. Lo digo desde un lugar muy profundo de mi ser.

El abismo inexplorado llega a ser un interesante destino cuando lo que se busca es entender, y se vuelve extraño cuando no sabes qué es lo que hay por conocer en ese viaje. Solo en las profundidades podría escudriñar en mis ojos sin parpadear, intentando descrifrar al ser que me mira desde afuera de mi submarino; tiene mi mirada, mis gestos, pero su extraña piel me recuerda su origen abismal.

Como alguna vez dije, regresar del abismo no te santifica. Te hace retornar desde la penumbra, no más sabio ni más inteligente, pero con la idea de conocer lo que le da de comer a la bestia que ahí se oculta, soportando infinitas toneladas de presión, la ausencia de luz solar, viento. Y aún así, crece y crece.

Y en el camino a la superficie me encontré con tus felinos ojos y una fragancia que me ruborizaba desde el principio.

No lo niego. Habrán sido los mejores días que he tenido en años.

Se sentía como una inexplicable tregua con el mundo, con el universo; con mi universo en guerra desde tiempos remotos, en donde soy el único soldado en el campo de batalla, sin armas ni bandera ni patria ni himno ni aliados.

Desde tus besos sentía el amor jamás recibido. El amor ausente. Desde tus tímidas caricias sentía el tacto que nunca tuve, el que me hizo falta desde siempre. Desde tu olor por fin sentía esa cercanía que no recibía ni con miradas. Desde tus ojos por fin me sentí un semental, una presa, un cómplice travieso.

Y entonces lo sentí. Ahí estaba.

Un miedo robusto y veloz, nadando debajo del subsuelo de tu sabana, tus territorios, Elegante Leona.

Y no. A veces el miedo paraliza, y a veces actúa como un detonante interesante del instinto de supervivencia. De cualquier manera, esta vez ya nos habíamos visto a los ojos y por fin, sin buscar más allá, entendimos que somos parte del mismo ente. Ese barrigudo que se peina de lado y anda por el mundo buscando motivos para seguir vivo, depresivo, disperso y descafeinado de su gusto por vivir.

Y no. No fue el miedo el que me paralizó. Fue la extraña conciencia de saberme dentro de un nuevo viaje al abismo. Al mismo abismo.

Así se veía. Las primeras dos veces entre y salí con los ojos cerrados. La negación no ayuda, menos si el viaje fue duro y solo se busca la luz, sin conocer los motivos de la oscuridad; la tercera vez bajé negado, pero regresé con los ojos bien abiertos. Y ahí estaba de nuevo. Por fin podía ver como luce la entrada. Todo es sencillo mientras la luz del sol se cuela entre el oleaje; todo es sencillo mientras aún sientes el revolotear del viento. ¿Qué tan rápido hay que bajar? ¿Qué tan profundo? ¿Cuánto dura el viaje?

¿De verdad tengo que volver a bajar tan pronto? ¿Cuándo emprendí ese camino?

¿Cómo?

Estaba ahí, en el borde que divide la zona clara y el agujero negro donde está mi yo menos explorado. Desde muy al fondo se veían venir un par de gemas. Dos piedras cafés muy brillantes, cada vez más grandes. Eran sus ojos.

Y entonces sucedió. La luz del sol iluminó su espalda. Con un movimiento veloz rodeó mi pequeño submarino y, sin tocarlo hizo que girara sobre su eje, en un instante pegó su cara al cristal de la escotilla y yo me acerqué.

No podía creerlo. Es un ser hermoso. No sabía que el abismo lo prepara para esto. La superficie no le molesta. Me miró con seriedad y entonces entendí. Él esta ahí para ayudarme a conocer. La última vez salió junto a mi y no lo sabía. Nos hicimos aliados. Estoy en una guerra universal y por fin tengo un aliado. ¿Se llama miedo? No se, pero esta vez me ayudó a no regresar a ese abismo; a saber cómo luce antes de bajar. A reconocer el camino que se repite hasta que la sabiduría te da una bofetada con guante de box.

Así, con esa tremenda advertencia, me di cuenta que mis caricias para ti, mis besos, mis letras, venían desde mis carencias, no desde mis ganas de vivir, de ser feliz, de buscar la sabiduría. Venían desde mi necesidad de ser imprescindible entre tus brazos, a toda costa, no importando el tremendo viaje a mi propio abismo que eso me requiere.

Por lo que regresé a mi barco.

A la salvedad de mi camarote que, a pesar del incesante vaivén del mar, arrulla mis pensamientos y apacigua mi corazón roto aún en mil pedazos.

Pasado inmediato

No te quiero.

No así.

No de la forma en que existes desde que existes en mi. Más quisiera que nunca hayas existido en mi hasta después. Hasta que mi pasado no sea un fiambre que, deslavado y colgante, hace pesar mi andar de acá para allá. Entonces sí.

Porque así me verías como el hombre completo que quiero ser, el que puede ponerse de pie y recibirte así, tal como eres, sin más ni menos.

Parece que el mundo conspiró para darme cuenta de tu existencia desde muy temprana edad. Has visto mis ojos derramar lágrimas que después de un tiempo empezaron a derramarse hacia adentro, pero no disminuía el caudal; has visto mis rodillas flaquear al ir empujando el ataúd de mi padre hasta su última morada; has visto mi mente convertirse en un cielo sin estrellas, ni nubes, ni luna ni sol… en blanco; has visto mi corazón pulverizarse al caer sin envoltorio al piso.

Algunas de esas ocasiones has sido solo parte del público de esta obra de teatro llamada “mi vida”, algunas otras te has llevado el tercer acto en el bolsillo.

Pero no lo quiero. No así.

Y aún, lo tengo.

Te tengo.

Te tuve en mi desde ese primer día, desde ese primer abrazo, desde esa primera sonrisa; jamás me has abandonado.

Mi yo se ha doblado y roto, re compuesto y vuelto a romper. Nuevas grietas y nuevas cicatrices. Nuevos pegamentos, nuevos motivos. Nuevos paisajes y nuevos ojos. Las manos siguen ahí, los pies también.

La inútil tarde, la que se desperdicia con gritos y reproches, la que termina tres noches después, insomne frente al encierro de mi cuarto, de la cobija que me cubre, de esa mirada que juzga y espera errores y asigna castigos; esa inútil tarde se apoderó de mi vida. Dejé que se apoderara.

Y no me has abandonado.

Jamás te fuiste.

Ella sí se fue. Un día después de mi ducha, en la tarde, así como todo lo demás que creía definir mi yo, mi acontecer, me anunció su partida mientras me secaba con una toalla.

Un definitivo hartazgo le orilló a retirarse del juego, un juego en el que si uno gana, los dos pierden. Su mirada se tornó aún más fría y dura. Sus palabras también. Jamás creí llegar a ser la persona más odiada del planeta para la mujer con quien compartía la cama; y ésta es la segunda vez.

Y tomó sus cosas, las de nosotros, y se fue.

Me dejó un comedor, el frigorífico y el perro. Una cama vieja y mi casa.

En el transcurso de esos días perdí todo y nada a la vez.

Se fueron todos. Se fue Ella, primero se fue el dinero, se frustraron los sueños, se fue el trabajo, se fue mi seguridad y se fue mi único YO que no era Yo.

No es importante el dinero, no lo es hasta que lo pierdes por completo. Entonces sí es importante, sobre todo si no se fue solo, sobre todo cuando se va por delante.

¿Qué significaría en el universo mágico perder todo el dinero?

Y la palabra PERDER no le hace honor al acto, pues pareciera que “perder” dinero evoca la idea de olvidar en algún paraje desconocido una bolsa llena de monedas de oro. En mi caso puedo decir que se dio a la fuga. Salió de la prisión de mi cuenta de banco y ahora corre libremente en la cartera de desconocidos. Con seguridad, no le gustaba mi presencia ni mi manera de apreciarle. Tampoco a Ella.

Se llevó a mi otro YO consigo, y me quedé solo con mi Yo. El de siempre. El que no sabe contar excepto con tu presencia. El que te tiene desde aquel día, el que de pronto se aparece en la puerta de tu casa sin avisar, el que te busca a veces para que le digas cosas que hacen que le duela la panza, para bien o para mal.

Y empecé a entenderte, a buscarte sin necesidad de provocaciones falsas o construidas.

Temía tu visita y me negaba a aceptarte en mi casa. Me daba pena tu presencia, pues intuía una derrota el abrirte la puerta y que vieras el mal estado en que me encontraba, pero igual te procuraba. Tenía que salir de casa para empezar a apreciarte, mantener la cabeza ocupada en otras cosas.

Hasta que regresaste a ser parte de mi otra vez; hasta que, con tu andar fino y tus manos delgadas, regresaste a ocupar el lugar que nunca debiste dejar. Porque, aunque ahí seguías, tu idea en mi se contaminaba con mi cárcel, con el dolor, el rencor y la melancolía.

Tuve que cavar profundo para re encontrarte sin miedos, para recordar tu olor a canela y bosque. Para dejarte un espacio en mi cama y dormir.

Hoy, te recibo con el alma abierta y los brazos extendidos,

Soledad.

 

 

Mis adoloridos huesos

Aprender a recibir el reconocimiento. Recibirlo. Ser notado. Tener méritos.

La vida de mi lado se desmorona. Mi YO se hace a un lado para desbaratarse cual mazapán seco, y en su lugar se está plantando una semilla.

No conozco el fruto, ni el tipo de planta, ni lo que habrá de ayudarme a nutrirla; simplemente ahí está.

Quiero recibir una sonrisa a cambio de mis atropelladas palabras de cariño; una caricia a cambio de mis discretos regalos, único testigo del fantasma de mi presencia en tu habitación. No te pido que me entiendas, te pido que no me dobles hasta romperme para pensar como tú… pues nunca voy a poder y me estás perdiendo en el camino, y me estoy perdiendo a mi por permitirlo.

Quiero recibir un abrazo en las noches de confusión y tristeza, la presencia tibia de la solidaridad, el fresco sentimiento del compañerismo, el amor sin condición y sin ninguna otra emoción de por medio. Quiero sentir que lo merezco, que no debo luchar contra mis olvidos ni contra tus reclamos para hacerme acreedor a una mísera pizca de cariño; que tus reacciones de lo que hago por ti hablen del amor con que lo hago, no los dispersos “gracias” por algo que es mi deber hacer. Quiero sentir que lo merezco aunque a veces no lo merezca, pues mi lugar en nuestro mundo no está a la mano. Está escondido en un rincón, allá donde mis cosas se ocultan de la presencia de visitantes, donde nadie ve lo que hay y aún así sigo vulnerando mi tranquilidad permitiendo que alguien me diga cómo acomodar las cajas de mi alma y mi personalidad, desordenada y caótica tanto como diversa y genuina.

Y heme acá, derramando otra vez lágrimas a solas. Pensando que otra vez he errado el camino y que simplemente esas cosas de saber lo que uno es no son lo mío.

Saber lo que soy, aprender a ser lo que realmente soy; reconocerlo, renacer en el mismo cuerpo y alma y zapatos pero diferente óptica, el yo real, el que no sale porque… quien sabe porqué.

Quiero recibir cariño de la persona más importante en mi vida: yo. Quiero saber que lo merezco, quiero sentir que lo cultivo, quiero aprender a cuidarlo.

Quiero que te vayas, y me quiero ir, pero no quiero que te vayas y tampoco me quiero ir. Todo esto es necesario. Todo cambia. Todo muere y todo renace.

Un piano con las teclas rotas, desafinado, aún suena. Allá en el fondo de mi alma, triste y cansado. Un huracán se ha llevado la tapa y sus entrañas han quedado a la interperie, los pedales están atascados de lodo y a veces, según la hora del día, todas las teclas parecen ser negras por tanta suciedad. El pianista lo busca. La madera mojada, en contacto con el piso húmedo, se hincha y se comprime con el paso del Sol y la Luna, la pintura ya cedió hace una década y ahora solo vemos algunos hilos de terminado aún adornando con su brillo los extremos inferiores de tan traqueteado mueble.

Quiero que salga el sol. Estirarme. Correr. Equivocarme. Sacar sapos y víboras de la boca y salir corriendo tras de ellos en el monte! Quiero equivocarme contigo. Muchas veces! Y quiero hacerlo con la plena confianza de que mis traspiés no serán espejo de los tuyos. Quiero sonar lejos y fuerte y claro! Quiero cantar y que cantes conmigo! QUIERO CANTAR Y QUE CANTES CONMIGO! NO QUIERO CALLAR PARA QUE PUEDAS CANTAR! QUIERO QUE CANTES CONMIGO LA MISMA CANCIÓN! NO QUIERO QUE MI CANTO TE PAREZCA QUE TIENES QUE CALLAR! Al contrario, el canto es para tí y contigo, para mí y conmigo, para los dos. No hacerlo así sería como si dejaras de bailar cuando empiezo a bailar a tu lado.

Quiero que me toques, quiero sentir que merezco tu tacto, que lo anhelas, que lo extrañas, que no solo mi cariño romántico y mis obligaciones hogareñas son la moneda de cambio para sentir tu calor, quiero que sudes! que te esfuerces! que trabajes en tus poses, en tu voz, en tus miradas, en verme a la cara con amor, con lujuria, con una explosiva mezcla de las dos, que solo te importe mi placer y mi corazón… que no me des la espalda, pues eso y perderte me da lo mismo; quiero que me des tu atención completa, sentir que la merezco! Que de verdad estás pensando cómo hacer para agradar! Quiero sentir que tu mirada se vuelve por fin esa ventana por fin abierta a tu yo real! Que te entregues a mi, que te olvides del mundo y las pretensiones y los tiempos y los métodos y el pasado y el presente y el futuro.

Quiero por fin sentirlo alguna vez en mi vida y que no sea solo una ilusión fugaz.

Quiero sentirme amado.

 

Oasis

La amistad es un oasis.

Me ha refrescado en las difíciles e inseguras mañanas de transporte público y apretujones modorros camino a la universidad. Ha dejado humedecer mis cansados pies de tanto caminar hasta el otro lado del país sólo para encontrar una playa sin marea ni arena, pero con viejos castillos que inertes sucumben ante el sofocante calor.

También ha permitido transformarla en un jardín terrenal, paradisíaco hasta donde la realidad lo permite, a cambio de un anillo en el cuarto dedo de mi mano izquierda; o recordar vieja glorias futboleras cuando cualquier calle sin pavimentar emulaba al Maracaná o al Estadio Azteca.

Así, por el mundo, he andado repartiendo abrazos. Y éstos se van contigo, impregnados en tu espalda, en tus hombros, para llegar hasta Portugal, Buenos Aires, Londres y Tokio.

Podría haber pisado el infierno durante mucho tiempo de no ser por tu saludo, por tu música, por tus oídos, por tu interés. Atravesé el país y mi alma un par de veces y te encontré ahí, debajo de una palmera, en sandalias, preparando limonada para los dos.

Me has dejado entrar a ese oasis de tu presencia, poniendo de ladito, en una caja pequeñita, el infierno que traía arrastrando conmigo.

Y me ayudaste a ir dejando los demonios atrás. Sí, tú.

De lo que no hay fotografía

Pues pasó. Y pasó porque tenía que pasar, así lo queríamos.

Enfilamos para Puerto Vallarta a pasar nuestra luna de miel, un año después de casarnos. Vaya forma de festejar.

El año pasado por fin me casé. Ha sido una experiencia extraña, pues nos llegó gradualmente y la existencia de un papel con nuestras firmas y nuestras huellas digitales no cambió mucho lo que ya sentíamos y esperábamos del otro. Es curioso como las cosas van encajando una con otra y lo que somos se va aclarando poco a poco. Amo a mi esposa y me dio mucho gusto haber tenido una boda fabulosa, muy sencilla y emotiva.

Mientras la organizábamos hicimos nuevos amigos, nos re encontramos con otros y nos procuramos la mejor de las compañías. Fue extraño no verlos a todos, pues la falta de dinero nos limitó mucho, pero también fue extraño no tener a mi papá o a mis abuelos conmigo. De niño pensaba que siempre estarían en todos los eventos importantes.

A mi me hizo falta mi papá.

Noté en los ojos de mi mamá una felicidad extraña. Pensativa.

Después de eso, mi esposa y yo nos dedicamos a sobrevivir, sin saber cómo exactamente lo íbamos a lograr, pero haciendo lo mejor posible para averiguarlo. Durante meses hacíamos lo que creíamos necesario para darnos un regalo sencillo y necesario: Unos días en la playa.

Hace años, en un afortunado arranque de aventura, dejé de ir a trabajar por una semana para invitarla a Puerto Vallarta. Ya había pasado por un conato de paro cardíaco y mi sobrepeso ya estaba en aras de ser controlado con la comida que me preparaba mi querida amiga Benny. Nos escapamos en la camioneta prestada por mi futuro suegro y nos lanzamos a la aventura. No pude resistir! Apenas en Guadalajara me armé de valor para pedirle, mientras la abrazaba en una cama que nos prestaron, que si quería ser mi novia. Era 12 de Octubre. Dijo que sí y dormimos juntitos.

Mucho tiempo después, muchos kilómetros después, sigo un poco frustrado porque a mi esposa no le gusta que le tome fotografías, entre otras cosas a las que me estoy acostumbrando.

Un año de esfuerzo y ya andábamos de camino a Vallarta otra vez, en otra camioneta prestada y ese extraño Deja Vu de ir con la misma persona, por el mismo camino, pero ahora tomados de la mano y casados.

No medí todo lo que pasaba desde que empecé a salir con ella. Simplemente me dejé llevar por mi ser interno que no cesaba de pedirme estar con ella.

Tomamos fotografías del mar, de la playa, de las personas y hasta de una cerveza helada que habría de beberme al pie del malecón. Algunas de esas fotografías nos incluyen, la mayoría solo a mi. Siempre me imaginé que necesitaba tener una novia que me dejara aparecer en las fotos, y para ello terminé con una esposa que no le gusta ser fotografiada pero no tiene empacho en tomarme fotografías a mi. Por fin, ahora salgo yo en las fotos de mis viajes.

Salimos a caminar ya noche. El hotel tenía una pequeña palapa que daba techo a cuatro hamacas. Tomamos una, la más lejana a las otras dos que estaban ocupadas, y nos abrazamos.

Balanceándonos miré las palmeras, el profundo azul oscuro del cielo; sentí la brisa fresca que me subía por las piernas y se colaba debajo de mi short deportivo. Aspiré cuidadosamente el olor de su cabello mientras sentía cómo su mano fina acariciaba mi barriga. Hice un esfuerzo tremendo por hacer salir de mi boca palabras relevantes para que, reposando la cabeza sobre mi pecho, me escuchara desde las profundidades de mi ser. Pero para entonces ya estaban sobrando las palabras. Me dejé llevar y la noche se convirtió en el ruido de la brisa contra las palmeras, el vaivén de las olas y el rechinar de la hamaca al balancearnos.

Ahí lo entendí.

No hace falta tener registro de todo. También es delicioso mantenerlo en la mente, ahí, un poco descuidado y maltrecho por las escaramuzas de la memoria, avivado con los vinos de la imaginación y añorado por el corazón que sólo pide la oportunidad de repetirlo.

Ahí lo entendí

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Hacer…

Tarda uno en aprender.

Requiere tiempo, paciencia y mucha frustración ante el mundo. Durante un buen tiempo pensamos que todo el mundo juega en nuestra contra, para vivir enojados con quien ose mirarnos seriamente, con una sonrisa, con una mueca o con la mirada vacía… Qué importa, seguro algo malo está pensando de mi.

Nos preguntamos qué es lo que le debemos al mundo y desarrollamos una alta sensibilidad a la crítica, dando tumbos por la vida pensando que todos piensan que nosotros somos unos tarados… Justo lo suficiente para culparlos de nuestros errores, por su escrutinio, su crítica, por juzgarnos.

Todo lo externo nos afecta y sin saber cómo, hace que estos sueños se queden como eso, como sueños solamente. Es muy romántico tenerlos, acariciarlos de vez en cuando, acercarme a veces sí y a veces no, avanzar para luego detenerme, regresar la mirada y retroceder por donde venía a donde no llueve, o hace viento, o calor o hambre.

Tarda uno en aprender que eso que quieres, tuyo ya es. Lo que sea. Solo hace falta levantarse, caminar y tomarlo.

Anda, ve y tómalo. Es tuyo. Siempre lo fue. Aprécialo de cerca, huélelo, siente su textura, su peso. Y no me refiero al plano material, pero sí un poco; en esa básica forma que pretende traducir tu esfuerzo en herramientas para vivir pleno.

Siempre lo fue, hasta que derrochaste el tiempo invertido en vicios; hasta que decidiste regalarlo al siguiente en la fila, por no saber esperar, por no querer esforzarte, por ni siquiera volver a colocarte al final de la fila e insistir.

Anda ve y tómalo. Es tuyo. Siempre lo fue. Porque tu vida no gira en torno a tus angustias y la lástima que le generas a los que te rodean… Y lo que creas que te van a regalar cuando los haces perder su tiempo así.

Anda ve y tómalo, que lo mereces hoy y mañana, y ya lo merecías ayer, aunque tú mismo te convenciste de lo contrario, te alejaste, te sentaste, dejaste de hacerte presente, te sentías insuficiente, y al final lo fuiste.

El mundo no está hecho para los pacientes inactivos, cuando menos para los que no pierden la paciencia u obstinación.

Aprende ¡aprende montones! Y una vez que aprendas, practica ¡practica montones! Una vez que hayas practicado mientras ya caminabas, ponte más retos, sobre todo uno importante: conócete. En la medida que logres eso, aunque aún no llegues, podrás saber qué hacer con ese conocimiento, con esa habilidad.

Las cosas no empieza desde qué es lo que haces… Empiezan desde la pregunta ¿Porqué hacer?

¿Porqué haces lo que haces?