Idilio cerebral

Era una tarde, de los últimos días de febrero, de hace ya algunos años.

Había festejado mi cumpleaños vagamente y el recuerdo real de un festejo no existe. Ese mes murió mi abuelo paterno, ese mes quedé solo y soltero, mi querido roomate loco aún no hacía su peluda aparición.

La soledad, a pesar de llevar apenas algunos días en mi, ya me estaba pesando. Incluso parecía desesperado por encontrar a quien pudiera solucionar ésta circunstancia. Y es que se acostumbra uno a vivir con presencia ajena, aunque sea esa presencia que no quieres que despierte, que no pronuncie palabra alguna al abrir los ojos o que no pueda notar tu existencia, que eres un ente inexistente, una aparición, solo una idea, un suspiro y no ese regordete y peludete individuo angustiado, que deambula por el mundo desnutrido dentro de esa carcasa extraña y grasosa.

Pero despierta y habla y hace muchas preguntas y te nota y lo lamentas todos los días hasta que se va, por decisión tuya o no, pero se va. Podría ser del otro lado de la galaxia o al sigueinte barrio al norte, da igual, que se vaya. Y se fue.

Y vaya que provocó una revolución en mi corazón; lastimado pasajero de éste cuerpo descuidado y malnutrido; nervioso. Entonces ávido de caricias; caricias aunque sea poco sinceras, pero caricias al fin; aunque sean de manos feas, pero caricias al fin; aunque sea por lástima, pero caricias al fin.

Esa tóxica sensación de cariño, tóxica por ansiosa, solo te hace cometer estupideces… aunque siempre el mundo se encarga de colocarte en el lugar interesante si es que pones atención.

Lo hizo. Sin darme cuenta.

Me encontraba persiguiendo a una alta individua, de manos feas y sonrisa linda; era de lo más obvio y aún así, cuando me lo preguntaban lo negaba. Por procurarme coincidir, me hacía pasar por la incomodidad estúpida de “salir”, con un grupo de amigos o colegas, a uno de esos bares esnob de esos barrios caros, insípidos y descafeinados que sirven de escenario para las telenovelas aún más esnob. Esa ocasión los acompañé y partimos todos desde la oficina; a mi me adornaba mi eterna mochila donde guardaba mi laptop.

Tremendo nerd de pelo largo y lacio, con una barriga de campeón y una laptop a la espalda; lo único que me faltaba era empezar a hablar de DragonBall Z o sobre la última trilogía de Star Wars.

Y ahí me tienen queridos lectores, en un bar carísimo donde la muchacha a la que “discretamente” persigo le interesa más ver cómo baila salsa el hippie ese al centro del lugar, que toma de la cintura a una flaca orejona, bailando sensualmente con todo y sus pesadas rastas, ella sonríe y disfruta, él hace todo lo posible por agradar, dar pirueta y media y no soltar a la susodicha de la mano o de la cintura o de las dos.

Tampoco les quitaba el ojo, al menos de manera discreta.

Uno de sus colegas de su departamento se acercó a mi y frente a ella me preguntó si iba a hacer alguna movida, que si me gustaba la muchacha alta de las manos feas, que si entonces no pues seguro no tendría ningún problema en que él, alto, panzón y calvo, pero muy confiado, hiciera la movida extrema de invitarla por un café y luego unas buenas cumbias… se me encojió el orgullo y me alejé derrotado mientras en mi cabeza yo los veía riendo a mis costillas mientras me alejaba a un rincón con mi mochila a los hombros.

Una cerveza, un poco de hielo y algunos cacahuates.

Pagué con un billete de alta denominación y me regresaron cuatro billetes falsos envueltos entre dos billetes reales. Salí por la puerta y respiré por fin un poco de aire fresco. Miré a la izquierda y la calle se extendía por kilómetros, miré a la derecha y ahí estaba la flaca orejona, fumando, despreocupada del frío, según me dejaba ver su delgada vestimenta, y despreocupada por lo que pasaba dentro del bar.

A pesar de tener la intención de irme a casa, huir, me quedé.

Sus delgados dedos sostenían precariamente ese cigarro, del cual me ofreció una fumada a lo cual respondí con un amable pero negativo ademán.

Quitó el cabello de su cara y por fin vi su tez sencilla, sin maquillaje, nariz fina y ojos profundos. Era tan sencilla y directa como una bella muerte, franca y desapegada.

Platicamos.

Descubrimos cómo los viajes nos han llevado a los mismos lugares, en diferentes tiempos, en diferentes contextos, pero los mismos lugares, las mismas personas, los mismos nombres. Descubrimos cómo los tiempos nos han llevado a los mismos problemas, en diferentes lugares y en fases encontradas.

Hora y media después ella regresó al bar, yo huí a casa.

Año y medio después ella regresó a casa y yo huí a Campeche a enamorarme de mi esposa.

Ese idilio intelectual fue el inicio de toda una serie de eventos que cambiarían mi vida; le agradezco esos minutos de plática sencilla, sin máscaras, sin tapujos ni intenciones escondidas. Platicar. Extender ese cigarro hasta las últimas consecuencias. Solo recordar que la vida se comparte.

Día 5

DÍA 5

No supo qué hacer cuando él se levantó de la mesa y ya nunca regresó.

Solo se imaginó su propia cara cuando el mesero le llegó con una cuenta de 875 pesos más propina y un cargo de 3 tenedores y dos cucharas. Tuvo que sacar esa tarjetita dorada que se prometió ya no volver a usar a menos que la ocasión lo requiera… El mesero regresó con una pequeña papeleta que ella tuvo que firmar y regresar.

Regresó a su camioneta roja, de esas que tienen la llanta de refacción colgando del portón trasero, y tomó rumbo al hotel del Prado, donde estaba revisando los últimos detalles para el hospedaje de quince de los gobernadores que habrían de estar en el evento de Relaciones Exteriores organizado para el señor Presidente de la República. Tenía en la mente la lista exacta de los nombres, de los invitados y sus propios invitados, los números de los cuartos, el piso, el desayuno que habrían de servirle a cada representante de Estado, los aperitivos que se servirían mientras se realizaba el bailable de variedad.

Pensaba todo esto mientras terminaba masticando el barato dulce de menta que le dieron en ese restaurante de Polanco… y en él. Con sus rizos claros y su tez blanca… la forma en que volteaba a ver a su hija cuando tocaba el piano y la destreza con la que por primera vez le vió abrir una botella de vino tinto sin sacacorchos.

El corazón acelerado y dos cosas en la cabeza… y las dos hacían que las tripas se le retorcieran de nervios.

En fin… él ya se fue. Ahora a lo que sigue. “No puedes seguir pensando en él si quieres seguir en esto Natalia…” dijo para sí, mientras le daba las llaves de su camioneta a un muchacho de bigote insípido con chaleco rojo y zapatos sucios.

Entró por la puerta de un costado y, como los cinco días previos a ese, pasó por un costado del piano del Lobby pasando un dedo sobre la tapa del teclado y después sobre la capa de la caja. La suavidad del acabado de ese piano negro la hacía pensar en ella misma.

Natalia no era cualquier persona. Alta, morena, de pelo lacio y guapa, sólo lo suficiente; emprendedora y lo suficientemente antisocial como para tener apenas un puñado de amigos y muy pocos pretendientes… y muy pocos compromisos que no fueran de trabajo. A muy corta edad salió de la casa para probar suerte en otra ciudad, cosa que le ayudó a hacerse de muchos conocidos en el ramo de las exportaciones… ocho añs después ahí estaba: En el hotel más lujoso de la ciudad, donde los embajadores de otros países llegan a hospedarse mientras resuelven desayunar con tal o cual fulano de alto rango; organizando un evento completo para el Presidente, un evento de relaciones exteriores, que habría de implicar a los gobernadores de varios estados… así fue como la convencieron, así fue como ella misma se convenció de seguir por ahí.

Así lo conoció a él… y así lo perdió.

Siempre ocupado, siempre móvil, siempre nostálgico, siempre asediado por las cámaras y las admiradoras. Así vivía sus cortos momentos con él… ella, siempre metida en el teléfono móvil, siempre resolviendo cosas a la distancia… nunca mentalmente en el lugar donde estaba físicamente. Siempre a prisa, siempre móvil, siempre ocupada. Así vivía él sus cortos momentos con ella. Cuando por momentos se tomaban de las manos ella podía sentir sus manos tersas y gordas, diferentes a las huesudas y ásperas de ella. Pronto se soltaban.

Y entonces, después de unos cuantos bocados y una corta plática, lo que habría de ser una cena de reconciliación, de recapitulación, de fin e inicio de un ciclo, se convirtió en una ruptura más para ella… de esas que le desbocan el corazón y la lanzan de bruces contra el escritorio de su oficina y la vida del trabajo, que nunca termina, que nunca duerme, que nunca respira ni come ni mira la luz del sol, que no tiene nada que ver con helados de chocolate, con partidos de fútbol, con perritos labrador café claro, con el verde del monte, con follar, con hacer el amor sin música de fondo, con escucharse respirar en una habitación en silencio y sentirse a uno mismo… sentir el latir del propio corazón en las orejas, en las manos, en el vientre…

Masticando la segunda menta de la bolsita de mentas del restaurant, sacó de su bolso una tarjeta y la pasó por la ranura de la puerta. Ya parecía sentir la textura de su laptop en su mano antes de cerrar la puerta cuando escuchó un sonido perdido al fondo del pasillo. La puerta quedó entre abierta y ella, sosteniéndola por la manija, acercó el oído.

Eran acordes de guitarra y dos voces claramente afinadas. Hermosas voces de hombre. Una un tanto más afinada que la otra, aunque también con menos volumen, con cadencia… con sentimiento. Alguien, al fondo del pasillo cantaba con el corazón… y alguien le acompañaba sencillamente. Uno de ellos tocaba la guitarra… definitivamente es bueno el tipo, cualquiera que sea de los dos.

“En fin… ya luego habrá tiempo para escuchar música” Justo pensaba eso cuando su radio localizador emitió un pitido. Cerró la pesada puerta y lo tomó con tres dedos, como solía hacerlo siempre y contestó.

– Natalia, ¿estás? –
– Adelante… –
– Confirmando llegada de BC2 y GD –
– Gracias, espero en recepción –
– Copiado… –
– Bye –

Bajó el radio y algo le inquietaba. Volvió a presionar el botón.

– Roberto –
– … –
– Roberto? –
– Adelante –
– Oye… –
– ¿Sí? –
– No… nada, acá te veo-
– Copiado… –

No podía recordar la última vez que habría tenido una plática normal con cualquier persona… de lo que fuera que no incumba al trabajo, o a las cosas del corazón… Roberto tiene dos meses como su asistente personal y justo en ese momento se dio cuenta que no sabe nada de él.

Tomó sus zapatos de tacón y se los puso de nuevo, tomó su bolso y tomó el elevador.

Una pareja hacía del elevador su pequeño rincón privado. Recargados en una de las esquinas, se secreteaban cosas al oído. Ya era noche y ellos parecían estar listos para salir a pasear. Ella, solo miraba su reflejo distorsionado en la puerta de aluminio cepillado y a veces el numerito de la pantalla.

Cuando bajaron ella esperó a que salieran. Se miró un poco en el reflejo de su teléfono celular, se ajustó el cabello y acomodó bien su bolso en el hombro.

Al dirigirse a recepción notó como dos hombres corpulentos, uno de ellos realmente atlético y de cabello largo, bajaban por las escaleras alfombradas.

No pudo evitar voltear a verlos. Parecían ser muy buenos amigos. Reían un poco y sonreían más, como recordando viejas anécdotas de tiempos perdidos. El tipo atlético no parecía ser de menos de 40 años, aunque el otro definitivamente ya los rebasaba. Se despidieron con un sonoro choque de manos y el más joven hizo una reverencia, como se hace a veces en el teatro, y se retiró por la puerta de un costado, donde un tipo bajito en un lujoso coche deportivo lo esperaba.

El otro se quedó viendo hasta que partió el coche y después volteó a ver a Natalia que, disimuladamente, volteó hacia la recepción para pedir las tarjetas electrónicas de los cuartos de los dos gobernadores que faltaban por llegar.

El tipo dio un rodeo y subió de regreso por el elevador y ella, al recibir las tarjetas sintió un alivio extraño. Miró hacia el elevador, para ver como él la veía mientras se cerraba la puerta.

– ¡Natalia! –

Se escuchó una voz al fondo del Lobby.

Era Roberto y con él dos tipos de traje, una señora con una enorme maleta y dos niños gemelos idénticos de unos doce años.

Natalia se paró derecha, sacó una de su arsenal de sonrisas y, muy a pesar de la hora, se procuró la mejor de las actitudes para atender a los dos gobernadores.

Ya era casi la una de la mañana.

Sierra Tamaulipeca (2)

Estoy dormido y no siento nada. En eso, quien sabe de donde, escucho un golpeteo metálico muy cerca de mi.

Justo después recobro la conciencia. Estoy dentro de la Pickup blanca, me está dando el sol en la nuca y un tipo dientón golpea con una moneda en el vidrio de la ventana que queda a mis pies. Me doy cuenta que tengo el cuello torcido, que me duele el costado izquierdo cuando me quiero mover, que ahí dentro está haciendo mucho calor y que sólo recuerdo una fresca madrugada que me hizo correr de un géiser artificial.

Levanto bien la vista y el tipo me grita desde afuera:

– Joven! Jooooveeeen!! –
– ¿Qué pasa?- pregunto todo modorro.
– Oiga ¿nos da chance de salir?-

Y apunta hacia donde estoy sentado.

Dicen que es de idiotas mirar el dedo que apunta hacia el horizonte, pero juro por mi madre que el tipo ese me apuntó a mi golpeada panza.

– ¿A dónde dice que quiere ir?-
– Es que no nos deja salir…-

Evidentemente yo no sabía a qué demonios se refería ese tipejo dientón, pues yo estaba ADENTRO de la camioneta, y él no sólo estaba afuera de ella, también estaba molestando mi sueño reparador.

– Es que no nos deja salir…-

Repite el vato y vuelve a señalar hacia donde estoy yo. Hasta entonces miro alrededor.

Muchos trailers de todos colores estaban estacionados al pie de la capilla de la Virgen de los Huevos con Machaca, casi todos a mi alrededor, y el único espacio que podría quedar libre, era bajando mi Pickup de la piedrota en la que estaba encaramada.

La camioneta del dientudo individuito era una de esas que reparte papas fritas en bolsitas metálicas, el tipo que venía manejándola era otro vato igual de feo que el de los dientes, que aceleraba discretamente en señal de “ya me quiero ir cabrón”.

No se cuánto tiempo estuvieron tocando a mi ventana.

– No sirve – le digo.
– ¿Qué cosa? – me contesta.
– No prende la camioneta –
– Aaah como no, orita la prendemos de puchón –

Salí de la camioneta e intenté explicarles que la Pickup había valido queso y que no había forma de echarla a andar, pero los dos ya estaban bien puestos a darle su empujoncito de bajada.

Ya removido el obstáculo, se subieron a la camioneta, arrancaron y me dejaron con un palmo de narices con mi camioneta toda chueca, atravesada detrás de un camión enorme.

El dueño del camión salió de la cabina. Era un señor muy chaparrito, moreno más por el sol que por genética, o al menos eso dejaban ver sus hombros blancos y sus brazos oscuros. En tres intentos pudimos subir la Pickup a donde estaba y, ya para descansar, nos sentamos en una piedra a platicar.

Vaya que era amable ese señor. Platicamos largo rato. Me contó sobre cómo hace muchos años que no ve a sus hijas, y que no conoce a sus nietos. Que está ahorrando para comprarse un T2000, que para él es como el Mercedes de los tracto camiones… Aunque la Mercedes ya tenga su hermoso y eficiente modelo de tracto camión. Me platicó como vio morir a un amigo muy querido de él cuando le cayó un contenedor encima y que tiene mal una mano porque un día se le cerró una puerta en ella.

Al final, ya tranquilo y desahogado de sus penas, se levantó y me dijo:

– Ponte listo mi amigo que los Ángeles Verdes llegan como a las ocho y siempre tienen mucho jale.
– Aquí me pongo listo.

Y se subió a su camión. Tocó la bocina un par de veces y aceleró de bajada por la sierra tamaulipeca.

Fue cuando me di cuenta que todo el lugar estaba no sólo lleno de camiones y camioneros ¡También había muchos puestos de comidas y bebidas! Vendían quesadillas, tacos, tortas, sopes y gorditas, jugos, refrescos y olía a tortilla frita y a huevo revuelto con machaca.

Un poco más tarde llegaron los Ángeles Verdes.

Honestamente no sabía que esperar.

Yo me imaginaba una cuadrilla de power rangers verdes y que, en lugar de espadas y pistoleras, traían sus gatos hidráulicos, unas llaves de cruceta, su gorrita de mecánico y un paliacate colgando de la bolsa del pantalón.

Pero no.

Lo que llegó fue una camioneta Pickup del año de la canica, con unos agregados verdes donde imagino guardaran herramienta, un par de llantas viejas amarradas a la defensa delantera, dos tipos barrigudos y bigotones con lentes de policía californiano y un acento norteño marcadísimo.

Cuando bajaron de su pickup, una horda de gente los empezó a acosar. Una familia, de esas familias que son un chingo de gente y se las arreglan para caber todos en una mini van ochentera, los rodeó y fue acorralando hasta que abrieron el cofre de la mini van y pusieron manos a la obra.

Yo de lejos los miraba y los escuchaba. Entre el chillido de los niños pequeños que jugaban a lanzarse tierra, el chillido de otros dos bebés, uno llorando porque le estaban cambiando el pañal y el otro quién sabe porqué, un par de adolescentes jugando a darse de manazos, una adolescente cuidando a un niño como de diez años y tres adultos vueltos locos, uno agitando una mamila después de haberle echado polvos mágicos a un poco de agua, otro viéndole los pies al tipo que está metido debajo de la mini van y otro más comprando fritangas en el puesto que está al pie de la llave del agua.

Ni pa que me acerco.

Terminado ese trabajito, me acerqué al más barrigón de los dos Ángeles Verdes.

– Oiga ¿no me podrá echar la mano?
– ¿Qué carro traes hijo?
– Esa Pickup blanca que está encaramada en la piedrota.
– ¿Qué le pasó? – Me dijo mientras sacaba un paliacate rojo de su bolsillo y se limpiaba las manos.
– Pos veníamos de subida, y de pronto el estéreo empezó a sonar así todo feo como cuando se le acaba la pila a la grabadora, y luego de un lado echaba humo blanco de una llanta o algo así, pero luego ya no aceleraba y se fue quedando sin fuerza y pa cuando llegamos aquí nomás llegamos con el impulso que traía. Le abrimos el cofre pero se le salió toda el agua y se lo llenamos de nuevo y se le volvió a salir el agua y…
– A ver perame perame perame perame… Primero deja voy y me desayuno unas quesadillas y ahorita te atiendo, porque por lo que me dices sí que es un pedote.

Y se fue a comer sus quecas con su colega, un refrescote y un café.

Regresó, más contento y ahora con su colega.

– A ver hijo ora sí cuéntame como estuvo todo tu rollo.

Le repetí todo el cotorreo. Cuando terminé me pidió un cartón o un tapete. Por ahí encontré una caja de cartón despanzurrada, la desarmé y se la di. Él la tomó y la lanzó por debajo de la camioneta. Se echó panza arriba y se metió debajo de ella, hasta donde le permitió su barrigota. Puso los lentes oscuros a un lado.

– Uuuuy no, pos no. Nononononono… Yo creo que no…
– ¿Qué pasó jefe? – le dije preocupado.
– No se, no se ve nada. Deja me asomo por arriba.

Se salió quién sabe como de abajo de la Pickup, para asomarse por arriba.

– Aaah ya. Si. Ora si. Sisisisisisisi… Ándale…
– ¿Qué pasó jefe? – le pregunté más optimista.
– Se te fregó toda la banda, el balero y en una de esas hasta se te pegaron los buzos

Y metió una mano para de un jalón fuerte, sacar lo que parecía un trapo todo deshilachado de adentro.

– Ésta es la banda de tu motor.
– Aah la…
– Vamos a ver si no se te jodieron mucho los baleros.

Y metió la mano y le dio vuelta a un como disco con canaleta. De ahí se dejó ver un pedazo más de la banda y volvió a darle otro jalón. Y otro más y otro más y otro más. Hasta que sacó todos los pedazos de esa hilacha.

– El problema fue el balero, hijo. Se te descuadró y empezó a comerse la banda y por eso se atoró. Entre más avanzabas, más se comía. A ver préndela ahorita a ver si jala.

Y esperanzado fui y la quise prender. Hacía un ruido menos desagradable que en la madrugada, pero con la batería así de descargada y el radiador sin líquido, no iba a llegar a ningún lado.

Continuará…

Lo que deja el ir y venir (parte III, final)

Unos cuantos kilómetros de camino después, llegamos a la pequeña puerta trasera por donde mi abuelo metía a sus cerditos al corral, o al caballo, o al burro o a las vacas.

Es una puerta muy antigua de metal que tiene un pasador muy grueso que hay que mover varias veces de un lado al otro para que por fin pueda abrir. La rampa de subida empieza desde el lado derecho y a la izquierda tiene una altura de metro y medio. Al entrar / subir, desde la puerta, se aprecia a la derecha el corral del caballo, siempre privilegiado por sus pacas de alfalfa y demás comida de calidad; a la izquierda están los restos de la antigua estufa de barro de mi abuela, y ahí recargados varios azadones y rastrillos, dos juegos de frenos para caballo y un par de espuelas para montar.

La siguiente puerta es de madera y casi siempre se sostiene de milagro. Ha sufrido los embates de los toros más bravos y una que otra vaca desesperada; cuando llevamos las vacas alguien se queda al final para colocar un madero grueso en la puerta para que aguante las cornadas de los toros.

Después de la puerta se extiende un pasillo a la izquierda, abierto por arriba y flanqueado apenas a un lado por el baño/letrina, a la derecha por los cuatro gordos escalones que llevan al jardín de mi abuela, protegido por una sencilla puerta de varilla de metal que extrañamente nunca sufrió ningún embate vacuno de ningún tipo, a pesar de su obvia fragilidad.

El pretil de la pared que separaba el pasillo de tierra del jardín de mi abuela, quedaba casi dos metros arriba de donde pasaban las vacas, el pasillo desembocaba en una puerta de tubos de metal muy ancha y fuerte, pues es la que más cabeceaban, corneaban y pateaban las vacas en un intento por darse a la fuga y comerse las petunias de mi abuela o los mangos que se dejaban caer desde sus enormes árboles hasta el pasillo.

Esa puertota separaba al pasillo del corral, que sí que tenía un buen tamaño y se extendía hasta debajo de las recámaras de los abuelos, sostenidos por una fila de columnas asentadas firmemente en las piedrotas del patio… Por cierto: la casa está construida en la orilla de un barranco pequeño, formado por el cauce del río. Las recamaras quedan arriba y el corral abajo.

Al centro del corral, un tronco viejo descansa enterrado de punta en el piso, funcionando como pivote para la maniobra que estamos preparando para cuando podamos separar las crías de las vacas adultas.

Para entonces ya tenemos a todas las vacas en el pasillo, mi abuela había hecho un buen fuego con leña y maderos viejos al pie del corral. Colocados justo en las brazas están las puntas de dos metales con mango de madera… son los hierros para marcar el ganado, y casi están al rojo vivo…

En un extraño movimiento, abrimos el corral por la puerta grande y pasamos a uno de los becerros al corral. El resto de queda en el pasillo, inquietos pero no tanto.

El becerro, amarrado del cuello, es llevado al centro del corral y el lazo que lo contiene lo sostiene mi papá. Mi abuelo atiza junto a mi abuela el carbón al rojo vivo, mis tíos, ataviados con botas gruesas y guantes, preparan sus lazos también.

Mi papá enreda su lazo al palo central y todos se recorren a las orillas del corral; el becerro lo anda buscando y él con sus pies rápidos sólo refleja los movimientos para quedar justo en el lado opuesto del corral, mientras va acortando, a modo de polea, la longitud entre el becerro y el palo de pivote.

Ahí entro yo. Cuando el becerro queda casi pegado al palo, mi papá sólo tiene que tirar un poco más para que el crío pierda visibilidad y quede pegado al palo por un costado. Yo llego por el otro lado y cuidadoso pero con firmeza tomo al animal por las orejas.

Siempre que cuento esta historia las mujeres dicen cosas como “aaay pobrecitooo animalitoooo, como le jalas las orejasssss?” La verdad, creo que un jalón de orejas es mucho menos que lo que viene después. Además, el animalito no es pendejo… Él sabe que si se jalonea mientras lo sostienen de las orejas, se puede lastimar (y de paso noquearme de un cabezazo) así que no lo hace, sólo se somete y yo no tengo más que sostenerlo firmemente (sin tirar) para que esto suceda.

En lo que lo sostengo, mi papá toma el resto de la soga y con ella hace un bozal, que aprieta levemente alrededor de su hocico, por encima de su nariz, por detrás de sus orejas y finalmente por donde empieza el cuello. Ahora sí ya podemos estar seguros que tampoco nos morderá.

En el camino, mis tíos tiran una soga por debajo del animal, entre sus patas traseras y delanteras. Cuando por fin logran hacerlo con precisión, toman las dos puntas y las juntan para hacer un nudo que se aprieta alrededor de las patas traseras.

Cuando el nudo se aprieta, alguien toma su cola y otro más amarra las otras dos patas. Cada uno tira hacia un lugar diferente y el animal por fin pierde el equilibrio y da el costalazo y yo por fin me retiro. Nunca quise ser parte de lo que sigue.

En medio de resoplidos, del becerro y de mi papá y mis tíos, mi abuelo se apura para preparar el hierro caliente.

Mi tío toma la cola del animal y la pasa por en medio de las patas, se sienta sobre éstas mientras alguien más tira de la soga. Mi papá sostiene la cabeza y tira de la soga que sostiene las otras dos patas. Mi otro tío ayuda en lo que puede mientras trata de tranquilizar al becerro dándole palmadas en la barriga o en el cuello.

Para entonces han pasado apenas unos pocos minutos. Esto tiene que ser rápido, antes que el resto de las vacas caigan en pánico.

El hierro está caliente y mi abuelo listo para brincar encima del animal.

Baja los cuatro escaloncitos de la puerta pequeña del corral, la que está al fondo. Pone un pie adelante y otro atrás, apunta a la nalga izquierda y con todo su peso aplica el hierro sobre su piel. Me dan escalofríos.

El pobre animal berrea y se zangolotea en el piso sin poder quitarse la presión que ejerce el abuelo con su hierro. Sale un poco de humo, huele a quemado, el abuelo sigue ahí. Pasan cinco segundos y parece una eternidad. El abuelo cede y justo cuando quita el hierro empieza a rascar con su dedo en la marca que el hierro dejó. Siempre lo hizo y nunca dudó… Nunca. Quería que la marca se viera bien.

Repetimos el proceso otras cuatro veces. Unos más tranquilos que otros, pero todos fuertes. Al final dejamos a la vaquilla.

Tranquila, sin muchos ánimos, se acercó sola al poste. No tuve que sostenerla por las orejas, el bozal se lo pusieron sin problemas y juro que para tumbarla pudimos haberla empujado con los dedos.

Mi abuelo, agitado por la actividad, de sorprendía de lo dócil que el último animalito se mostraba. Casi siempre era al contrario.

Cansado y tembloroso, mi abuelo bajó por última vez los escalones y aplicó el hierro sobre la vaquilla. No berreó en agonía como los demás, tan sólo mugió quedito, como aguantando; tampoco se sacudió desesperada y mucho menos intentó cabecear a alguien o volteó los ojos ansiosos de conocer al culpable (sabemos que tienen buena vista y un olfato especialmente sensible).

Terminó la marca, el rascadito del símbolo y la soltamos. Se levantó rápidamente y por fin dejamos pasar al resto de las vacas.

Ese día comieron muchos mangos, elotes (mazorca de maíz), pastura regular y muchos kilos de sal de grano (su botana favorita) y agua fresca que guardábamos en la pila solo para ellas.

Nosotros comimos chilaquiles con pollo y frijoles, tomamos agua fresca de limón y descansamos en las hamacas toda la tarde.

Al otro día las llevamos de regreso al potrero; aprovechamos para tomar un delicioso baño en la parte honda del río, lanzándonos de cabezota al agua y olvidándonos de marcar becerritos, al menos hasta el siguiente año…

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Lo que deja el ir y venir (parte II)

La PickUp se quedó en la enorme cochera de mi abuelo, que antes hacia de casa, corral, jardín y bodega para toda la familia, hace cuarenta años.

Ese día desayunamos temprano para irnos lo antes posible.

Cada quien con sus guaraches, cada quien su sombrero, playera delgada y sin mangas, algunos huajes con agua fresca, cada quien su bastón.

El sol estaba insoportable desde las ocho de la mañana.

Para llegar al potrero de mi abuelo necesitábamos cruzar el río dos veces. Una a la altura de donde después estaría el auditorio municipal, otra en la curva donde mi abuelo recorrió un poco la cerca para que sus vacas pudieran bajar al río a tomar agua libremente.

En esa parte solíamos acampar o aventarnos de cabezota desde una piedra hasta la parte más honda donde el río hace codo.

Esa vez llevábamos al caballo. No era un día común, pues justo íbamos a recoger a todas las vacas para llevarlas al corral y marcar a las crías con un hierro caliente.

Mi papá, una prima, un primo, mi hermano y yo, además de los dos perros, un cocker y otro pastor alemán, éramos el equipo a resolver llevar algunas decenas de vacas entre el monte, seis kilómetros hasta la casa y el corral.

Lupita andaba con nosotros por gusto de ver el río y pasar por la montaña, aunque bien que nos servía una persona más para darle dirección a una manada de Cebú.

Mi papá abrió la cerca mientras nos indicaba dónde colocarnos para persuadir a las vacas de tomar rumbo al norte por el único camino libre que no fuera el río mismo.

Más allá de donde mi primo y yo nos colocamos, se dejaban ver piedras saliendo del agua, piedras grandes donde la corriente se alborotaba y el cauce se hacía más difícil de vadear.

No queríamos que ninguna vaca o vaquilla cruzara por esa línea imaginaria, pues estaríamos en graves problemas si así fuera.

Mi hermano y mi prima se colocaron un tanto más lejos, en la parte donde no corre agua. Mi papá llamó a las vacas con ese característico sonsonete que las atraía a donde quien fuera de mi familia les llamara:

– Tooo tooo tooo tooo to … –

Haciendo la voz más grave y dándole volumen, ese llamado se dejaba escuchar con eco por el potrero y el cauce del río. Dos vacas de inmediato aparecieron de entre los arbustos.

Sus pisadotas se dejaron sentir de inmediato y en un pestañeo estaban todas, con crías y semental, amontonadas para salir por la puerta de la cerca. Mi papá las rodeó con el caballo y de a poco se acercaba para presionarlas a no distraerse en su simple tarea de salir por la puerta.

Las crías, nerviosas, resoplaban y volteaban los ojos al ver a mi papá sobre el caballo, pero se tranquilizaban cuando salían por la puerta y localizaban a su respectiva mamá.

Para ese entonces ya un buen número de vacas y crías están del otro lado y sólo resta el semental, una vaca y su cría nerviosa.

El semental por fin cede y atraviesa la puerta con pereza, baja al río, lo pasa no sin antes dar unos buenos tragos de agua y se recuesta debajo de un raquítico árbol que está del otro lado.

La vaca y su cría pasan la puerta pero justo después sale mi papá también. La cría se espanta y corre hacia mi primo y yo.

En este momento mi hermano y mi prima no saben que hacer pues ya sólo faltan esos dos y los demás avanzan rápido pues ya saben el camino. Y entonces sucede lo que no queríamos…

La cría nerviosa entra a toda velocidad al río, detrás de nosotros, donde es ya más profundo, empedrado y fuerte. No podemos detenerla entre los dos y la torpeza de la cría solo la hace tropezar con cuanta piedra de encuentra en su camino al ser arrastrada por el río.

En un instante perdemos a la cría de vista entre la corriente… Son dos segundos de silencio desesperante… La cría de pronto asoma la cabeza y berrea lastimosamente antes de ser tragada otra vez por el agua. Volteo hacia la puerta y la otra vaca ya cruzó el río y mi papá está justo tomando aire para gritarnos por haber dejado pasar a la cría.

– ¡Salgan del agua y corran río abajo! – nos grita encabronado.

Obedecemos lo más rápido posible mientras él toma las riendas del caballo para hacerlo correr por su lado del río hacia donde el agua arrastra al pobre animal.

Corriendo vamos ya mis primos, mi hermano y yo por la orilla, entre las piedras redondeadas y calientes. Yo voy por delante y busco un claro donde creo que la cría va a detener su infortunio. Ahí el río pierde un poco de profundidad; mi papá ya se está adelantando en el caballo, que ya va a galope, mientras prepara una cuerda de lazar para atrapar a la cría por el cuello.

Entra al agua con el caballo, al que le llega el agua a la barriga. Se pone la mano a la altura de las cejas para tapar un poco el sol y después lanza la cuerda lejos; la recoge sin éxito y vuelve a lanzarla.

Al cuarto intento ya está la cría a punto de pasar el claro. Mi primo y mi hermano ya se adelantan a toda velocidad por si se va de paso… La cuerda cae rodeando el cuello del animalito y mi papá tira con fuerza de la cuerda… Pero olvidó amarrar el otro extremo a la montura del caballo y, de un fuerte tirón, cae al agua arrastrado por el peso de la vaquilla.

El río se hace profundo de nuevo por un tramo de unos treinta metros. Nerviosos y angustiados corremos a la velocidad que el río los arrastra. Mi papá va acortando la distancia entre él y la cría, que a duras penas ha tomado un poco de aire y para entonces está sumamente agotada.

Treinta metros de angustia y el río se hace más ancho y la corriente se tranquiliza, reduce la profundidad y las piedras se hacen menos.

Mi papá en el transcurso ya afianzó a la cría del cuello y una pata… Forcejea con el peso del animal, que para los pocos meses de edad que tiene ya rebasa los noventa kilos. Exhausto y desesperado nos pide ayuda para mover al animal lejos del agua.

Entre todos la levantamos, floja como trapo mojado, y la colocamos sobre la arena debajo de un árbol

– ¡Reacciona! ¡Reacciona pendeja! ¡Reacciona chingada madre! ¡Suputamadre! … –

Vocifera mientras zarandea al animal de la cabeza.

Nosotros miramos la escena boquiabiertos. En el tirón que lo tumbó del caballo perdió la mitad del pantalón, en el forcejeo los guaraches, en la caída tuvo un fuerte golpe en la rodilla, que ya se estaba hinchando, y salió del agua todo arañado y golpeado.

Las manos le temblaban y no dejaba de maldecir y zangolotear al pobre animal que ya tenía los ojos volteados y la lengua de fuera.

– ¡Chingada madre y ora que putas le voy a decir a tu abuelo! ¡Chingado animalito no te mueras por favor!

!Aaaaarrrgghhh! –

Gritó al final y de un golpe fuerte dejó caer por fin al animal al piso.

No sabíamos que hacer… Fueron cinco segundos larguísimos… Silencio.

En eso unos espasmos se apoderaron del animal y sus patas empezaron a moverse nerviosamente.

Un gorgoreo desagradable salió de su boca, así como un abundante chorro de agua, tos y después un berrido que nos taladró los tímpanos… Como si volviera a nacer el condenado animal.

Mi papá pronto la volvió a tomar entre sus brazos, todavía nervioso y agotado, dándole palmadas en el cuello le decía:

– ¡Sácalo sácalo! ¡Eso! ¡Ándele mija eso chingao! –

Al tiempo que la vaquilla seguía berreando y sacando agua y tosiendo y respirando de nuevo y no mames que pinches nervios!!

– Ándele mijo, vaya por los huajes pa irnos a juntar a las demás vacas pa llevarlas al corral… Y no me vuelvan a dejar pasar una vaca por favor… –

Lo que deja el ir y venir (parte I )

El rechinido y traqueteo de la camioneta Nissan PickUp se comía en gran medida lo que se escuchaba de ese viejo cassete de los Creedence.

La mano de él salía de vez en cuando por la ventana a acomodar el cutre espejo retrovisor que él mismo instaló. El motor zumbaba mientras subíamos la loma. Yo, emocionado, disfrutaba pensando que no habríamos de respirar aire más limpio que en el camino a casa de mis abuelos.

Pasamos Villamadero. Mucho después está el cruce con la carretera que lleva a Tacámbaro. Subiendo hacia la loma veíamos cómo el panorama se llenaba de pinos, el pasto de hielo y el horizonte de cabañas de madera.

Este era un lugar muy parecido al que él describiría para explicar donde querría pasar sus días de vejez junto a mi mamá.

Anteriormente había soldados flanqueando la carretera, o al menos el claro donde se hace el cruce rumbo a Tacámbaro.

Ahora tan solo quedan las barreras hechas con costales de arena, la pequeña cabaña donde se refugiaban a preparar café en una olla, la pestilente letrina que usaban.

A muchos, si les hubieran dado opciones, no harían esto que estamos a punto de hacer.

La carretera tiene muchas curvas pero eso no es problema; de vez en cuando encontramos un autobús de frente. Él, con un corto movimiento de muñecas, hacía bambolear la PickUp hacia afuera de la curva para esquivarle sin problemas.

Una vez que terminábamos de subir, zumbando por la curvas, entre los pinos y la neblina, un claro nos indicaba la llegada a la loma. Era como salir de un túnel de árboles hacia la luz.

Ahí ya se sentía más el calor. El aire parecía más ligero y podíamos, sin tanto remordimiento, atravesar ese tramo de carretera a toda velocidad.

La loma solo duraba unos minutos, para dar paso a otro buen número de curvas pero ahora con la tierra más seca, los árboles más bajos y llenos de espinas, las casas más jodidas y las lluvias escasas.

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Bajar a Nocupétaro era ya casi sentirnos en casa, pues se sentía casi igual de calor, hace la misma sequía y se respira el mismo ambiente semi hostil.

Después de otras curvas más sencillas y de bajada, pasamos por “La Manga”, una curva que tiene un árbol por afuera y donde muchos borrachos (y otros no tanto) se han estrellado en un descuido al manejar.

Llegar a Carácuaro era empezar a sentir mucho calor, poner alerta el olfato y el oído. Reconocer las voces, los relatos, los gritos de los niños jugando y los modismos que usan para comunicarse.

Pasamos por una heladería, luego la plaza de “Las Burritas”, luego un herrero y a 50 metros está el puente de tierra.

Esperamos a que pase otro coche y pasamos nosotros. Bajamos hacia la tienda de mi Tío Toño y luego subimos la cuesta rumbo a la tienda de mi Tío Chava. Seguimos por la calle Morelos y en el 1 nos detenemos. Ya está mi abuelo esperándonos para comer antes de platicarnos cuál va a ser la tarea de la semana…

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Hoy te tocó nacer

Eran como las 3 de la tarde de un 12 de diciembre del 2012. No podías esperar más. Te esperábamos hasta mañana y tu papá ya había hecho los preparativos para que llegaras sin contratiempos el día jueves 13.

Es bueno tener sorpresas, y más cuando son tan agradables como la llegada de mi primer sobrina. Veo con gusto que mi hermano, tu papá, recibe de muy buena forma y ánimo tu aparición.

Sophie. Eres apenas un pequeño ser que vive todo en chiquito, en simple, pero has cambiado la vida de los que te rodean desde que supimos de ti … Y seguirás haciéndolo toda tu vida.

Sólo puedo imaginarte, pues no te he visto y tengo ansias de conocerte. vienes de una familia de muchas variaciones genéticas, como todos en este mundo. Tus papás son altos, tus abuelos maternos también, tus abuelos paternos no… Tus tíos son todos grandotes eso sí.

Yo te imagino larguirucha y blanquita, como tu mamá, con la mirada fija y curiosa como la de tu papá, con tus cabellitos oscuros como tus dos abuelos (aunque no alcanzaste a conocer a tu abuelo Alfredo, ya verás su foto), y la serenidad y paciencia de tus dos abuelas.

No imagino a tu papá durmiendo ahora mismo. Debe estar pensando en ti, aún recuperándote en el hospital del ISSTE, al igual que tu mamá. Ha de estar pensando en lo que necesita hacer para mañana, en como habrá de cargarte, de mirarte a tus ojitos, de sentir tus diminutas manos asir su dedo. En ese sentimiento extraño de trascendencia que debe dar convertirse en papá… Y yo solo puedo imaginarlo… Sophía, sobrina mía, me encantaría conocerte pronto, quiero ver a mi hermano feliz por tenerlas a ti y a tu mamá sanas y a salvo en casa.

Yo, por mi parte, aún no soy papá. No se si me vaya a faltar mucho tiempo, pero que venga cuando el destino así lo quiera. Por lo pronto, te deseo una noche tranquila y tibia, y que pronto estés en casa de tus orgullosos papás.

Por cierto! Pesaste 3.2 kg y ese es muy buen peso aún para una niña que se adelantó unos días a su nacimiento, condenada chamaca esta; ya sacando el carácter desde chiquitita.

Besos sobrina hermosa.

Atte. Tu tío Alfre.

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