No escribo porque…

No escribo porque el mundo es extraño y común a la vez.

Déjame explicarte.

Estoy conociendo lugares nuevos, personas, atardeceres y amaneceres. Estoy experimentando dolencias varias y múltiples, diferentes a las anteriores. Estoy sintiendo cosas diferentes cuando me descubro una pestaña en el dedo y de forma cursi le soplo frente a ella deseando no perder su mirada de mi vista, cada vez, todas las veces.

El mundo es un lugar extraño porque mi horizonte cambia constantemente. Es curioso como uno, cuando cuenta las aventuras viajeras, hace que los demás imaginen un pasto verde verde verde de este lado del país.

El mundo es un lugar extraño porque ahora resulta que sí, mis sueños (que no el ideal que piensa uno para si, sino lo que me llega a la cabeza en golpes de destino adelantado) se han cumplido a cabalidad desde siempre, lo bueno, lo malo, lo horroroso y lo hermoso.

Escribir en un mundo extraño es lo más tonto que podría hacer. No puedo. Ese mundo extraño me distrae, me tiene alerta, atento, despierto y voraz. Constante de encuentros, adolece de angustias extremas, pero lo nuevo siempre interesa, aunque huela feo, aunque de comezón, aunque apriete y rechine un poco al dar el paso izquierdo pero no el derecho.

Ella busca entenderme, igual que yo a ella. También nos he descubierto como un buen dúo, uno que, como todo buen equipo, busca compensar los huecos que vayan surgiendo, para ser sencillos, eficientes y afectuosos. Eso también es nuevo, y es bueno, y me gusta.

El mundo es un lugar común, pues como en todas las familias, se nos deja saber de las desgracias cercanas, aunque a veces también las propias tienen su peso. Las lágrimas que puedan rodar por nuestras mejillas, no son más o menos que las sonrisas que quieran hacer brotar de golpe una tarde de lluvia con sol.

El mundo es un lugar común, pues el pasto es igual de verde, el aire es igual de tibio, el cielo igual de azul, con sus tonos amoratados y anaranjados por la tarde. Sólo que ahora el mar está cerca, y la brisa no enfría, y la lluvia no para, y el mar no tiene marea, y la gente es bajita y morena, y estamos lejos del mundo conocido.

El mundo es un lugar común porque las oportunidades son las mismas, el dinero siempre falta pero el amor bien que rinde. El calor siempre aprieta pero el fresco ahora se aprecia mucho más. Las guitarras se desafinan, pero a cambio la voz entona mejor. El mundo es un lugar extraño y común a la vez… Y no escribo porque el mundo se ve diferente.

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Venganza

Justo llego a desayunar a la esquina donde he descubierto que hacen un muy buen desayuno y a buen precio y me encuentro a dos mujeres de mediana edad hablando de viajes, negocios, lugares donde comer y de hombres.

Al sentarme ellas ya van comentando cuando fulano o zutano las llevaron a tal o cual lugar, que luego derivó en una pequeña charla sobre comida y lugares chidos.

Cuando una de ellas terminó de comer su pan doce y de tomar su café, se levantó rápidamente y preguntó por el monto del desayuno de los dos.

La otra, se atragantó levemente y se levantó detrás de ella para ir a pagarle (invitarle) el desayuno a su amiga. En unos pocos segundos se desató una batalla campal por dejarle en la mano al chico de la caja un billete de doscientos pesos.

Una decía “yo te invito porque hace ocio fue día del abogado!” y la otra “noo yo te invito porque fue el día del ingeniero!” o algo así…

Total que el pequeño Individuo de la caja se quedó un rato con la mano estirada con cara de pocos amigos.

Una de ellas le aventó el billete y él lo pescó en el aire con habilidad. La otra “enojada” solo le decía al chico “no le cobressss no le cooobreeeesss, yo te voy a pagarrrr!!!” mientras la otra tipa solo sonreía y le bloqueaba el paso a la otra con sus corpulentas carnes.

Una vez que abrió caja el chico, la que pagó salió disparada hacia la mesa, toma su bolsa y sale corriendo por la puerta principal, la otra sin saber que hacer solo atinó a asomarse por la ventana y gritar “me las vas a pagaarrrr”

Teorías

Tengo una teoría.

Hay una señora que cada que paso por esa calle, está siempre sobando las hojas de un eucalipto. Tengo la teoría que el alma de su marido muerto está dentro del árbol, por eso ella lo acaricia todo el día.

También tengo la teoría que el señor que vende los tacos de guisado a un lado de la coladera que está a un lado de la oficina, es el dueño del Mustang GT negro último modelo que está estacionado justo a un lado de donde pone su puesto. Me imagino que antes lo estacionaba lejos, pero ahora se le hace más fácil mejor ponerlo ahí porque en la mañana tiene que bajar las cazuelas con los guisados y están algo pesadas.

También tengo una teoría sobre la gente que va a comer a esos puestos de comida que están a un lado de la coladera de acá afuera. Todos ellos le ponen alguna droga adictiva a las tortas, panes y tacos que venden, así aseguran clientela por un buen rato. Hay gente que, a pesar de la pestilencia que se libera desde esa coladerota, ahí están remojando su panito en café sin empacho.

También tengo la teoría de que hay gente que simplemente le gusta el olor a coladera.

También tengo la teoría que no hay un solo barrio en el DF que no huela a coladera al menos una vez al día. Cosa rara en cualquier otro lugar de provincia en el que haya vivido o vacacionado antes.

También tengo una teoría sobre las chicas guapas en el DF. Todas son muy lindas y de mente abierta, pero o ya tienen pareja o simplemente no quieren tener.

Las chicas verdaderamente guapas, inteligentes, emprendedoras, solo voltean a ver a los que las ven, si es que están bien vestidos y de sus bolsas cuelga el llavero de un Mercedes como mínimo. Aún así esas chavas nunca van solas.

Tengo la teoría de que para conseguir novia acá, si es que algún día se me ocurre y no me da flojera, tendría que dejarme crecer la barba, comprarme un gorrito curioso que poca gente usaría, comprarme unos pantalones entallados y un tocadiscos de acetato. Ah! Y usar unos lentes enormes y hablar de cómo fue que estuve en el primer concierto de Radiohead en México cuando todavía eran unos “chavales poca cosa”, a pesar de que yo solo tenía poco más de 10 años y todavía no descubría las delicias del rock alternativo…

Pero es sólo una teoría…

Mañana corto a mi pareja

Si.

Estoy escribiendo para aliviar la ansiedad.

Ella se ha ido a la ciudad donde crecimos, para ver a su familia. Yo he estado toda la semana viviendo deliciosamente solo, cortando en pedacitos todas las fotos que encuentro de nosotros, tirando a la basura los regalos que me hizo sin saber qué es lo que me gusta en un par de calzones (por ejemplo).

Han sido tres años muy difíciles. Casi no ha trabajado, de los 3 años 4 meses que llevamos juntos sólo ha trabajado 6 meses, aunque para lo único que vi su dinero fue para pagar 3 veces el teléfono, 3 veces el gas y una vez la electricidad. De esos tres años 4 meses yo no percibí ningún sueldo durante dos meses y medio, así que tuvimos que vivir de mis ahorros, fueron las semanas que ella pagó más servicios. El primero año viviendo juntos lo usé en gastar en ella todos mis ahorros. No sirvió de nada ponerle todo a la mano para que me tratara mejor o al menos decidiera salir a conocer la ciudad a donde nos mudamos.

Por otro lado, para que no tuviera problema al ir al trabajo, le dejé mi camioneta con la esperanza de ponernos de acuerdo en usarla un día ella y el otro día yo. En ese medio año que trabajó solo pude ir en coche al trabajo 5 veces, los demás días lo hacía caminando.

Cuando pretendía levantarse a hacerme de comer, nunca lo hacía a tiempo. Así que opté por no comer en casa y gastar más dinero para comer a tiempo antes de empezar a trabajar. Entonces empecé a ver que me escaseaba el dinero muy pronto, así que mejor me hacía yo mismo el desayuno.

Un día contraté a una señora para que fuera a ayudarle con el aseo. Grave error.

No quiso hacerme de comer (o que yo hiciera) hasta que la señora terminara de limpiar la casa y se pusiera a lavar los trastos. Hasta entonces me iba a hacer de comer, porque ella no lavaría ningún trasto porque para eso “contrató a la señora”. Terminamos comiendo 3 horas después de nuestra hora de comer. Cabe señalar que ese tipo de retardos hicieron que mi gastritis se multiplicara. Sufro de una poco saludable panza de gastritis desde hace dos años.

Mi camioneta, gracias a su “pericia” manejando, está toda golpeada. Nunca la lavó, ni pagó por lavarla, ni se comidió a limpiarla por dentro de ninguna forma… nunca. De su dinero a veces salía para gasolina, pero no tardaba en reclamarlo como si hubiera sido ella la que pagó todos y cada uno de los abonos para comprar la camioneta.

Nunca me han tratado peor en mi vida. Desde que llegó a mi vida he dejado de tener amigos. Me alejé de ellos porque ella así lo quiso, pero nunca ha dejado de reclamarme haberla hecho salir de su casa para irse a vivir conmigo. Tampoco ha dejado de pedirme que nos casemos, cuando veo que ni siquiera tiene dedicación para cuidar al perro que le compré.

Tiene sueños por cumplir. Uno diferente cada mes. Ser cantante, ser actriz, escribir un libro, hacer una animación, tener hijos, casarse, ser la princesa del cuento. Todos son ideales por perseguir, pero no veo que haga ningún esfuerzo por ser buena en ninguna de esas cosas, aún cuando yo mismo le de ayuda para empezar a agarrar camino.

No no no no no no.

Si estoy bien pendejo me cae de madres.

Y encima me reclama por haberle mandado dinero a mi hermano para pagar parte de su examen de titulación, cuando a sus padres y a ella, en menos de 8 meses, les mandé alrededor de 24mil pesos, haya sido para despensa, medicinas, en crédito de celular, depósitos directos, etc. Ella debe mucho dinero a la universidad donde estudió. Nunca ha pagado absolutamente nada de esa deuda desde que vive conmigo. De cuando empezamos a vivir juntos a el día de hoy, esa deuda ya se triplicó. Yo no pienso pagar nada de ese dinero.

Vive en la negación. Tiene una amiga a la que le contó todo (por suerte también es mi amiga) y al parecer piensa que cualquier cosa por arreglar conmigo se puede arreglar lavando el baño, haciéndome un buen sexo y chilaquiles al otro día. Ninguna de esas tres cosas la he recibido cuando no me enojo.

En fin, por eso y muchas cosas peores y graves que me ha hecho (y que se ha hecho sola) es porque se merece un: “… a la chingada”

He dicho.

Nopalón

Vivía en Monterrey y me encantaba tener la fortuna de vivir solo y sin distracciones… not!

Vivía en la oficina donde trabajábamos, junto a otros 5 changos, uno de ellos con muy mal genio que es procedente de la capital. Los demás, alivianados como eran, no se metían en el bisne de nadie y hasta se procuraban un buen cotorreo con los demás.

Mi cuarto, junto con el de Bernardo, era donde se guardaban las compus, que siempre estaban procesando animaciones en 3d y por ende el cuarto tenía que estar “refrigerado”, que era la sensación constante al estar en ese cuarto.

Un día, enfadado por extrañar a una novia que tuve, muy linda ella, se me chispó y decidí aventurarme en mi primer viaje en avión para regresar a casa por unos días.

Mi amiga Itzel, que ya llevaba viviendo en Monterrey un tiempo, pero por su cuenta algo más de tiempo, me hizo el favor de ayudarme a comprar los boletos por internet, cosa de la que yo desconocía totalmente su proceso y la verdad consideraba casi magia negra.

Mi amiga, muy linda ella, muy decente y considerada, me aconsejó irme al aeropuerto muchas horas antes para estar a tiempo para la revisión de equipaje y algunas otras chorradas que yo nunca había experimentado.

El mero día del viaje, me levanté tarde, con un dolor de cabeza horrible por el aire acondicionado del cuarto donde dormía. En tiempo récord hice mi maleta, aventando la ropa sobre la boca de ésta y empujando más adentro solo la que quedaba al tiro. ME bañé en cinco minutos y marqué por teléfono a un taxi para que me recogiera en casa.

De no ser porque el taxi ya llevaba media hora perdido y yo ya varias llamadas de enojo al sitio de taxis, me hubiera quedado muy cómodo en casa en el fresquito a esperar a que llegara, pero no llegó. Así que decidí salir con mi maletota con rueditas por la calle. Ya estaba el solo casi a pleno y la colonia “Cumbres” no se caracteriza por ser terreno plano de ninguna forma. Encontré un taxi siete cuadras más adelante, todo sudado y asoleado por subir la cuesta arrastrando a ese bodoque de equipaje que ya empezaba a odiar.

El chofer, con una parsimonia desesperante, bajó del coche y me ayudó a meter mi maleta en la cajuela.

– Pa dónde joven-

– Al aeropuerto, pero en chinga que se me va el avión!-

Atiné a decirle entre jadeos.

La tranquilidad dio paso a una rabia infinita y desmadradora que se manifestaba en acelerones, una permanencia del pedal del acelerador hasta el tope y un sonidero de rechinidos y crujidos que el pobre viejo Nissan en el que íbamos parecía gritar pidiendo piedad a su conductor. Yo nomás pude encomendarme a San Wichito, pues mi panza me reclamaba por no echarle nada desde hace más de 12 horas.

Tigres, luego Gonzalitos, luego Constitución. En esa última avenida, que termina convirtiéndose en carretera, pude entender el vértigo que sienten los periodistas que alguna vez se han subido con Chumajer (el vato ese que es piloto de carreras), pero no creo que nadie haya sentido tal miedo a morir  en una tecata de coche a más de 120km  en ciudad.

Una enorme pickup con llantas bajas y dos tipos mal encarados adentro nos cerró el paso ya cuando la avenida se torna carretera. El chofer, en lugar de ignorarlos y dejar que el susto pasara, decidió perseguirlo para después rebasarlo y aplicarle la venganza.

El idiota ese, el chofer, no contaba con que ya pronto necesitaría pegarse al carril de la derecha para salir hacia el aeropuerto. En una peligrosísima maniobra digna de cualquier película de Bruce Willis, metió un acelerón y rebasó a la pickup y al colocarse al frente empezó a frenar casi a fondo al tiempo que daba dirección para ir tomando la salida.

Lo único que logró fue que, por el peso de la pickup, ésta no pudiera frenar bien y se fuera en contra de la cáscara que teníamos por taxi. El golpe se escuchó seco y fuerte, pero curiosamente, lo escuché antes de sentirlo. El taxi, al ser golpeado por atrás se descontroló y aventó la cola hacia adelante, hicimos un trompo vaya. Dimos dos vueltas en nuestro eje. Yo, por mi parte, me aferré a mi mochila donde cargaba mis dos cámaras (la de fotos y la de video) mientras me sentía adentro de una lavadora al azotarme contra las puertas y los asientos.

En un vistazo vi, en la primer vuelta, cómo el chofer se soltaba del volante de un jalón. Se dio dos azotes muy fuertes contra el marco de la puerta antes que el coche dejara de dar vueltas. Yo no sentí muchos golpes, me aferraba a mi mochila acostado sobre el asiento trasero, aunque sí me golpee medio fuerte en la rodilla izquierda.

La pickup sólo se azotó contra la barra de contensión y creo que se le ponchó una llanta.

Cuando salí del taxi, los dos costados estaban golpeados, la nariz estaba abollada feamente de la esquina del copiloto y la cajuela tenía la puerta doblada hacia adentro, junto con la defensa y la placa que apenas colgaba de un tornillo, doblada por la mitad.

En todo el accidente hubo, el claxon de los coches que vieron lo sucedido y pasaban por un lado, se dejaba escuchar. No hubo una sola persona que se detuviera a ayudarnos y el chofer no parecía captar la situación en la que nos encontrábamos.

Uno de los tipos mal encarados bajó de la pickup. El chofer del taxi todavía se estaba sobando la cabezota, sentado en su asiento. El malote tomó de la camisa al chofer y lo sacó de un jalón sólo para zarandearlo mientras el chofer solo manoteaba inútilmente para defenderse.

Yo por mi parte, no sentía ningún golpe o dolor, solo el de mi rodilla, así que empecé a darle empujones a la cajuela para que se abriera un poco más y poder sacar mi maletota gris.

El otro malote se bajó de la pickup y me ayudó. Entre los dos levantamos la lámina retorcida de la cajuela (que en esos coches es delgaditititita). Él sostuvo una esquina mientras yo tiraba insistentemente. Por fortuna hubo espacio suficiente para no romperla ni maltratarla. Afortunadamente ahí solo traía ropa.

Los otros dos aún peleándose y yo a quince veinte minutos de perder el vuelo.

Caminé un poco en dirección al aeropuerto, viendo como la fila de coches se amontonaba en la salida no por que estuviéramos obstruyendo mucho el paso, sino porque los fisgones se daban el lujo de detenerse un poco para ver como al chofer del taxi lo sacudían hasta que hiciera espuma como botella de CocaCola.

Caminé un poco y me alejé de la escena, hasta que un coche largo y plateado se detuvo a un lado. Una viejecilla bajó el vidrio eléctrico, en el asiento de atrás, y me hizo señas de que me acercara.

– Mijito ¿pa donde vas? – me preguntó temblorosa.

– Pal aeropuerto señora-

– ¿A cual terminal? ¿A o B?-

– Huy no se señora, a donde salen los de Viva Aerobús-

– Súbete mijo yo voy a la terminal A, si quieres ahí te puede llevar de regreso éste taxi-

– ¡Gracias!-

Y que me subo con todo y la maletota con la señora.

Avanzamo hasta la terminal A, donde le ayudé a la viejita a bajar sus maletas. Le dió un billete extra al chofer de ese taxi, para asegurarse que yo solo tuviera que bajar de él y tomar mi vuelo, le agradecí y partimos de regreso a la terminal B, que es la de los jodidos como yo que solo nos alcanza para viajar en clase turista.

Por fin llegué a la terminal. Unas instalaciones todas feas y de tubos gruesos. En realidad parecía más un hangar que un aeropuerto.

Cuando entré, me acerqué con la clave anotada con tinta anotada en mi mano. Apenas era legible por el sudor, pero pasó bien en la computadora del muchacho que me recibió con uno de esos párrafos que les hacen aprenderse de memoria antes de atender a un cliente.

-Huy mano, éste vuelo que me dices justo va saliendo. Te estuvimos voceando como media hora y no te presentaste, y como nomás faltabas tú, pues decidieron salir diez minutos temprano-

–  …  –

Agudicé los ojos y de su hombro, a la lejanía, se veía despegando un avión blanco con la cola roja.

El tipo voltea y me dice

– Mira, ése que va allá es tu avión… –

–  …  –

– Huy y tenías comprado el viaje redondo-

–  …  –

 

(continuará…)

De camino caminando

Aah mi querido blog, olvidado por las idiotas e insensibles preocupaciones del mundo moderno; que si el gas, que si el agua, que si las deudas, que si esto que si ‘lotro.

Mientras leen, escuchen esta rola del buen Chico Ché, dioxito lo tenga a fuego lento.

Y mi letras y mi infalible prosa, arcaica y con olor a garnacha, se despedorra contra las paredes de estrés que me meten en la chamba, en la casa, desde lejos y desde quien sabe donde… pero ps lo chingón es que de vez en cuando he tenido la chanza de descuajarme de preocupaciones con unos buenos acordes de guitarra, una que otra carne asada, calentones, basquetboleadas, dibujancias y dos o tres copas a la salud de algún cumpleañero o cumpleañera.

La neta a esta vida le hace falta cumbia, le hace falta guapachor, luces apagadas y apretujones anónimos en un bar oscuro y maloliente, tocadas rocanroleras sudorosas y desafinadas, desde el culo de algún barrio jodidón donde los adjetivos se olvidan en la puerta de entrada, justo donde te ponen un sello de Don Gato como seña para poder volver si sales a fumarte un porro.

Y justo con esas ideas me levanté y me fui caminando a la oficina, cosa que no hacía antes. Mi debilitado corazón protestó, pero poco a poco se ha ido acostumbrando, aunque todavía llego soltando el bofe, pero cada vez con más gusto.

En el camino me encuentro un chingo de cosas bien locas:

Salgo de casa y en la esquina me espera un perrote negro que me sigue unos pocos metros. Me huele los chamorros, pero tengo miedo que un día les quiera dar un mordizcón, pues carnuditos sí los tengo y no dudo que se le antojen. Luego sigo caminando y la señora que siempre sale a esa hora a regar unas pequeñas plantitas algo estropeadas por tanto calor y sequía, si paso por ahí y y está barriendo su pedazo de calle quiere decir que ya voy tarde, pero siempre huele a suelo mojado, que me da la sensación de estar temprano de mañana, aunque a esa hora ya haga un calor de aquellos. Luego me sigo mientras el señor de la tienda que se ve al fondo se me queda viendo hasta que me pierdo en el horizonte. Ese señor abre la tienda desde las 7 de la mañana, pero he visto como desayuna y bebe su café sentado en los dos escalones de la puerta de su tienda.

Ahí a la vuelta está una casa abandonada con los vidrios rotos, un día me encantaría tener tiempo para tomarle una foto porque a esa hora el sol entra por una ventana y se ve muy tétrico y deprimente, lo suficiente para una buena foto. Más adelante siempre está un señor sacando su camioneta o sobándola con un trapo mojado para quitarle el polvo. Es una camionetota verde horrible ( de ese verde del que ningún coche debería ser) pero parece que al tipo este le encanta.

Unos pasos y ya estoy frente a otras dos tiendas que son competencia, aunque una vente tortillas de trigo y garrafones de agua como plus, y la otra vende cosas de papelería para escuela, así que no se pisan tanto los talones. Más adelante está un hoyo en el suelo que unos obreros huevones llevan meses reparando y volviendo a reparar, por ahí debajo pasa una cañería y huele a demonios… o a caca de demonios.

La calle está llena de baches, pero todos los coches los evaden con habilidad, aunque casi siempre por poco se suben a la acera.

Siempre que llego a la esquina del árbol grande (donde hay un árbol grande todo feo) me tengo que asomar para el frente, a un lado, atrás, por si no viene algún desgraciado hijo de su peluda que no prenda direccional o baje un poco la velocidad y me atropelle por andar de despistado al cruzar esa peligrosa esquina. Hay veces que me tengo que regresar de un brinco a la acera antes de llegar a la mitad de la calle… los cabrones de los chóferes de microbus parece que no tienen decencia y solo frenan para subir pasaje, porque incluso al bajarlo caminan un poco y la gente tiene que correr para no irse de boca.

Ya más adelante, justo frente al templo ese, pasando la tienda, me encuentra dando vuelta en una esquina una chaparrita con cara de enojona, camina rapidísimo y toma su bolsa con fuerza contra su costado derecho. Pasa por un lado de mi casi corriendo, pero deja una estela de perfume de ese que huele rico y namás te deja todo tarugo… aunque luego luego se me quita porque el policía que está en la caseta de vigilancia se me queda viendo con ojos de pistola y no puedo evitar sentirme todo raro que me vea así de fachoso y poniendo cara de pacheco cuando huelo el perfume de la chaparrita enojona… a mi se me afigura que siempre huelo a garnacha y por eso la chaparrita se enoja, porque me encuentra y mi olor es tan peculiar y tan penetrante que desde antes que de vuelta en la esquina ya sabe que ahí le voy namas por el olor a taco sudado.

Luego, 10 metros antes de encontrarlo, el señor que barre las hojas de un árbol siempre a esa hora, se detiene hasta que paso junto a él;  en ese instante sigue barriendo. Que extraño.

Al final solo veo a un tipo vendiendo tapetes en la esquina más peligrosa del barrio (porque ahí los coches a cada rato chocan) y pocos pasos después llego a la oficina, donde me reciben dos guardias, casi siempre uno dentro de la covachita y otro es el que me abre, casi siempre el bigotón.

Llegar todo sudado a los 15 minutos, a pesar de haberme bañado media hora antes, traer olor a garnacha por la caminata cuesta arriba y oler a la chaparrita en el camino, no tiene precio.

Escolar

Una cosa que siempre me ha purgado la madre bien cabrón es que, justo cuando estoy disfrutando de una bonita tarde mediodiesca, con mis pies andantes pos la calle, el ipod con pila y un chingo de buena música, justo en una esquina en la que voy a cruzar la calle, se me atravieza un autobús escolar lleno de puros hijitos de la chingada que me gritan “wuooorale puuto!” o el clásico “chiiingas a tu maaadreee!” o hasta el bendito hijo de puta que lanza las sobras de fruta de su lonchera a cuanto cristiano pueda apuntarle cuando el autobús disminuye la velocidad para dar vuelta.

Un día uno de esos hijitos de la chingada me aventó una cáscara de plátano en la panza. No pude hacer más que hervir en bilis de coraje y mandarlo a chingar a su madre, pero lo único que pasó es que el morrito ni me escuchó, y las señoras de la tortillería se me quedaron viendo como si le estuviera mentando su madre al viento así a lo pendejo… me guardé el pinche coraje, tiré la chingada cáscara al suelo y me fui caminando a esperar mi camión, hasta que una ancianita me grita “jóven!” – volteo todo encabronado y veo a una señito flaca flaca que me grita toda emputada: “vaya a tirarle basura a su abuela, pinchi mocoso sucio, órale! recójala!” ¬¬

Y que la recojo, la echo a mi mochila y que me largo a la chingada… pinche ñora y encima me… chaaale!

Pos así me ha pasado un chingo de veces, no se que tengo que nomás se me ocurre caminar y por alguna extraña razón algún camión de esos, que para mí son peores que si transportaran presos porque las ventanas no traen rejas ni malla de acero, se me atraviesa por un lado y me gritan pendejadas.

Todavía quien sabe si esos morritos sean solo así cuando de suben al autobús, pero me cai de madres que ahora ya se porqué Otto (el chofer dle autobús escolar de los Simpsons) se la pasaba todo pacheco y con sus audífonos a todo lo que dan. No hay de otra, o manejar con dos Prozac circulando en la sangre, no se.

El otro día salí de la casa. Justo metí la mano a la bolsa del pantalón buscando las llaves de mi vehículo, cuando el sonido inconfundible de un autobús viejo enorme bajando velocidad para dar vuelta me sorprendió, miré hacia atrás esperando la avalancha de pendejadas de los morritos en cuestión, seguramente durante todo el camino hacia la puerta del piloto. Pero no… cuando miré hacia el camión, estaba lleno de niñas como de 10 a 13 años, adornadas con un vestidito azul, blusa blanca y moñito todo mamón amarrado al pescuezo.

“Papúucho! Iralo iralo iralooo! A donde vas mi reeeey!” Escuché en sus vocecitas todas destempladas. WOW.

Jejejeje

“A cabrón que chido” pensé para mis adentros. No mames me subí con una gran sonrisa a mi camioneta y me fui tranquilo de regreso a la oficina, esperando encontrarme otro camión de esos pronto.

Sin saber cómo, alcancé al autobús en un semáforo de más adelante. Cuando se puso en verde, me seguí detrás de éste, porque pronto daría vuelta a la derecha. El autobús también iba por el mismo camino. Justo al dar la vuelta alcancé a distinguir a un tipo enorme, todo negro de tanto sol, gordo como la chingada, con los pies descalzos y la clara facha de un vagabundo insulso.

Una niña sacó medio cuerpo por la ventana y le gritó a voz en cuello “papaciitoooooorrrghhhhhh!” al tiempo que se escuchaba una risotada general de las chiquillas que iban en ese autobús. Cuando dí la vuelta alcancé a ver la cara del vagabundo, todo encabronado y bufando de coraje.

El autobús dio vuelta otra vez casi de inmediato y yo me seguí derecho a la oficina, queriendo hacer memoria con mucho esfuerzo, a ver si recordaba haber escuchado risotadas cuando me chulearon las mismas muchachitas frente a mi casa.

Creo que no se rieron entonces… o al menos eso queiro creer.