La Chichi

El otro día, regresando de pagar la luz, me encontré a don Martín.

Éste señor enmarcaba con su presencia la entrada a la tiendita, a un lado del vagabundo de los perros y el orejón del tendero, quienes animadamente platicaban mientras yo caminaba hasta el fondo de la tienda para escoger unos aguacates para mi cena.

– ¡Ya ni saludas iralo! –

Escuché detrás de mi, pues sin saber cómo, pasé sin ver más que los 4 perros que esperan al vagabundo que adentro se tomaba un refresco, y no me di cuenta de la presencia de don Martín, con quien he tenido ya varias charlas extendidas sobre cualquier tema que se nos ocurre.

– ¡Ah! ¡Don Martín! ¡Que gusto verlo! Oiga, que bien se le ve, todo sonriente y más delgado cada vez.

– Sí, he andado más tranquilo últimamente, pero uf, vaya que me había tocado una época muy pesada.

– Y, ¿Cómo le hizo para andar ahora tan contentote?

– Pues me fui con las “guares” a que me hicieran una limpia…

– …

– Sí hombre, con una de esas guares cachetonas que te hacen limpias allá por Pátzcuaro. Está bien bonito porque te pasan una de sus chichis por todos lados… y con eso te limpian.

– …

El vagabundo y el tendero soltaron la carcajada después de tres segundos, pues don Martín contó la breve anécdota con tal convencimiento para cerrar con una sonrisa medio “bobona” que nos dejaba saber que sentía algo de pena por haber contado semejante evento.

– Oiga don Martín, pero… ¿nomás le pasan la chichi por todos lados y ya?

– ¡No hombre! Si es todo un ritual muy complejo y apestoso.

JUAAAAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJA

Volvieron a reír el tendero y el vagabundo. Yo ya no podía contener la risa que medio me salía y medio contenía para seguir sacándole la sopa a mi involuntario comediante de turno.

– Y mira que desde que se ponen a quemar una hierbas todas raras, el ungüento que se unta mas el encerrón al que te meten, pues sí se pone interesante ese rollo. Más porque terminas con la cara embadurnada de todo eso y te deja un olor muy intenso.

– Oiga don Martín, y a todo esto ¿Cómo se siente?

– ¡De maravilla!

Para entonces el tendero y el vagabundo ya nos miraban con los ojos vidriosos de tanta risa.

– Oiga don Martín, pues es que mire, uno podrá traer lo que sea, cualquier mal, cualquier angustia de todo tipo y, lo que sea que le ayude a quitarse esa angustia seguro debe ser bueno, pues lo libera, de la forma que sea, de ese peso mental de su problema y, eventualmente, le ayuda a superarlo de una forma u otra ¿No cree?

– Pos si, pero ve esta manga de orangutanes riéndose…

– Nambre don Martín, es que ese tipo de cosas no se escuchan muy seguido, además le sirvió ¿No es así?

– Te digo, me siento de maravilla!

– ¡Ah pos ahí está! Ahí luego me pasa el dato don Martín, que una buena limpia nos hace falta a todos.

– Ándele mi estimado, ahí me saluda a su mujer.

 

 

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Sierra Tamaulipeca (2)

Estoy dormido y no siento nada. En eso, quien sabe de donde, escucho un golpeteo metálico muy cerca de mi.

Justo después recobro la conciencia. Estoy dentro de la Pickup blanca, me está dando el sol en la nuca y un tipo dientón golpea con una moneda en el vidrio de la ventana que queda a mis pies. Me doy cuenta que tengo el cuello torcido, que me duele el costado izquierdo cuando me quiero mover, que ahí dentro está haciendo mucho calor y que sólo recuerdo una fresca madrugada que me hizo correr de un géiser artificial.

Levanto bien la vista y el tipo me grita desde afuera:

– Joven! Jooooveeeen!! –
– ¿Qué pasa?- pregunto todo modorro.
– Oiga ¿nos da chance de salir?-

Y apunta hacia donde estoy sentado.

Dicen que es de idiotas mirar el dedo que apunta hacia el horizonte, pero juro por mi madre que el tipo ese me apuntó a mi golpeada panza.

– ¿A dónde dice que quiere ir?-
– Es que no nos deja salir…-

Evidentemente yo no sabía a qué demonios se refería ese tipejo dientón, pues yo estaba ADENTRO de la camioneta, y él no sólo estaba afuera de ella, también estaba molestando mi sueño reparador.

– Es que no nos deja salir…-

Repite el vato y vuelve a señalar hacia donde estoy yo. Hasta entonces miro alrededor.

Muchos trailers de todos colores estaban estacionados al pie de la capilla de la Virgen de los Huevos con Machaca, casi todos a mi alrededor, y el único espacio que podría quedar libre, era bajando mi Pickup de la piedrota en la que estaba encaramada.

La camioneta del dientudo individuito era una de esas que reparte papas fritas en bolsitas metálicas, el tipo que venía manejándola era otro vato igual de feo que el de los dientes, que aceleraba discretamente en señal de “ya me quiero ir cabrón”.

No se cuánto tiempo estuvieron tocando a mi ventana.

– No sirve – le digo.
– ¿Qué cosa? – me contesta.
– No prende la camioneta –
– Aaah como no, orita la prendemos de puchón –

Salí de la camioneta e intenté explicarles que la Pickup había valido queso y que no había forma de echarla a andar, pero los dos ya estaban bien puestos a darle su empujoncito de bajada.

Ya removido el obstáculo, se subieron a la camioneta, arrancaron y me dejaron con un palmo de narices con mi camioneta toda chueca, atravesada detrás de un camión enorme.

El dueño del camión salió de la cabina. Era un señor muy chaparrito, moreno más por el sol que por genética, o al menos eso dejaban ver sus hombros blancos y sus brazos oscuros. En tres intentos pudimos subir la Pickup a donde estaba y, ya para descansar, nos sentamos en una piedra a platicar.

Vaya que era amable ese señor. Platicamos largo rato. Me contó sobre cómo hace muchos años que no ve a sus hijas, y que no conoce a sus nietos. Que está ahorrando para comprarse un T2000, que para él es como el Mercedes de los tracto camiones… Aunque la Mercedes ya tenga su hermoso y eficiente modelo de tracto camión. Me platicó como vio morir a un amigo muy querido de él cuando le cayó un contenedor encima y que tiene mal una mano porque un día se le cerró una puerta en ella.

Al final, ya tranquilo y desahogado de sus penas, se levantó y me dijo:

– Ponte listo mi amigo que los Ángeles Verdes llegan como a las ocho y siempre tienen mucho jale.
– Aquí me pongo listo.

Y se subió a su camión. Tocó la bocina un par de veces y aceleró de bajada por la sierra tamaulipeca.

Fue cuando me di cuenta que todo el lugar estaba no sólo lleno de camiones y camioneros ¡También había muchos puestos de comidas y bebidas! Vendían quesadillas, tacos, tortas, sopes y gorditas, jugos, refrescos y olía a tortilla frita y a huevo revuelto con machaca.

Un poco más tarde llegaron los Ángeles Verdes.

Honestamente no sabía que esperar.

Yo me imaginaba una cuadrilla de power rangers verdes y que, en lugar de espadas y pistoleras, traían sus gatos hidráulicos, unas llaves de cruceta, su gorrita de mecánico y un paliacate colgando de la bolsa del pantalón.

Pero no.

Lo que llegó fue una camioneta Pickup del año de la canica, con unos agregados verdes donde imagino guardaran herramienta, un par de llantas viejas amarradas a la defensa delantera, dos tipos barrigudos y bigotones con lentes de policía californiano y un acento norteño marcadísimo.

Cuando bajaron de su pickup, una horda de gente los empezó a acosar. Una familia, de esas familias que son un chingo de gente y se las arreglan para caber todos en una mini van ochentera, los rodeó y fue acorralando hasta que abrieron el cofre de la mini van y pusieron manos a la obra.

Yo de lejos los miraba y los escuchaba. Entre el chillido de los niños pequeños que jugaban a lanzarse tierra, el chillido de otros dos bebés, uno llorando porque le estaban cambiando el pañal y el otro quién sabe porqué, un par de adolescentes jugando a darse de manazos, una adolescente cuidando a un niño como de diez años y tres adultos vueltos locos, uno agitando una mamila después de haberle echado polvos mágicos a un poco de agua, otro viéndole los pies al tipo que está metido debajo de la mini van y otro más comprando fritangas en el puesto que está al pie de la llave del agua.

Ni pa que me acerco.

Terminado ese trabajito, me acerqué al más barrigón de los dos Ángeles Verdes.

– Oiga ¿no me podrá echar la mano?
– ¿Qué carro traes hijo?
– Esa Pickup blanca que está encaramada en la piedrota.
– ¿Qué le pasó? – Me dijo mientras sacaba un paliacate rojo de su bolsillo y se limpiaba las manos.
– Pos veníamos de subida, y de pronto el estéreo empezó a sonar así todo feo como cuando se le acaba la pila a la grabadora, y luego de un lado echaba humo blanco de una llanta o algo así, pero luego ya no aceleraba y se fue quedando sin fuerza y pa cuando llegamos aquí nomás llegamos con el impulso que traía. Le abrimos el cofre pero se le salió toda el agua y se lo llenamos de nuevo y se le volvió a salir el agua y…
– A ver perame perame perame perame… Primero deja voy y me desayuno unas quesadillas y ahorita te atiendo, porque por lo que me dices sí que es un pedote.

Y se fue a comer sus quecas con su colega, un refrescote y un café.

Regresó, más contento y ahora con su colega.

– A ver hijo ora sí cuéntame como estuvo todo tu rollo.

Le repetí todo el cotorreo. Cuando terminé me pidió un cartón o un tapete. Por ahí encontré una caja de cartón despanzurrada, la desarmé y se la di. Él la tomó y la lanzó por debajo de la camioneta. Se echó panza arriba y se metió debajo de ella, hasta donde le permitió su barrigota. Puso los lentes oscuros a un lado.

– Uuuuy no, pos no. Nononononono… Yo creo que no…
– ¿Qué pasó jefe? – le dije preocupado.
– No se, no se ve nada. Deja me asomo por arriba.

Se salió quién sabe como de abajo de la Pickup, para asomarse por arriba.

– Aaah ya. Si. Ora si. Sisisisisisisi… Ándale…
– ¿Qué pasó jefe? – le pregunté más optimista.
– Se te fregó toda la banda, el balero y en una de esas hasta se te pegaron los buzos

Y metió una mano para de un jalón fuerte, sacar lo que parecía un trapo todo deshilachado de adentro.

– Ésta es la banda de tu motor.
– Aah la…
– Vamos a ver si no se te jodieron mucho los baleros.

Y metió la mano y le dio vuelta a un como disco con canaleta. De ahí se dejó ver un pedazo más de la banda y volvió a darle otro jalón. Y otro más y otro más y otro más. Hasta que sacó todos los pedazos de esa hilacha.

– El problema fue el balero, hijo. Se te descuadró y empezó a comerse la banda y por eso se atoró. Entre más avanzabas, más se comía. A ver préndela ahorita a ver si jala.

Y esperanzado fui y la quise prender. Hacía un ruido menos desagradable que en la madrugada, pero con la batería así de descargada y el radiador sin líquido, no iba a llegar a ningún lado.

Continuará…

Dos años – Quince años

Sí. Hoy cumplimos dos años con mi mujer.

Es una cosa curiosa eso de hacer o llevar la cuenta de algo, pero también se que es algo que da una perspectiva que no podría tenerse de otra forma.

Claro que es difícil aprender a vivir con una persona, claro que es difícil aprender a traducir las cosas que uno escucha, por algo que no se parece tanto a lo que uno aprendió creciendo en la familia de uno mismo.

Todo tiene ahora dos puntos de vista, dos cabezas, dos formas de resolver las cosas, mil formas de entenderse. Uno mismo le pone traducciones, significados, a todo lo que uno escucha o ve, que no es lo mismo que lo que el otro entiende, aunque sea precisamente la misma cosa. Eso hace parecer muchas cosas más difíciles, pero la verdad es que la riqueza que le otorga a la vida es infinita.

Hace muchos años, ya un poco más de quince, para ser exactos, empecé a darme vueltas por un estanquillo de revistas instalado en una cochera de una casa con muchas plantas.

Al entrar a buscar unas revistas con las que pudiera forrar la banca de mi salón, cuando estudiaba la preparatoria, descubrí unos ejemplares de la revista Club Nintendo. La señora, muy amable pero con apariencia muy relajada, rayando en la fodonguez, me vendió varios ejemplares, incluyendo algunos ya atrasados, que sirvieron más que bien para forrar la paleta de mi banca.

Con el tiempo, y dada mi afición a Dragon Ball (desde la primaria) empecé a ir cada vez más seguido con la señora a comprarle sobres pequeñitos de estampas de Dragon Ball, para llenar mi álbum(aunque nunca tuve disciplina para llenar ningún álbum de nada, ni de fotos). Y cada vez me quedaba más tiempo a platicar. Descubrí que me hacía el mismo tiempo a casa si me detenía a “oler las flores” y esperaba a que se despejara un poco el tránsito de los que salen de la escuela o el trabajo para comer; así podía subirme al colectivo con menos gente, viajar sentado y posiblemente usar el asiento delantero del transporte, a un lado del chofer.

Así que hacía eso, me detenía a oler las flores… bueno, más bien a comprar mis estampitas, unas súper saladas papas fritas y un refresco, y a esperar el colectivo, media hora más tarde, pero con la certeza de llegar casi a la misma hora.

Esa señora, y su esposo, me atendían lo mejor que podían ¡Pues cómo no me iban a atender re bien! si ahí dejaba mucho del poco dinero que me daban mis papás para gastar diario o semanalmente. Tanta era mi afición por las revistas, que empecé a amar el olor a la tinta nueva sobre el papel couché, a comprar otro tipo de revistas: de coches, de guitarras, la del Chamuco, Selecciones, Contenido… sobre todo de coches. Tenían siempre muy buenas fotos, buen diseño (aunque no sabía que eso existiese) y generalmente eran las que más olían a tinta.

Todo eso siempre acompañado por buenas pláticas. El señor y la señora se enteraron de absolutamente toda mi vida. Toda. De dónde vienen mis papás, como se llama mi hermano, si mi perro era obediente o no, si mis abuelos eran de rancho o de ciudad. Todo. Además ellos me contaban sin pena las cosas de su casa, bueno, más la señora que el señor.

Ese señor se me hizo un “Gutierritos” cualquiera. Nunca respondía con frases completas, siempre “si… este… si…” o algún “si… bueno… como ve joven…” nunca me hacía plática. Pero estoy seguro que la señora, ya después en la comodidad de su cama compartida, en la nochecita, le compartía las travesías de “su amiguito el de la prepa”.

El hijo de ellos estudiaba la universidad en ese entonces, pero me llamaba mucho la atención cómo tocaba la guitarra eléctrica en la trastienda cuando no tenía clases. Usaba siempre ropa negra, se dejaba su pelo lacio muy largo y las uñas muy bien cuidadas y largas, para puntear mejor las cuerdas. Se notaba que ese muchacho no tenía ningún callo en las manos más que el de la punta de los dedos por tocar la guitarra.

Tres años pasaron y el último día que fui a la preparatoria, con mi sudadera conmemorativa de la generación, me apersoné con la señora. Le expliqué que ya iba a salir de la prepa, que era mi último día y que esa era mi sudadera conmemorativa de la generación. Que vendría pronto o lo más seguido posible para seguir comprándole revistas, que me guardara las estampitas y los ejemplares atrasados de la revista de Club Nintendo; que ya me iba a estudiar una ingeniería, la cual por fin mi papá me convenció de cursar, La señora me contó como me vio crecer. Que sí creía que había madurado mucho en esos tres años y que esperaba que mis aventuras fueran bien. Me dio un abrazo y nos dijimos hasta luego.

Quince años pasaron amigos. Quince.

O un poco más, para ser exactos.

Hoy, después de dos años de estar juntos, ahora sin mucho dinero en el banco pero con más sonrisas en el rostro, decidimos mi mujer y yo ir caminando a desayunar cerca de la preparatoria donde renegué tres años estar estudiando.

Terminando, la tomé del brazo y la llevé con la señora de las revistas. Estaba su marido acomodando unos periódicos.

Cuando lo saludé, temí lo peor de cuando uno pregunta “¿Y cómo está su esposa?”.

En ese momento empecé a adivinar lágrimas en sus ojos, y con la voz clara me dijo “acá está adentro, déjame le hablo para que venga”. Respiré tranquilo.

– ¿Cómo está joven? ¿Ya no va para el rancho?

– No señor… ya hace muchos años que falleció mi abuelo y básicamente sólo íbamos a visitarlo a él y a mi abuela, que ya tampoco está con nosotros- le dije sin ponerme triste.

– Uy pues bueno… que se le va a hacer-

– Si caray… además por allá parece que sigue estando peligroso… ya no sabe uno…-

– Mire acá está mi mujer, mucho gusto joven que bueno que anda por acá- Me dijo con lágrimas contenidas en los ojos.

Cuando salió la señora, apareció idéntica a lo que yo recordaba de hace quince años… no… aún mejor.

Sus canas no han avanzado, los dientes los tiene igual, la mirada soñadora aún la conserva, su voz se siente con la misma fuerza… pero se le ve más elegante, mejor vestida, plena. Me dio mucho gusto reconocerla y que me reconociera.

Preguntó por mis papás, le dije que ya solo me queda mi mamá. Platicamos brevemente, le presenté a mi mujer. Les platiqué a las dos cómo empecé a ir al estanquillo de la cochera a comprar estampitas y entonces dijo algo que no esperaba escuchar:

– Pues sí hijo, ahora ya estás hecho todo un hombre…-

Y fue entonces que caí en la cuenta. Hace quince años.. bueno, un poco más de quince años, que empecé a venir a este lugar a compartir pedacitos de mi vida, a contar mis chaparras aventuras de adolescente y mis mancos sueños de juventud. Y luego, a esta hora, las 12 de la noche, bueno, un poco más tarde de las 12 de la noche, me los imagino a solas, en su cama compartida, platicando sobre el muchacho que se fue a recorrer dos tercios de país para después regresar y saludar ya vuelto todo un hombre, con una gran mujer a su lado,, y compartir un poco más de esas aventuras y sueños con la familia del estanquillo.

 

La chota

Así le dicen acá a los policías, sobre todo a los que van y sacan borrachos de sus escondites llenos de humo de cigarros traviesos, o ya los andan persiguiendo por los barrios bravos pa pedirles su moche de dinero pa no hacerla de jamón o encaramarlos a la patrulla.
Estaba yo metido en mis asuntos, como todo mundo, estacionado a un lado de una de esas tiendas que usualmente venden bebidas alcohólicas hasta las 8 de la noche nada más, y después de eso solo se permiten vender litros de leche cortada, pastelillos dulces chatarra y papas fritas. En eso una pickup con torreta y pintada de negro se estacionó violentamente a mi lado, mirando hacia atrás.
Por la ventana se asomó un incipiente bigotudo moreno y cachetón. Con voz jovial me pregunta directamente

– ¿Dónde vive joven?
– En la Guadalupe –
– ¿Y qué anda haciendo tan lejos? –
– Acá nomás jefe, apenas dejando a mi mujer en el gimnasio–
– ¿Qué gimnasio? –
– Ese que está allá arriba–
– ¿Ese de allá?
– Sí–
– ¿Y porqué está usted estacionado en sentido contrario?
– Ay señor discúlpeme, no sabía que esto es sentido contrario. Mire que yo solo atiné a meter reversa y hacerme a un lado pues un tipo se estaba acomodando y opté por no estorbarle–
– Pues mire que es sentido contrario y no vaiga a ser que venga uno de los de vialidá y se lo lleve con la grúa–

Puse cara incómoda…

– ¿De dónde es usted joven?–
– De Michoacán– Dije procurando ser congruente con las placas del pequeño coche que traía.
– ¿Y qué anda haciendo tan lejos?–
– No le importa… – Pensé – Trabajando mi jefe– dije.
– ¿A que se dedica joven?-
– Pues trabajo en la empresa FULANA y estoy haciendo un proyecto…–

Abrió los ojos y sonriendo me dijo:
– ¡Ahhhhhh ya! entonces usted es arquitecto ¿No? de esos que andan en la obra esa de la plaza comercial ¿No?–
– Esteeee… sí… efectivamente–
– Oiga y como pa cuando la van a terminar, es que mire que ya mi mujer pues ya no quiere ir hasta Mérida y pues es bien caro porque el viaje pues en autobús y digo sí está muy bonito pero luego no hay dinero y pues ya teniendo laplazacomercial acá ya todo bienporque yavateneruno todoalamano…–

y así se fue hablando un rato…

– ¿… y para cuando la van a terminar?–
– Uuuuuy no sabría decirle mi jefe, ya ve como son esas cosas, que si el ingeniero ve por donde, que si llueve, que si se venden o rentan los locales, no nomás es de llegar y decir “ahí toi” y ahí ya estuvo… yo digo que como pa Abril del año que entra ya queda así 100% funcional, ¿Cómo la ve?–
– … pues sí le falta mucho – dice dudando un poco – bueno… andele dele vuelta al coche que no vaiga a ser que venga el de vialidá.

Arrancó la camionetota de policía estatal y se fue.

Jabón Zote y demás botanas

Hay momentos en la vida de un morro que, por más que uno quisiera conectar la cabeza con todo lo demás, pensar las pendejadas antes de hacerlas vaya, pues nomás no se puede. Y no se puede no porque uno esté pendejo (eso ya se sabe y se ve de lejos), sino porque el sentido común no existe o siplemente no podemos tener siempre a nuestras mamás ahí detrás de nosotros limpiando o arreglando toda la sarta de mamadas que se nos ocurre hacer cuando estamos niños.

Un compadre y su carnal, cuando eran unos cachetoncitos diablillos jijos de su chambeadora, cumplieron con el cometido de ponerse a buscar un chingado tesoro que nunca llegó… bueno. Llegó en forma de cinturonazos en sus delicadas nalguitas cuando su papá encontró el tremendo agujero que los dos cabroncitos hicieron en la pared de la recámara de sus papás.

Y luego dicen que es malo golpear a los niños… digo… a mi carnal y a mi a cada rato nos daban nuestros mandarriazos, que muchas de esas veces nos lo merecíamos.

De niño uno se aburre un chingo. De sacarse los mocos y embarrarlos adentro de los rollitos de calcetines limpios no vive un niño, menos de mordizquear cuidadosamente la cobertura de chocolate de las donas y dejar la pieza en cuestión en el lugar preciso donde se encontraba en la bolsa del pan.

Cuando chamacos, pasábamos las tardes solos en compañía quien sabe de quién: A veces era “Chuche Morgan”, una especie de “Milusos” que rondaba por el barrio, ya sea buscando chamba de plomero, pintor, baña perros o hasta niñero (como con nosotros); ya más adelante fue “Licha”, una flacucha muchacha que hacía las veces de niñera con nosotros y que de sazón para cocinar tenía lo que yo de jugador de fútbol americano.

Cuando morros uno no tiene miramientos para hacer las pendejadas que hace, como puse arriba. Desde jalarle los pelos a la mascota de la abuela, hacer encabronar al perico que lo único que quiere es que por fin le des su chingada almendra y no lo estés toreando como pendejo, atinarle con un papel remojado en babas y un popote a los gatos que, ya por hueva, simplemente se paseaban con los pegotes embarrados en los pelos o embadurnarles los bigotes de plastilina para que caminara chistoso.

Una vez llegamos a usar todo el Aqua Net de mi mamá para hacernos peinados extraños, como los pendejos esos que salían en el anuncio de Aqua Net. Como usamos casi toda la botella, después de un rato ya andábamos todos locos y con picos de cabello en la cabeza. Brincamos tanto en el colchón todo madreado de mis jefes hasta que se cayó y tiramos la tele y el peinador y las joyas de mi mamá (que eran como tres pares de aretes y dos pulseras en una cajita) y la loción de mi papá.

Nos han puesto semejante cagadón que preferimos al final mejor salir al patio a hacer otras pendejadas…

Como la vecindad donde vivíamos estaba rodeada de lotes baldíos, el patio y sus alrededores estaban infestados de lagartijas y ratas del tamaño de un gato pequeño… neta! A veces veíamos a los ratones columpiándose en el tendedero de la ropa de un lado al otro del patio hasta llegar al lavadero donde mi mamá escondía el Jabón Zote. Ahí se posaban los cabrones y de mordidas pequeñas se acababan el chingado jabón, entre los ratones y las lagartijas.

Mis jefes, que ya nos habían pescado haciendo cosas extrañas con el jabón (como hacernos tiritas de jabón rascándole con las uñas, como basurita de sacapuntas de lápiz pues) es que lo tenían en un lugar alto.

Nosotros, por aburridos que andábamos, nos inventábamos formas de capturar ratones en el patio. Eventualmente lográbams capturar alguno en uno de los frascos de crema para cuerpo (Nivea) que dejaba mi mamá. Esa extraña maña de las mamás de andar todas embadurnadas de crema por la ciudad.

Total que encerrábams a lo ratones en los fráscos de crema y nos las ingeniábamos para hacer una pequeña fogata y poner a calentar el frasco. Digo, entonces eran de esos frascos de vidrio grueso, azules, con tapa de metal que estaban más que bien para ese tipo de maldades.

A veces simplemente dejábamos los frascos en el sol hasta que se botaba sola la tapadera.

Pinches morros sádicos me cae de madres.

Luego, con el tiempo, medio me fui dando cuenta de toda la sarta de pendejadas que hice de niño (aunque todavía no tanto las actuales) y siempre termino diciendo algo así como:

El último roedor que atrapé con ayuda fue con la invaluable mordida de mi perro Tampico, un deshuevado poodle con carácter de camionero y dientes lisos como habas. Llevaba ya dos noches el pinche ratón, más bien rata, escarbando en la pared de un lado de la puerta de mi cuarto. Hasta que me harté. Le abrí la puerta al perrillo y me lo traje. Él ya intuía cuando lo ponía a hacer esa clase de servicios.

Subimos a mi cuarto, saqué el Brut de botella verde para axilas, un encendedor y estopa.

Coloqué la estopa en la entrada del hoyo de la pinche ratota y le prendí fuego al aerosol.

¡Ah jijo de su pinche madre como saca lumbre esa chingadera!

Hasta que entre humo y charrasqueadas salió la pinche rata, del tamaño de un aguacate maduro pero con cola…

De un brinco subió a mi escritorio y luego otro más a mi repisa, luego de ahí trepó como soldado por mis medallas que tengo colgadas del techo, hasta subir a mi librero y se guareció entre la parte de arriba del librero y el techo, que dejaban un espacio de unos pocos centímetros.

Acerqué un banquito y asomé un ojo por la rendija.

Ahí estaba la pinche criatura con sus ojos negros y su cola de alambre toda encabronada y espantada.

Subí el Brut y le prendí fuego al líquido mientras salía. Al acercarlo a la rendija la rata tomó vuelo y brincó como si su vida dependiera de ello… bueno, de hecho sí jojo.

En un rápido movimiento, mientras la panzona rata venía en picada por el aire, el panzón de mi perro brincó y de un mordizco pescó a la criatura que hizo un ruido como cuando pisas un pato de hule.

*SQUIIIIICK!!!*

Yo incrédulo grité SUELTALOOOORRRRGGGHHHH!!!!!!!  al tiempo que le daba manazos en la maceta con la mano abierta mientras asqueado UUUUOOAOARRGGGG veía como se movía la cola de la rata…

GUACALA NO MAMESSSS!!!!  Al tercer manazo el chingado perro va y suelta la rata toda madreada a mis pies como quien va y regala una caja de Ferrero Rocher y se me queda viendo con cara de “anda anda, cómete un chocolatito mijo…” no me vi la cara pero creo que no sabía si seguir asqueándome o brincar de la felicidad por ver que mi cagón perro aún era útil para algo y no solo para comer, cagar, ladrar o cachondearse las almohadas de mis jefes.

Con un recogedor y una escoba vieja (ni de pedo iba a usar la escoba de la cocina) hice rodar a la chingadera esa para levantarla y llevarla al lote baldío de enfrente.

Ese terreno ya era tiradero de algunas bolsas de basura a la semana, así que se podían encontrar desde aparatos viejos que aún servían, hasta la basura de la peluquería de dos cuadras arriba…. aunque mi jefe nos hacía limpiarlo una vez al mes y eso me hacía sentir como que pos bien en veces…

Total que llegué al lote con la cosa esa en el recogedor. Con la vista busqué algo que me pudiera ayudar.

En eso la cosa esa hizo un ruido que me espantó. Al subir la mirada de nuevo ví al fondo algo que hacía ya más de 10 años no veía: Un bote de crema nivea, azul con tapa de metal.

Pero no lo usé… no podía repetir la misma pendejada de hacer eso para luego, en una sorpresa desagradable, ver como tronaban las tapas de los botes… así que la enterré y pos ya.

Solo quería regresar a mi casa a bañarme y desinfectar con alcohol el mueble de mi computadora, mi repisa, las cuerditas de mis medallas y el librero… y lavar mi ropa y ya mencioné bañarme? y lavar las cobijas y mis tenis y los calcetines y ya nunca más de los jamases comer botanas y galletas en el chingado cuarto, que para eso se hizo la sala…

Cafecito

Hoy en la mañana venía medio bajo de ánimos.

Me quedé con las ganas de ver a una amistad muy importante en mi vida, de contarle las aventuras chilangas que he tenido y de preguntarle cómo va su vida.

Al final, me bajó la pila el hecho que haya tenido mucha expectativa, preparando mi casa y comprando comida para su llegada, y por azares del destino (y las demás cosas que venía a hacer al DF) se frustró la reunión.

Me sentí raro. No traicionado ni abandonado, pues yo también a cada rato ando cancelando reuniones por cuestiones que no puedo esquivar, aunque no siempre, ni tan seguido.

Lo que me vino a la mente fue lo que me jodió. En la mañana vi el emotivo, divertido y bien hecho banner de invitación a una boda de dos queridos amigos norteños. Me conmovió la forma en que ahí mismo cuentan cómo se conocieron, y también en forma resumida, los años que han estado de novios y algunas cosas por las que han pasado. Y luego me puse a pensar en la fiesta, en que me gustaría ir a acompañarlos (que pienso hacerlo!), en que habría de pasármela muy bien entre amigos y conocidos que me agradan, como los amigos de ellos dos.

Y me entró la nostalgia.

Me entro la nostalgia de estar solo. No de estar solo de forma estricta. Vivo con mi compadre al que quiero un chingo, pero él tiene muchas cosas en su vida resueltas y muchas otras por resolver; yo también, cada quien sus cosas. Cuando nos juntamos, nos contamos nuestras vidas, nos aconsejamos, nos damos la mano e incluso nos enseñamos pasos de baile para cuando se de la ocasión de presumirlos con alguna muchachona bailadora.

Él tiene a su pareja. Los veo muy enamorados. Al igual que mis amigos los que se van a casar. La verdad, los envidio. Son muy lindos y, a pesar de tener algunos problemillas como todo mundo, han sabido salvar muchos obstáculos para llegar a donde están. Se ven con gusto, con un compañerismo incomparable, con respeto y admiración el uno por el otro.

Y yo no tengo eso.

No con este corazón hecho papilla. No así de miedoso, no así de inseguro. No así, cuestionando mis maneras de hacer las cosas y buscándole fallos para resolver. No así, evitando tomar nuevos senderos, o tomando los que ni siquiera me hacen sentir seguro, ni… pues, sustraído de muchas cosas.

Lo demás, funciona. El trabajo, los sueños a largo plazo, al menos los profesionales. Tan no los he dejado de lado que he avanzado muchísimo. Pero no puedo evitar querer tener a alguien con quien compartirlos.

Desayuné en la fondita que abre las mañanas y vende unos ricos chilaquiles. Como ya iba tarde, tomé un taxi.

– Buenos días señor-
– Buenos días joven, a donde lo llevo?-
– Se va derecho hasta la calle Dr. Vertiz y de ahí baja a Viaducto… vamos a la Terminal 1 del aeropuerto-
– Muy bien jovenazo-

Dos cuadras más adelante:

– ¿Cómo le va de chamba? ¿Ya se siente el próximo retorno de los estudiantes?-
– ¡Huy! Ya joven, entre los que están surtiendo los libros y útiles para la escuela, pues ya se siente la efervescencia-
– Y hoy es quincena, seguro también se pone bueno, aunque siendo Lunes…-
– Mire joven, yo no reniego de este trabajo. La verdad, hay muchas cosas por las que podría quejarme, pero pues déjeme le platico…-
– A ver, platíqueme…-
– Yo me la paso por aquí, en la Colonia Doctores, acá en el Hospital General. Tengo a mi mujer con cáncer y pues ahí me la están atendiendo…-

Puse cara de angustia. Varios recuerdos se me vinieron a la cabeza….

– No me diga señor… hay Dios…-
– No espéreme, es que, deje le platico bien-
– OK, cuénteme-
– Hace dos años llevé a mi esposa a que le hicieran una radiografía para que la revisaran de una caída que tuvo, y pues uno no se espera más allá de lo que tenga que ver con el golpe.

Mi mujer ya llevaba algún tiempo con cáncer de matriz, y no sabíamos. De pronto pues eran dolores, molestias, malestares, pero nunca nos imaginamos que iba a ser cáncer. Después de un tiempo y de muchísimos estudios, nos dijeron que el pinche cáncer ya se le había ido a otros lados.

Ya con tratamiento, un día le dio un derrame cerebral. No se imagina joven, pos ya ver a tu mujer así toda jodida y al borde de…-

Se le hizo un nudo en la garganta

– Pero así las cosas, pues yo no podía trabajar todo el día o todos los días.

Yo siempre decía cosas como “no hombre, el día que me veas trabajando en un Taxi es porque de plano ya no me queda de otra” o “esos taxistas trabajan de eso porque les da hueva trabajar de otra cosa más complicada”… y mire joven… acá me tenía, chingándole doble turno pa poder pagar los estudios de mi mujer y dando gracias a Dios que al menos el trabajo en el Taxi me permitía atenderla lo más posible.

Un día de esos. De esos cuando todo se le junta. Mi mujer toda amolada, la dieron de alta. Así nomás, me dijeron que ahí estaban los papeles, que ya no podían hacer más por ella, que pos ya mejor me la llevara pa como quien dice “irme despidiendo”. Era en la mañana y un señor me hizo la parada.

Volteó a verme y me dijo “…oiga señor, pero lo veo como que quiere llorar, cuénteme que le pasa…” y le conté. Le conté lo de mi mujer, de la desesperación de no saber que decirle a mis hijas cuando vieran llegar a su mamá, desahuciada…” Me escuchó pacientemente y cuando terminé de contarle me dijo “pues yo le voy a ayudar amigo…” y sacó un sobre de un café que lo procesan en Malasia o algo así y me lo dio; “prepárele este café al menos dos veces al día y va a ver la mejoría…”

Yo, ya habiendo intentado cualquier cosa a mi alcance para ayudar a mi esposa, no vi nada de malo en prepararle un cafecito. Al contrario de con cualquier otro alimento que le daba, éste café no lo regresó. A los tres días, sin esperarlo, me dijo como quejándose “oye gordo tengo hambre”, y desde ese día ya comía mejor.

Poco a poco le fui dando fruta, yogurt, miel, cereales, cosas de esas joven. Subió de peso, pues ya estaba muy delgada. Le regresó el color.

Y luego, venía platicándole de eso a una señora, y resulta que era doctora. Era la jefa del departamento de Oncología de cuello y cabeza del Hospital General. Ella me citó a su casa un día y le llevé todos los estudios que le hicieron. Vio las radiografías y comparando los estudios por fecha, descubrió que sí ha habido una mejoría. Me ofreció demandar a los doctores que la atendieron y además recuperar la ayuda del seguro para que no nos costara el tratamiento.

Y lo logró. Por fin pudimos regresar a mi mujer al hospital y al parecer la mejoría ha sido constante. La doctora mandó analizar el café, aún está en eso, pero yo ya ando mejor. Mi esposa ya está muy mejorada, que aunque todavía jodida, se le ve mucho mejor que antes. Le quedó un temblor en la mano izquierda de cuando el derrame cerebral, pero me dicen que eso mismo fue causa del tratamiento que le estaban dando con lo de la quimioterapia.

Mi mujer un día me preguntó que porque lo hacía… Que porqué le dedicaba tanto de mi tiempo, cambiado de trabajo y hasta cambiado de trabajo para estar con ella. Yo la verdad, pos ni modos que la dejara morirse. Ni modos que no cuidara a mi mujer, que todavía tiene un montón de cosas por hacer, todavía se le necesita acá en este mundo… Yo la necesito mi joven, es muy importante en este mundo, acá tiene a sus hijas y me tiene a mi….-

Se me hizo un nudo en la garganta y solo pude responder

– Dios es grande señor… Dios es grande…-
– Servido jovenazo-
– Muchas gracias señor… Bendiciones para usted… Que tenga muy bonito día! –

Le di un billete de 50 pesos y me regresó mi cambio en monedas…

Después de eso, no se en dónde quedaron mis problemas.

Conocido

Desde que llegué a la Ciudad de México, por vez primera, con mi familia con el objetivo de sacar mi visa para pasar a los Estados Unidos, me quedé fascinado con la presencia de sus edificios, nuevos y viejos, que adornaban los costados de esas grandes avenidas.

Ms papás, que poco sabían manejarse en esta gran ciudad, hicieron un esfuerzo titánico por no mostrar su pánico y dejar a sus chiquillos disfrutar la grandiosidad de la capital del país.

Eso fue hace poco más de veinte años. Los taxistas estaban en la mira pues los secuestros y asaltos exprés estaban apenas poniéndose de moda, los policías apenas mostraban síntomas de corrupción y los políticos eran gente decente hasta que se demostrara lo contrario. Las ruinas arqueológicas eran un lugar súper interesante para visitar y no se le impedía a la gente subirse y tomarse fotos, pues todos tenían la conciencia de cuidarles lo más posible.

Y eso fue todo. Ya no volví por mucho tiempo.

Años después, ya todo un veinteañero, entré a trabajar a una pequeña televisora subsidiaria de una más grande a nivel nacional, así que me tocó dar una que otra vuelta de vez en cuando a la Ciudad de México.

Ahora vivo ahí mismo. Soltero, rozando los 30, con un trabajo decente, con un compañero de casa más que decente y la fortuna de, en un café cualquiera; voltear y ponerme a platicar con el señor que tengo a un lado y preguntarle por su guitarra. En algún punto de la conversación él muestra curiosidad por saber de mi vida y más adelante le pido que me oriente sobre grupos o bandas de blues, y me pasa sus datos y su teléfono y me dice que le caigo bien… Justo antes de despedirme de él me doy cuenta que, afortunada pero estúpidamente, no me di cuenta que estuve platicando media hora con uno de los compositores mexicanos más recordado de los últimos 15 años y que, curiosamente, es del estado de donde es mi mamá, cuna de muchos muy buenos compositores, escritores y hasta filósofos más o menos famosones.

Platicamos sobre música, sobre guitarras, sobre como de pronto es difícil ser músico en este mundo cada vez menos musical y sí más impersonal…

En fin, salí de ese café librería con la curiosidad de saber lo que puede pasar poniéndome en contacto con aquel conocido compositor…

Acá la más famosa de sus composiciones:

Y acá el cover que le hizo Café Tacuba: