Idilio cerebral

Era una tarde, de los últimos días de febrero, de hace ya algunos años.

Había festejado mi cumpleaños vagamente y el recuerdo real de un festejo no existe. Ese mes murió mi abuelo paterno, ese mes quedé solo y soltero, mi querido roomate loco aún no hacía su peluda aparición.

La soledad, a pesar de llevar apenas algunos días en mi, ya me estaba pesando. Incluso parecía desesperado por encontrar a quien pudiera solucionar ésta circunstancia. Y es que se acostumbra uno a vivir con presencia ajena, aunque sea esa presencia que no quieres que despierte, que no pronuncie palabra alguna al abrir los ojos o que no pueda notar tu existencia, que eres un ente inexistente, una aparición, solo una idea, un suspiro y no ese regordete y peludete individuo angustiado, que deambula por el mundo desnutrido dentro de esa carcasa extraña y grasosa.

Pero despierta y habla y hace muchas preguntas y te nota y lo lamentas todos los días hasta que se va, por decisión tuya o no, pero se va. Podría ser del otro lado de la galaxia o al sigueinte barrio al norte, da igual, que se vaya. Y se fue.

Y vaya que provocó una revolución en mi corazón; lastimado pasajero de éste cuerpo descuidado y malnutrido; nervioso. Entonces ávido de caricias; caricias aunque sea poco sinceras, pero caricias al fin; aunque sean de manos feas, pero caricias al fin; aunque sea por lástima, pero caricias al fin.

Esa tóxica sensación de cariño, tóxica por ansiosa, solo te hace cometer estupideces… aunque siempre el mundo se encarga de colocarte en el lugar interesante si es que pones atención.

Lo hizo. Sin darme cuenta.

Me encontraba persiguiendo a una alta individua, de manos feas y sonrisa linda; era de lo más obvio y aún así, cuando me lo preguntaban lo negaba. Por procurarme coincidir, me hacía pasar por la incomodidad estúpida de “salir”, con un grupo de amigos o colegas, a uno de esos bares esnob de esos barrios caros, insípidos y descafeinados que sirven de escenario para las telenovelas aún más esnob. Esa ocasión los acompañé y partimos todos desde la oficina; a mi me adornaba mi eterna mochila donde guardaba mi laptop.

Tremendo nerd de pelo largo y lacio, con una barriga de campeón y una laptop a la espalda; lo único que me faltaba era empezar a hablar de DragonBall Z o sobre la última trilogía de Star Wars.

Y ahí me tienen queridos lectores, en un bar carísimo donde la muchacha a la que “discretamente” persigo le interesa más ver cómo baila salsa el hippie ese al centro del lugar, que toma de la cintura a una flaca orejona, bailando sensualmente con todo y sus pesadas rastas, ella sonríe y disfruta, él hace todo lo posible por agradar, dar pirueta y media y no soltar a la susodicha de la mano o de la cintura o de las dos.

Tampoco les quitaba el ojo, al menos de manera discreta.

Uno de sus colegas de su departamento se acercó a mi y frente a ella me preguntó si iba a hacer alguna movida, que si me gustaba la muchacha alta de las manos feas, que si entonces no pues seguro no tendría ningún problema en que él, alto, panzón y calvo, pero muy confiado, hiciera la movida extrema de invitarla por un café y luego unas buenas cumbias… se me encojió el orgullo y me alejé derrotado mientras en mi cabeza yo los veía riendo a mis costillas mientras me alejaba a un rincón con mi mochila a los hombros.

Una cerveza, un poco de hielo y algunos cacahuates.

Pagué con un billete de alta denominación y me regresaron cuatro billetes falsos envueltos entre dos billetes reales. Salí por la puerta y respiré por fin un poco de aire fresco. Miré a la izquierda y la calle se extendía por kilómetros, miré a la derecha y ahí estaba la flaca orejona, fumando, despreocupada del frío, según me dejaba ver su delgada vestimenta, y despreocupada por lo que pasaba dentro del bar.

A pesar de tener la intención de irme a casa, huir, me quedé.

Sus delgados dedos sostenían precariamente ese cigarro, del cual me ofreció una fumada a lo cual respondí con un amable pero negativo ademán.

Quitó el cabello de su cara y por fin vi su tez sencilla, sin maquillaje, nariz fina y ojos profundos. Era tan sencilla y directa como una bella muerte, franca y desapegada.

Platicamos.

Descubrimos cómo los viajes nos han llevado a los mismos lugares, en diferentes tiempos, en diferentes contextos, pero los mismos lugares, las mismas personas, los mismos nombres. Descubrimos cómo los tiempos nos han llevado a los mismos problemas, en diferentes lugares y en fases encontradas.

Hora y media después ella regresó al bar, yo huí a casa.

Año y medio después ella regresó a casa y yo huí a Campeche a enamorarme de mi esposa.

Ese idilio intelectual fue el inicio de toda una serie de eventos que cambiarían mi vida; le agradezco esos minutos de plática sencilla, sin máscaras, sin tapujos ni intenciones escondidas. Platicar. Extender ese cigarro hasta las últimas consecuencias. Solo recordar que la vida se comparte.

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