Oasis

La amistad es un oasis.

Me ha refrescado en las difíciles e inseguras mañanas de transporte público y apretujones modorros camino a la universidad. Ha dejado humedecer mis cansados pies de tanto caminar hasta el otro lado del país sólo para encontrar una playa sin marea ni arena, pero con viejos castillos que inertes sucumben ante el sofocante calor.

También ha permitido transformarla en un jardín terrenal, paradisíaco hasta donde la realidad lo permite, a cambio de un anillo en el cuarto dedo de mi mano izquierda; o recordar vieja glorias futboleras cuando cualquier calle sin pavimentar emulaba al Maracaná o al Estadio Azteca.

Así, por el mundo, he andado repartiendo abrazos. Y éstos se van contigo, impregnados en tu espalda, en tus hombros, para llegar hasta Portugal, Buenos Aires, Londres y Tokio.

Podría haber pisado el infierno durante mucho tiempo de no ser por tu saludo, por tu música, por tus oídos, por tu interés. Atravesé el país y mi alma un par de veces y te encontré ahí, debajo de una palmera, en sandalias, preparando limonada para los dos.

Me has dejado entrar a ese oasis de tu presencia, poniendo de ladito, en una caja pequeñita, el infierno que traía arrastrando conmigo.

Y me ayudaste a ir dejando los demonios atrás. Sí, tú.

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