Publifóbico

Han sido diez años extraños.
Salí de mi casa unas pocas semanas después de terminar la universidad. Ya llevaba tiempo trabajando como diseñador y como artista 3D. Una vez con un pie fuera de la ciudad, no miré para atrás.

Tenía mis esperanzas bien puestas sobre mi ingenio, habilidad y buena vibra para hacer amigos.

Fue en la segunda semana de enero en el año 2007 cuando mis papás y mi hermano me llevaron a Monterrey, Nuevo León, en la Pickup en donde yo mismo habría de recorrer buena parte del país más adelante. Fue un viaje que duró toda la noche. Morelia – Salamanca – Querétaro – San Luis Potosí – Matehuala – Monterrey.

Poco tardé en darme cuenta de las pesadas jornadas que hay que invertir en los estudios de maquila de modelos para videojuegos. Entraba a trabajar muy temprano y salía cuando el sol ya estaba ausente.

No duré mucho en ese trabajo. El patrón un día estuvo a punto de despedirme el día en que llegué con coche recién comprado y me estacioné en un cajón de los dos que teníamos desocupados. Ese día me gritó mucho pues había cometido semejante falta que no me despedía solo porque tenía trabajo por entregar.

Regresé a mi tierra por la pérdida de mi padre dos semanas después de eso.

Desde entonces me he dedicado a crear contenido para publicidad. Cosas en tercera dimensión, otras en dos dimensiones. Llegué a sentir orgullo al pronunciar la frase “vivo de dibujar”.

Hace muchos años, cuando abandoné la carrera de Ingeniería Mecánica, provoqué un gran disgusto a mi papá cuando le confesé que ya había hecho el examen de admisión para la carrera de diseño gráfico y que, de manera destacada, había aprobado sin problema. Me dijo que iba a terminar como maestro de dibujo en una secundaria y que me iba a morir de hambre… Y aún así me apoyó.

Eso cambió mucho mi vida para bien. Estudiar la carrera de Diseño Gráfico es una delicia. Nos hace sentir un glamour que no hay en las ingenierías, por ejemplo. Éste glamour es falso y muy peligroso en una carrera que parece fundamentarse en opiniones, la visión subjetiva de la comunicación, que no lo es; más que un desarrollo filosófico y semiótico de los mensajes, que debería serlo un poco más.

Y con ese glamour me sentía crecer como diseñador gráfico, comunicólogo, artista, sin saber que la motivación para desarrollar publicidad iría decayendo cada año que invirtiera en ello.

Un poco después, viví con cierta emoción la llegada de un gran premio internacional de mucho prestigio al lugar donde yo trabajé por tres años. No sabía qué sentir cuando, aún y el premio, las jornadas de trabajo me incluyeron varios días festivos o feriados. Regresaba de visita a casa de vez en cuando y ya para entonces mis amigos notaban mi gradual y constante aumento de peso.

No importaba. El sueldo moral era mucho y el monetario más que suficiente. Aunado a eso, sufría de depresión y dejé de intentar hacer amigos… Tampoco andaba con buena compañía.

Seguí trabajando para la publicidad un par de años mas. Cosas cada vez más comerciales, hasta que me despidieron de un empleo… Fue cuando pude salir de una zona extraña para entrar a otra aún más.

Bien acompañado esta vez, atravesé el país de nuevo y empecé desde cero muchas cosas; solo para descubrir que ese glamour que se notaba a lo lejos, es igual de falso en todos lados. Unas cuantas aproximaciones a las campañas políticas me convencieron finalmente de dos cosas importantes:

1. Todos creen saber hacer publicidad.

2. Tu trabajo es tan irrelevante que a la menor oportunidad, cualquiera la evita.

Entonces. ¿Para qué hacerlo? ¿Para qué tanto desvelos?

Seguro habrá quien tenga más pasión que yo para ese tipo de cosas. También estoy seguro que habré de desvelarme de igual forma por algo que yo vea más lógico, menos inerte, más pasional, musical.

No tengo nada resuelto en esta vida, y eso por ahora es lo que la hace interesante; por otro lado, cada vez estoy más seguro que ya no quiero hacer publicidad.

Algún día en esos años terminé en una ambulancia por lo que fue descrito como un “evento cardiaco”. Mi peso y mi depresión me mantenían apenas respirando, lo suficientemente para sobrevivir, pero no tanto como para salir del hoyo. Lo único que pudo salvarme fue darme el tiempo, el espacio y el cariño que me hacían falta.

No estoy diciendo que la publicidad me provocó todo eso por lo que pasé. Al contrario. Yo mismo me hice caer en ese tremendo agujero extraño. La publicidad me enseñó a ser muy crítico con todo lo que veo, a detectar el cliché, lo barato, lo deforme y defectuoso pero cubierto de oropel; me enseñó a perderle el respeto y a escoger con más cuidado lo que entra por mis oídos y mis ojos. La publicad no fue mi prisión, yo era mi prisión… La publicidad solo ayudó a liberarme.

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