De lo que no hay fotografía

Pues pasó. Y pasó porque tenía que pasar, así lo queríamos.

Enfilamos para Puerto Vallarta a pasar nuestra luna de miel, un año después de casarnos. Vaya forma de festejar.

El año pasado por fin me casé. Ha sido una experiencia extraña, pues nos llegó gradualmente y la existencia de un papel con nuestras firmas y nuestras huellas digitales no cambió mucho lo que ya sentíamos y esperábamos del otro. Es curioso como las cosas van encajando una con otra y lo que somos se va aclarando poco a poco. Amo a mi esposa y me dio mucho gusto haber tenido una boda fabulosa, muy sencilla y emotiva.

Mientras la organizábamos hicimos nuevos amigos, nos re encontramos con otros y nos procuramos la mejor de las compañías. Fue extraño no verlos a todos, pues la falta de dinero nos limitó mucho, pero también fue extraño no tener a mi papá o a mis abuelos conmigo. De niño pensaba que siempre estarían en todos los eventos importantes.

A mi me hizo falta mi papá.

Noté en los ojos de mi mamá una felicidad extraña. Pensativa.

Después de eso, mi esposa y yo nos dedicamos a sobrevivir, sin saber cómo exactamente lo íbamos a lograr, pero haciendo lo mejor posible para averiguarlo. Durante meses hacíamos lo que creíamos necesario para darnos un regalo sencillo y necesario: Unos días en la playa.

Hace años, en un afortunado arranque de aventura, dejé de ir a trabajar por una semana para invitarla a Puerto Vallarta. Ya había pasado por un conato de paro cardíaco y mi sobrepeso ya estaba en aras de ser controlado con la comida que me preparaba mi querida amiga Benny. Nos escapamos en la camioneta prestada por mi futuro suegro y nos lanzamos a la aventura. No pude resistir! Apenas en Guadalajara me armé de valor para pedirle, mientras la abrazaba en una cama que nos prestaron, que si quería ser mi novia. Era 12 de Octubre. Dijo que sí y dormimos juntitos.

Mucho tiempo después, muchos kilómetros después, sigo un poco frustrado porque a mi esposa no le gusta que le tome fotografías, entre otras cosas a las que me estoy acostumbrando.

Un año de esfuerzo y ya andábamos de camino a Vallarta otra vez, en otra camioneta prestada y ese extraño Deja Vu de ir con la misma persona, por el mismo camino, pero ahora tomados de la mano y casados.

No medí todo lo que pasaba desde que empecé a salir con ella. Simplemente me dejé llevar por mi ser interno que no cesaba de pedirme estar con ella.

Tomamos fotografías del mar, de la playa, de las personas y hasta de una cerveza helada que habría de beberme al pie del malecón. Algunas de esas fotografías nos incluyen, la mayoría solo a mi. Siempre me imaginé que necesitaba tener una novia que me dejara aparecer en las fotos, y para ello terminé con una esposa que no le gusta ser fotografiada pero no tiene empacho en tomarme fotografías a mi. Por fin, ahora salgo yo en las fotos de mis viajes.

Salimos a caminar ya noche. El hotel tenía una pequeña palapa que daba techo a cuatro hamacas. Tomamos una, la más lejana a las otras dos que estaban ocupadas, y nos abrazamos.

Balanceándonos miré las palmeras, el profundo azul oscuro del cielo; sentí la brisa fresca que me subía por las piernas y se colaba debajo de mi short deportivo. Aspiré cuidadosamente el olor de su cabello mientras sentía cómo su mano fina acariciaba mi barriga. Hice un esfuerzo tremendo por hacer salir de mi boca palabras relevantes para que, reposando la cabeza sobre mi pecho, me escuchara desde las profundidades de mi ser. Pero para entonces ya estaban sobrando las palabras. Me dejé llevar y la noche se convirtió en el ruido de la brisa contra las palmeras, el vaivén de las olas y el rechinar de la hamaca al balancearnos.

Ahí lo entendí.

No hace falta tener registro de todo. También es delicioso mantenerlo en la mente, ahí, un poco descuidado y maltrecho por las escaramuzas de la memoria, avivado con los vinos de la imaginación y añorado por el corazón que sólo pide la oportunidad de repetirlo.

Ahí lo entendí

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