Día 5

DÍA 5

No supo qué hacer cuando él se levantó de la mesa y ya nunca regresó.

Solo se imaginó su propia cara cuando el mesero le llegó con una cuenta de 875 pesos más propina y un cargo de 3 tenedores y dos cucharas. Tuvo que sacar esa tarjetita dorada que se prometió ya no volver a usar a menos que la ocasión lo requiera… El mesero regresó con una pequeña papeleta que ella tuvo que firmar y regresar.

Regresó a su camioneta roja, de esas que tienen la llanta de refacción colgando del portón trasero, y tomó rumbo al hotel del Prado, donde estaba revisando los últimos detalles para el hospedaje de quince de los gobernadores que habrían de estar en el evento de Relaciones Exteriores organizado para el señor Presidente de la República. Tenía en la mente la lista exacta de los nombres, de los invitados y sus propios invitados, los números de los cuartos, el piso, el desayuno que habrían de servirle a cada representante de Estado, los aperitivos que se servirían mientras se realizaba el bailable de variedad.

Pensaba todo esto mientras terminaba masticando el barato dulce de menta que le dieron en ese restaurante de Polanco… y en él. Con sus rizos claros y su tez blanca… la forma en que volteaba a ver a su hija cuando tocaba el piano y la destreza con la que por primera vez le vió abrir una botella de vino tinto sin sacacorchos.

El corazón acelerado y dos cosas en la cabeza… y las dos hacían que las tripas se le retorcieran de nervios.

En fin… él ya se fue. Ahora a lo que sigue. “No puedes seguir pensando en él si quieres seguir en esto Natalia…” dijo para sí, mientras le daba las llaves de su camioneta a un muchacho de bigote insípido con chaleco rojo y zapatos sucios.

Entró por la puerta de un costado y, como los cinco días previos a ese, pasó por un costado del piano del Lobby pasando un dedo sobre la tapa del teclado y después sobre la capa de la caja. La suavidad del acabado de ese piano negro la hacía pensar en ella misma.

Natalia no era cualquier persona. Alta, morena, de pelo lacio y guapa, sólo lo suficiente; emprendedora y lo suficientemente antisocial como para tener apenas un puñado de amigos y muy pocos pretendientes… y muy pocos compromisos que no fueran de trabajo. A muy corta edad salió de la casa para probar suerte en otra ciudad, cosa que le ayudó a hacerse de muchos conocidos en el ramo de las exportaciones… ocho añs después ahí estaba: En el hotel más lujoso de la ciudad, donde los embajadores de otros países llegan a hospedarse mientras resuelven desayunar con tal o cual fulano de alto rango; organizando un evento completo para el Presidente, un evento de relaciones exteriores, que habría de implicar a los gobernadores de varios estados… así fue como la convencieron, así fue como ella misma se convenció de seguir por ahí.

Así lo conoció a él… y así lo perdió.

Siempre ocupado, siempre móvil, siempre nostálgico, siempre asediado por las cámaras y las admiradoras. Así vivía sus cortos momentos con él… ella, siempre metida en el teléfono móvil, siempre resolviendo cosas a la distancia… nunca mentalmente en el lugar donde estaba físicamente. Siempre a prisa, siempre móvil, siempre ocupada. Así vivía él sus cortos momentos con ella. Cuando por momentos se tomaban de las manos ella podía sentir sus manos tersas y gordas, diferentes a las huesudas y ásperas de ella. Pronto se soltaban.

Y entonces, después de unos cuantos bocados y una corta plática, lo que habría de ser una cena de reconciliación, de recapitulación, de fin e inicio de un ciclo, se convirtió en una ruptura más para ella… de esas que le desbocan el corazón y la lanzan de bruces contra el escritorio de su oficina y la vida del trabajo, que nunca termina, que nunca duerme, que nunca respira ni come ni mira la luz del sol, que no tiene nada que ver con helados de chocolate, con partidos de fútbol, con perritos labrador café claro, con el verde del monte, con follar, con hacer el amor sin música de fondo, con escucharse respirar en una habitación en silencio y sentirse a uno mismo… sentir el latir del propio corazón en las orejas, en las manos, en el vientre…

Masticando la segunda menta de la bolsita de mentas del restaurant, sacó de su bolso una tarjeta y la pasó por la ranura de la puerta. Ya parecía sentir la textura de su laptop en su mano antes de cerrar la puerta cuando escuchó un sonido perdido al fondo del pasillo. La puerta quedó entre abierta y ella, sosteniéndola por la manija, acercó el oído.

Eran acordes de guitarra y dos voces claramente afinadas. Hermosas voces de hombre. Una un tanto más afinada que la otra, aunque también con menos volumen, con cadencia… con sentimiento. Alguien, al fondo del pasillo cantaba con el corazón… y alguien le acompañaba sencillamente. Uno de ellos tocaba la guitarra… definitivamente es bueno el tipo, cualquiera que sea de los dos.

“En fin… ya luego habrá tiempo para escuchar música” Justo pensaba eso cuando su radio localizador emitió un pitido. Cerró la pesada puerta y lo tomó con tres dedos, como solía hacerlo siempre y contestó.

– Natalia, ¿estás? –
– Adelante… –
– Confirmando llegada de BC2 y GD –
– Gracias, espero en recepción –
– Copiado… –
– Bye –

Bajó el radio y algo le inquietaba. Volvió a presionar el botón.

– Roberto –
– … –
– Roberto? –
– Adelante –
– Oye… –
– ¿Sí? –
– No… nada, acá te veo-
– Copiado… –

No podía recordar la última vez que habría tenido una plática normal con cualquier persona… de lo que fuera que no incumba al trabajo, o a las cosas del corazón… Roberto tiene dos meses como su asistente personal y justo en ese momento se dio cuenta que no sabe nada de él.

Tomó sus zapatos de tacón y se los puso de nuevo, tomó su bolso y tomó el elevador.

Una pareja hacía del elevador su pequeño rincón privado. Recargados en una de las esquinas, se secreteaban cosas al oído. Ya era noche y ellos parecían estar listos para salir a pasear. Ella, solo miraba su reflejo distorsionado en la puerta de aluminio cepillado y a veces el numerito de la pantalla.

Cuando bajaron ella esperó a que salieran. Se miró un poco en el reflejo de su teléfono celular, se ajustó el cabello y acomodó bien su bolso en el hombro.

Al dirigirse a recepción notó como dos hombres corpulentos, uno de ellos realmente atlético y de cabello largo, bajaban por las escaleras alfombradas.

No pudo evitar voltear a verlos. Parecían ser muy buenos amigos. Reían un poco y sonreían más, como recordando viejas anécdotas de tiempos perdidos. El tipo atlético no parecía ser de menos de 40 años, aunque el otro definitivamente ya los rebasaba. Se despidieron con un sonoro choque de manos y el más joven hizo una reverencia, como se hace a veces en el teatro, y se retiró por la puerta de un costado, donde un tipo bajito en un lujoso coche deportivo lo esperaba.

El otro se quedó viendo hasta que partió el coche y después volteó a ver a Natalia que, disimuladamente, volteó hacia la recepción para pedir las tarjetas electrónicas de los cuartos de los dos gobernadores que faltaban por llegar.

El tipo dio un rodeo y subió de regreso por el elevador y ella, al recibir las tarjetas sintió un alivio extraño. Miró hacia el elevador, para ver como él la veía mientras se cerraba la puerta.

– ¡Natalia! –

Se escuchó una voz al fondo del Lobby.

Era Roberto y con él dos tipos de traje, una señora con una enorme maleta y dos niños gemelos idénticos de unos doce años.

Natalia se paró derecha, sacó una de su arsenal de sonrisas y, muy a pesar de la hora, se procuró la mejor de las actitudes para atender a los dos gobernadores.

Ya era casi la una de la mañana.

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