Sierra tamaulipeca (3)

Pues la pickup no iba a prender ni rezándole tres aves marías y agarrándola a pedradas.

Ya se habían ido los power rangers verdes del camino, con sus barrigas y sus lentes de judicial, ya se había ido mi amigo el camionero, y triste vi como la familia que traía su mini van, compraban quesadillas para todos, y muy contentos se iban con su destartalado vehículo.

Un par de horas después, ya quien sabe que hora era, llegó una Pickup azul, muy bajita y maltrecha. Adentro iba Daniel, un sobrino de mi abuelo, y mi papá.

– Qué pasó mijo ¿Ya te aburriste?
– No, pos más o menos.
– Mira lo que trajimos…

Y apunta a la camioneta de donde está bajando Daniel una batería toda mugrienta.

– Oye Pa, pero vinieron los Ángeles Verdes y…
– Aaah vinieron los Ángeles verdes? ¿Entonces ya te arreglaron la camioneta? Mira Daniel que vinieron los…
– Si, pero mira lo que le sacaron

Y le señalo ese montón de hilachas deformes y chamuscadas en el piso, cerca de la Pickup.

– Esa es la banda de la camioneta.
– Que la chingada, no traemos banda ¿verdad Daniel?
– No Rocha… Ninguna.
– Pos ponle la batería a ver si así ya jala.

Y que se la ponemos. Y que jala.

Arrancó la condenada camioneta, y yo brinqué de gusto.

Me fui manejando la camioneta de bajada, de regreso a la ciudad, pero tenía que apagarla de vez en cuando para que no se calentara con la falta de la banda que hace funcionar el ventilador y por consiguiente el radiador.

¡Está cabrón manejar una Pickup apagada! ¡Nunca lo hagan!

Los frenos se ponen duros, la dirección toda dura y el culo se frunce fuerte fuerte.

Cuando iba prendida hacia un ruido como de coche viejo, todo un traqueteo horrible que no nos dejaba tranquilos. Cuando iba apagada, escuchábamos el roce de las llantas en el asfalto, ese ruido sordo que me hacía pensar que el siguiente ruido sería el grito de nosotros saliéndonos de la carretera, o el de algún tlacuache distraído que no nos escuchó venir.

Cuando por fin llegamos a la ciudad, nos dedicamos a comprar una batería nueva, una banda nueva y a desayunar algo en un restaurante medio feo.

Le cambiamos el aceite y seguía haciendo ese ruido extraño.

Después de desayunar, ya algo mas tranquilos y despejados, partimos de nuevo por la sierra Tamaulipeca. Pasamos por las curvas y el desfiladero, la capilla de la Virgen del Tamal de Rajas, y una vez pasando este punto, nos sentimos aliviados de seguir subiendo y subiendo por la carretera.

El traqueteo no nos dejaba en paz, pero al menos podíamos solucionarlo subiéndole volumen al estéreo que ahora sí funcionaba sin problemas.

Siempre, en cada viaje de esos, mi papá acostumbraba marcarle a mis abuelos, al otro lado del país, para avisarles que todo iba bien. Por lo general salíamos tan temprano que llegábamos a nuestro destino a muy buena hora, todavía de día, cuando en autobús generalmente eran de doce a catorce horas de viaje.

Ese traqueteo nos tenía preocupados, y al bajar de la Sierra, entramos al estado de San Luis Potosí. Ahí empieza un extenso desierto, un altiplano, árido y caluroso, donde poco hay que ver.

Abundan los vendedores de animales protegidos, que a pesar de que las autoridades federales saben donde están, no les hacen nada. A veces los venden vivos, a veces convertidos en bisteces secados al sol y salados para que se conserven mejor.

¡Y nosotros buscando un bendito taller mecánico!

No cabe duda que el optimismo e involuntaria ingenuidad de mi papá nos metió en apuros medio culerillos, pero muchas veces eso mismo era lo que nos salvaba de otros apuros más culerones.

Ya íbamos por la carretera 54, creo que es el número, y de plano lo grande de ese desierto es impresionante. Hasta que nos encontramos un letrero que, para muchos es motivo de sorna, para otros les es indiferente, pero para nosotros fue como encontrar suero bebible en el desierto:

TALACHAZ AKI ——>

Pintado en un cartón que estaba mal pegado a un palo clavado en el piso.

Y ahí nos clavamos. Giré la camioneta hacia ese taller, si se le puede llamar así, y nos bajamos al llegar.

Salió un tipo flacucho y todo mugroso limpiándose las manos con otro trapo igual de mugroso. Mi papá le estrechó la mano sin chistar, y yo hice lo mismo.

– A ver abre el cofre.

Y que lo abro.

– A ver, enciéndale.

Y que la enciendo

– Trae un buzo pegado amigo.
* Y eso que chingados es* pensé
– ¿Aah y cómo se lo despego? – Dijo mi papá.
– No pos, primero tengo que tirarle todo el aceite y echarme una asomada la ver si nomás es uno o son varios, no vaya a ser que le esta funcionando menos de tres cilindros.
– UU que la.
– Desde donde vienen?
– Ciudad Victoria.
– No pos sí van lejos. A lo mejor se les despega en el camino, puede que se alcance a calentar el motor lo suficiente como para que se reblandezca un poco y dé de sí y se suelte.

Todos volteamos a ver la infinidad de desierto que había que recorrer.

– Yo creo que sí se calienta – dijo mi papá.

E hizo lo que dijo. Con habilidad que yo no esperaba, aún con el motor caliente, desmontó la tapa, le sacó el aceite y nos mostró varias piezas.

Le puso aceite de nuevo, esta vez la cantidad correcta, no la de nosotros ( pos de una vez échale otro litro, más vale que sobre y no que falte).

Más adelante encontramos un restaurante. Decía que tenía teléfono, pero nunca pudimos echarlo a andar… No sabíamos que había celulares públicos y que había que presionar SEND para que se marcara el número…

Todo el camino transcurrió sin muchos contratiempos, hasta que bajamos al mirador El Potosino, todavía en el enorme estado de San Luis.

Paramos a echar gasolina y, como siempre, los niñitos que salen quien sabe de donde, nos pidieron ya sea una moneda, un taco, o los dos. Mi papá fue a comprar unos Turcos, que son unas empanadas rellenas de carne deshebrada y seca con algunas especias, y un par de refrescos para el camino.

Yo tenía la camioneta encendida y, cuando él regresó notó que la camioneta ya no haca ruido. Es más, la apagamos y volvimos a encender y wow. Nada de traqueteo, ni de ruidos raros ni nada de nada. Todo parejito así chingón.

¡Fierro! ¡Ámonos!

Y que le metemos la pata y hasta llegar paramos. Muy de noche, ya la ciudad tranquila.

De inmediato, al llegar, mi papá telefoneó a mis abuelos. Pobres, ya estaban muy preocupados, pero quedaron tranquilos después de la llamada.

Al otro día por la mañana fuimos a comprar pan a la panadería de los Ortiz, y al regresar como que los frenos no funcionan bien.

En la tarde en el taller le dijeron:

– Aay Profe, pos porque trae los frenos así de jodidos! ¿Que se aventó de bajada con la camioneta apagada o que?

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s