Sierra Tamaulipeca (2)

Estoy dormido y no siento nada. En eso, quien sabe de donde, escucho un golpeteo metálico muy cerca de mi.

Justo después recobro la conciencia. Estoy dentro de la Pickup blanca, me está dando el sol en la nuca y un tipo dientón golpea con una moneda en el vidrio de la ventana que queda a mis pies. Me doy cuenta que tengo el cuello torcido, que me duele el costado izquierdo cuando me quiero mover, que ahí dentro está haciendo mucho calor y que sólo recuerdo una fresca madrugada que me hizo correr de un géiser artificial.

Levanto bien la vista y el tipo me grita desde afuera:

– Joven! Jooooveeeen!! –
– ¿Qué pasa?- pregunto todo modorro.
– Oiga ¿nos da chance de salir?-

Y apunta hacia donde estoy sentado.

Dicen que es de idiotas mirar el dedo que apunta hacia el horizonte, pero juro por mi madre que el tipo ese me apuntó a mi golpeada panza.

– ¿A dónde dice que quiere ir?-
– Es que no nos deja salir…-

Evidentemente yo no sabía a qué demonios se refería ese tipejo dientón, pues yo estaba ADENTRO de la camioneta, y él no sólo estaba afuera de ella, también estaba molestando mi sueño reparador.

– Es que no nos deja salir…-

Repite el vato y vuelve a señalar hacia donde estoy yo. Hasta entonces miro alrededor.

Muchos trailers de todos colores estaban estacionados al pie de la capilla de la Virgen de los Huevos con Machaca, casi todos a mi alrededor, y el único espacio que podría quedar libre, era bajando mi Pickup de la piedrota en la que estaba encaramada.

La camioneta del dientudo individuito era una de esas que reparte papas fritas en bolsitas metálicas, el tipo que venía manejándola era otro vato igual de feo que el de los dientes, que aceleraba discretamente en señal de “ya me quiero ir cabrón”.

No se cuánto tiempo estuvieron tocando a mi ventana.

– No sirve – le digo.
– ¿Qué cosa? – me contesta.
– No prende la camioneta –
– Aaah como no, orita la prendemos de puchón –

Salí de la camioneta e intenté explicarles que la Pickup había valido queso y que no había forma de echarla a andar, pero los dos ya estaban bien puestos a darle su empujoncito de bajada.

Ya removido el obstáculo, se subieron a la camioneta, arrancaron y me dejaron con un palmo de narices con mi camioneta toda chueca, atravesada detrás de un camión enorme.

El dueño del camión salió de la cabina. Era un señor muy chaparrito, moreno más por el sol que por genética, o al menos eso dejaban ver sus hombros blancos y sus brazos oscuros. En tres intentos pudimos subir la Pickup a donde estaba y, ya para descansar, nos sentamos en una piedra a platicar.

Vaya que era amable ese señor. Platicamos largo rato. Me contó sobre cómo hace muchos años que no ve a sus hijas, y que no conoce a sus nietos. Que está ahorrando para comprarse un T2000, que para él es como el Mercedes de los tracto camiones… Aunque la Mercedes ya tenga su hermoso y eficiente modelo de tracto camión. Me platicó como vio morir a un amigo muy querido de él cuando le cayó un contenedor encima y que tiene mal una mano porque un día se le cerró una puerta en ella.

Al final, ya tranquilo y desahogado de sus penas, se levantó y me dijo:

– Ponte listo mi amigo que los Ángeles Verdes llegan como a las ocho y siempre tienen mucho jale.
– Aquí me pongo listo.

Y se subió a su camión. Tocó la bocina un par de veces y aceleró de bajada por la sierra tamaulipeca.

Fue cuando me di cuenta que todo el lugar estaba no sólo lleno de camiones y camioneros ¡También había muchos puestos de comidas y bebidas! Vendían quesadillas, tacos, tortas, sopes y gorditas, jugos, refrescos y olía a tortilla frita y a huevo revuelto con machaca.

Un poco más tarde llegaron los Ángeles Verdes.

Honestamente no sabía que esperar.

Yo me imaginaba una cuadrilla de power rangers verdes y que, en lugar de espadas y pistoleras, traían sus gatos hidráulicos, unas llaves de cruceta, su gorrita de mecánico y un paliacate colgando de la bolsa del pantalón.

Pero no.

Lo que llegó fue una camioneta Pickup del año de la canica, con unos agregados verdes donde imagino guardaran herramienta, un par de llantas viejas amarradas a la defensa delantera, dos tipos barrigudos y bigotones con lentes de policía californiano y un acento norteño marcadísimo.

Cuando bajaron de su pickup, una horda de gente los empezó a acosar. Una familia, de esas familias que son un chingo de gente y se las arreglan para caber todos en una mini van ochentera, los rodeó y fue acorralando hasta que abrieron el cofre de la mini van y pusieron manos a la obra.

Yo de lejos los miraba y los escuchaba. Entre el chillido de los niños pequeños que jugaban a lanzarse tierra, el chillido de otros dos bebés, uno llorando porque le estaban cambiando el pañal y el otro quién sabe porqué, un par de adolescentes jugando a darse de manazos, una adolescente cuidando a un niño como de diez años y tres adultos vueltos locos, uno agitando una mamila después de haberle echado polvos mágicos a un poco de agua, otro viéndole los pies al tipo que está metido debajo de la mini van y otro más comprando fritangas en el puesto que está al pie de la llave del agua.

Ni pa que me acerco.

Terminado ese trabajito, me acerqué al más barrigón de los dos Ángeles Verdes.

– Oiga ¿no me podrá echar la mano?
– ¿Qué carro traes hijo?
– Esa Pickup blanca que está encaramada en la piedrota.
– ¿Qué le pasó? – Me dijo mientras sacaba un paliacate rojo de su bolsillo y se limpiaba las manos.
– Pos veníamos de subida, y de pronto el estéreo empezó a sonar así todo feo como cuando se le acaba la pila a la grabadora, y luego de un lado echaba humo blanco de una llanta o algo así, pero luego ya no aceleraba y se fue quedando sin fuerza y pa cuando llegamos aquí nomás llegamos con el impulso que traía. Le abrimos el cofre pero se le salió toda el agua y se lo llenamos de nuevo y se le volvió a salir el agua y…
– A ver perame perame perame perame… Primero deja voy y me desayuno unas quesadillas y ahorita te atiendo, porque por lo que me dices sí que es un pedote.

Y se fue a comer sus quecas con su colega, un refrescote y un café.

Regresó, más contento y ahora con su colega.

– A ver hijo ora sí cuéntame como estuvo todo tu rollo.

Le repetí todo el cotorreo. Cuando terminé me pidió un cartón o un tapete. Por ahí encontré una caja de cartón despanzurrada, la desarmé y se la di. Él la tomó y la lanzó por debajo de la camioneta. Se echó panza arriba y se metió debajo de ella, hasta donde le permitió su barrigota. Puso los lentes oscuros a un lado.

– Uuuuy no, pos no. Nononononono… Yo creo que no…
– ¿Qué pasó jefe? – le dije preocupado.
– No se, no se ve nada. Deja me asomo por arriba.

Se salió quién sabe como de abajo de la Pickup, para asomarse por arriba.

– Aaah ya. Si. Ora si. Sisisisisisisi… Ándale…
– ¿Qué pasó jefe? – le pregunté más optimista.
– Se te fregó toda la banda, el balero y en una de esas hasta se te pegaron los buzos

Y metió una mano para de un jalón fuerte, sacar lo que parecía un trapo todo deshilachado de adentro.

– Ésta es la banda de tu motor.
– Aah la…
– Vamos a ver si no se te jodieron mucho los baleros.

Y metió la mano y le dio vuelta a un como disco con canaleta. De ahí se dejó ver un pedazo más de la banda y volvió a darle otro jalón. Y otro más y otro más y otro más. Hasta que sacó todos los pedazos de esa hilacha.

– El problema fue el balero, hijo. Se te descuadró y empezó a comerse la banda y por eso se atoró. Entre más avanzabas, más se comía. A ver préndela ahorita a ver si jala.

Y esperanzado fui y la quise prender. Hacía un ruido menos desagradable que en la madrugada, pero con la batería así de descargada y el radiador sin líquido, no iba a llegar a ningún lado.

Continuará…

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s