Sierra Tamaulipeca

Como era su costumbre, ese día se despertó muy temprano.

Yo, modorro, me dejé llevar por su prisa serena y precisa, mientras terminaba de acercar mis cosas a la cochera.

Un café por acá, en un termo, revuelto con un poco de agua tibia para poder tomarlo casi al partir de casa de mis abuelos. Una bolsa con algo de pan, dos sándwiches y algunas manzanas. En aquel entonces nos faltaban los teléfonos móviles, el GPS, los wifi spots, las máquinas expendedoras que dan cambio, las páginas de internet que de dicen dónde proyectan tu película y los coches híbridos.

Salimos tranquilos por la avenida Michoacán y enfilamos hacia el planetario y de ahí a la salida rumbo a San Luis Potosí. La carretera de “Rumbo Nuevo” aun no existía, así como los OXXO o los paradores en autopista que parecían un oasis del primer mundo, al triple del precio original.

Tomamos por la sierra tamaulipeca, entre sus oscuras curvas, llenas de neblina y trailers de doble remolque, cargados y torpes cuando la subida es empinada. La madrugada vaticinaba el calor que se avecinaba, pero el fresco, que entraba por la ventana que yo llevaba toda hasta abajo, nos daba un agradable clima dentro de la Pickup Nissan blanca en la que nos movíamos.

La verdad, nunca habíamos tenido un inicio de viaje tan agradable. Sólo mi papá y yo, sus cassettes y un curioso sentimiento de tranquilidad que nos dejaba lo oscuro y silencioso de la madrugada.

Pronto alcanzamos a un trailer de doble remolque. En esas subidas interminables de la sierra tamaulipeca, los choferes de camión solían dar el pase a los pequeños vehículos que de lo contrario quedarían atorados detrás de ellos por horas, hasta que al tomar la cuesta abajo, se convirtieran en un peligroso bólido de acero lleno de cerdos o cualquier otra cosa comestible.

Éste no fue la excepción. Pronto nos dio el pase, en una curva en la que él podía ver claramente que no venía coche de frente. Para entonces la camioneta venía fallando.

El cassette empezó a andar despacio en el estéreo, se escuchaba como cuando a un vinil que se está tocando le pones un dedo para que se vaya deteniendo poco a poco.

– Apá, mira le está saliendo humo a la llanta-
– Cállate que suficiente tengo con que esta chingadera no acelere!-

Y entonces de ir en tercera, bajamos a segunda, y luego a primera hasta que el trailer nos dejó en la negrura de la sierra.

– Noo no mames no mames no mames!-

Gritaba mi papá mientras la Pickup seguía perdiendo fuerza. Poco a poco otros coches nos fueron alcanzando. Se acumulaban detrás de nosotros al tiempo que las luces frontales se ponían cada vez más amarillas y débiles.

Y entonces un mini milagro. A nuestra izquierda se abrió un claro despejado. A la derecha en todo el camino siempre nos quedaba el desfiladero, aunque no se porqué le dicen desfiladero; si cuando te vas por ahí vas haciendo cualquier cosa menos desfilar… Más bien gritar en pánico o terror. Del otro lado, casi siempre nos acompaña una pared (pegada al otro carril) que de ratos baja y de ratos sube pero siempre está.

Y justo llegábamos a esa zona en que la curva hacia la izquierda y de subida es tan grande y amplia, que hay suficiente espacio para que los coches se estacionen a rendirle pleitesía a la Virgen de la Cueva, o a la Virgen del Camionero, o como se llame.

Ahí nos clavamos, quisiera decir que rápidamente, pero la verdad es que ya traíamos un séquito de unos 10 coches detrás de nosotros.

Cuando por fin entramos a ese espacio lleno de piedras y sin pavimentar, ya llevábamos varias mentadas de madre encima, cambios de luces y hasta acelerones. Dando tumbos y a pesar de la lentitud, entramos unos diez metros en ese espacio (vaya que es amplio); quedamos encaramados sobre una piedrota pelada que asomaba desde un montículo cerca de la capilla en cuestión.

No prendía el radio, ni las luces, ni la Pickup ni nada de nada. Un humo blanco salía del frente y el clic que se escuchaba cuando dábamos vuelta a la llave nos hacia sentir aún más desolación.

*Clunk!*

Quitó el seguro del cofre y caminó unos pasos para abrirlo.

– Está echando mucho vapor, yo creo que ésta chingadera se quedó sin agua… –

Asentí con un movimiento de cabeza.

– Nomás no le vayas a quitar la ta …-

Y cuando yo pronunciaba esas palabras, él ya había sacado un trapo rojo y con la mano que lo sostenía, sin dudar ni tantito, desenroscó la tapa del radiador aún con el agua en plena ebullición.

Estimado lector. Deberá usted saber que un líquido que está en ebullición, en un recipiente cerrado a presión, a una temperatura que apenas una mano envuelta en un enorme trapo rojo puede tolerar, cuando por fin le da un lugar para salir, el líquido que ahí dentro se contiene, pasa de ser líquido a un vapor extremadamente caliente y letal en un instante; siendo expulsado a una velocidad de varios cientos de kilómetros por hora, convirtiéndole en un potencial géiser, más a huevo que de ganas.

Y justo eso pasó.

Seguramente, si alguien andaba por ahí cerca, a unos cien metros a la redonda, podría haber escuchado muy claramente un golpe seco, un silbido espeluznante y un “ahijoesuputamadre!”, uno después del otro.

Salimos corriendo hasta que la lluvia de agua caliente con anticongelante nos quedó lejos. Sentados en otra piedrota esperamos a que todo ese vapor dejara de salir de esa pickup que casi dábamos por muerta.

Ya tranquilos, nos acercamos al vehículo que seguía haciendo ruidos mientras se enfriaba. Encontramos una botella de plástico y sin mirarme a la cara, mi papá me la dio en la mano y me dijo:

– Anda ve y búscame donde llenar esta botella con agua-

Lo que en el idioma de mi papá significaba:

– Anda ve y búscame en medio del monte, a éstas horas de la madrugada, un arroyito, un ojo de agua, un pozo con sifón, una meada de vaca, una llave de agua a mitad de la sierra, rocío de agua acumulado en las hojas de los árboles o las lágrimas de un coyote que llora a la luz de la Luna y llenas esta botellota de dos litros de agua y me la traes…-

Caminé unos pasos maldiciendo mi suerte hasta que encontré, al pie de la Virgen de la Ley del Monte, una llavecita de agua que goteaba quedito y tenía empapados los escalones que llevaban a ella, a la llave, a la Virgen no.

Y alegre por mi hallazgo brinqué sobre el primer escalón para luego resbalar y caer de panza sobre el borde del mismo, provocándome lo que años después descubriría por una radiografía mal colocada, era mi primer y única fractura de costillas.

Sin aire y con ganas de vomitar por el dolor, regresé a donde estaba la Pickup. Mi papá me esperaba con la mano estirada, cual cirujano esperando que le pasen unas pinzas para sostener esa arteria que habrá de suturar para que sobreviva el paciente. Tomó la botella y vació todo su contenido dentro del rad…

– Ahijoesuputamadre!!!!!-

Y volvimos a salir corriendo despavoridos por la lluvia de agua caliente que salía de esa boquilla del demonio.

– Anda ve y lléname otra vez la botella!-

Y corrí como gace… Bueno, no. No corrí… Me fui despacito y con precaución. No vaya a ser que me vuelva a caer de panza.

Llené otra vez la botella y regresé. Cuando empezó a verterla en el radiador yo ya estaba a varios metros de ahí, mirando a lo lejos y esperando otra retahíla de palabrotas y huarachazos.

Pero no. El agua solo gorgoreó asquerosamente hasta que se asentó. Y así, botellita a botellita llenamos el radiador.

En algunas culturas se cree que el agua tiene poderes curativos, incluso en Querétaro hubo un señor, en el pueblo de Tlacote, que se hizo millonario vendiendo botecitos llenos de agua de su pozo que alegaba tenía la capacidad de sanar hasta al más jodido.

Yo creo que pensábamos que el agua de la llave de la Virgen de la Caguama Fría era bendita, porque una vez que hubimos llenado el radiador con esa agua charandoza, metimos la llave en el switch y le dimos vuelta, mientras sonreíamos felices por nuestra azaña.

*clic*clic*clic*

– No prende…-
– Ya se que no prende! No hace falta que me lo digas! – me responde.

*clic*clic*clic*

*clic*

– No… Pos no prende…-
*no le respondo*

– Aaay que la chingada pues. Ni modos. Me va a tocar buscar a alguien que me lleve de regreso a ver quién nos puede ayudar… –

* Un lobo aúlla a lo lejos desde lo negro de la montaña *

– ¿De verdad crees que alguien te va llevar de regreso a estas horas de la madrugada?-

Y cuando yo pronunciaba estas palabras justo se distingue a lo lejos el ronroneo de un camión grande que viene de bajada, con freno de motor, rumbo a la ciudad. Ese ronroneo se convierte en un bramido gorgoreante que nos deja ver un viejo camión de pasajeros, plateado y medio destartalado.

Mi papá, se acerca a la orilla de la carretera corriendo y agitando los brazos hasta que el autobús se detiene.

– No vayas a dejar sola la camioneta! Aquí me esperas! –

Sube al autobús de un brinco y desaparece en la neblina de la sierra.

Ese ronroneo se aleja y yo me quedo ahí unos minutos mirando al infinito hasta que algún bicho hace un ruido (pudo haber sido una pantera o una boa constrictor, no se) y yo tranquila y precavidamente tomo como refugio la cabina de la Pickup.

Ahí me quedé dormido plácidamente hasta que alguien golpeó con los nudillos el vidrio de mi ventana…

(Continuará…)

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