No tengo nada…

No tengo nada. No soy dueño de estas palabras ni de la luz que dan o quitan. Ni del aire que entra en mis pulmones.

No tengo nada. No soy dueño del amanecer ni de la noche, del eclipse ni de la brisa fría que se acumula en la ventana de un cuarto que digo mío, que tampoco lo es.

No tengo nada y sin embargo, al despertar, me siento dueño del mundo. Me siento dueño del mundo cuando veo tu mejilla contra la almohada de una cama que decimos nuestra… me siento dueño del infinnito, relevante, importante e insignificante, todo al mismo tiempo, cuando me apronto a abrir los ojos antes que tú.

No tengo nada, pero en ese breve instante ya es un día más. Ya se cumplió el día, amaneció, atardeció y anocheció y volvió a amanecer. Y entonces abres los ojos y ahí estoy, dispuesto a asaltarte, pese a tu apenas despertar, con lo único que sí es mío… bueno, prestado: mis labios.

No tengo nada… más bien, no soy dueño de nada, pero nada quitará de mi mente ese instante en que coexistimos en dos mundos a la vez. El re inicio del mundo, descubriendo que es verdad que sigues ahí, agradeciéndolo.

No soy dueño de nada, pero lo tengo todo.

Felices dos años mi amor!

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