Dos años – Quince años

Sí. Hoy cumplimos dos años con mi mujer.

Es una cosa curiosa eso de hacer o llevar la cuenta de algo, pero también se que es algo que da una perspectiva que no podría tenerse de otra forma.

Claro que es difícil aprender a vivir con una persona, claro que es difícil aprender a traducir las cosas que uno escucha, por algo que no se parece tanto a lo que uno aprendió creciendo en la familia de uno mismo.

Todo tiene ahora dos puntos de vista, dos cabezas, dos formas de resolver las cosas, mil formas de entenderse. Uno mismo le pone traducciones, significados, a todo lo que uno escucha o ve, que no es lo mismo que lo que el otro entiende, aunque sea precisamente la misma cosa. Eso hace parecer muchas cosas más difíciles, pero la verdad es que la riqueza que le otorga a la vida es infinita.

Hace muchos años, ya un poco más de quince, para ser exactos, empecé a darme vueltas por un estanquillo de revistas instalado en una cochera de una casa con muchas plantas.

Al entrar a buscar unas revistas con las que pudiera forrar la banca de mi salón, cuando estudiaba la preparatoria, descubrí unos ejemplares de la revista Club Nintendo. La señora, muy amable pero con apariencia muy relajada, rayando en la fodonguez, me vendió varios ejemplares, incluyendo algunos ya atrasados, que sirvieron más que bien para forrar la paleta de mi banca.

Con el tiempo, y dada mi afición a Dragon Ball (desde la primaria) empecé a ir cada vez más seguido con la señora a comprarle sobres pequeñitos de estampas de Dragon Ball, para llenar mi álbum(aunque nunca tuve disciplina para llenar ningún álbum de nada, ni de fotos). Y cada vez me quedaba más tiempo a platicar. Descubrí que me hacía el mismo tiempo a casa si me detenía a “oler las flores” y esperaba a que se despejara un poco el tránsito de los que salen de la escuela o el trabajo para comer; así podía subirme al colectivo con menos gente, viajar sentado y posiblemente usar el asiento delantero del transporte, a un lado del chofer.

Así que hacía eso, me detenía a oler las flores… bueno, más bien a comprar mis estampitas, unas súper saladas papas fritas y un refresco, y a esperar el colectivo, media hora más tarde, pero con la certeza de llegar casi a la misma hora.

Esa señora, y su esposo, me atendían lo mejor que podían ¡Pues cómo no me iban a atender re bien! si ahí dejaba mucho del poco dinero que me daban mis papás para gastar diario o semanalmente. Tanta era mi afición por las revistas, que empecé a amar el olor a la tinta nueva sobre el papel couché, a comprar otro tipo de revistas: de coches, de guitarras, la del Chamuco, Selecciones, Contenido… sobre todo de coches. Tenían siempre muy buenas fotos, buen diseño (aunque no sabía que eso existiese) y generalmente eran las que más olían a tinta.

Todo eso siempre acompañado por buenas pláticas. El señor y la señora se enteraron de absolutamente toda mi vida. Toda. De dónde vienen mis papás, como se llama mi hermano, si mi perro era obediente o no, si mis abuelos eran de rancho o de ciudad. Todo. Además ellos me contaban sin pena las cosas de su casa, bueno, más la señora que el señor.

Ese señor se me hizo un “Gutierritos” cualquiera. Nunca respondía con frases completas, siempre “si… este… si…” o algún “si… bueno… como ve joven…” nunca me hacía plática. Pero estoy seguro que la señora, ya después en la comodidad de su cama compartida, en la nochecita, le compartía las travesías de “su amiguito el de la prepa”.

El hijo de ellos estudiaba la universidad en ese entonces, pero me llamaba mucho la atención cómo tocaba la guitarra eléctrica en la trastienda cuando no tenía clases. Usaba siempre ropa negra, se dejaba su pelo lacio muy largo y las uñas muy bien cuidadas y largas, para puntear mejor las cuerdas. Se notaba que ese muchacho no tenía ningún callo en las manos más que el de la punta de los dedos por tocar la guitarra.

Tres años pasaron y el último día que fui a la preparatoria, con mi sudadera conmemorativa de la generación, me apersoné con la señora. Le expliqué que ya iba a salir de la prepa, que era mi último día y que esa era mi sudadera conmemorativa de la generación. Que vendría pronto o lo más seguido posible para seguir comprándole revistas, que me guardara las estampitas y los ejemplares atrasados de la revista de Club Nintendo; que ya me iba a estudiar una ingeniería, la cual por fin mi papá me convenció de cursar, La señora me contó como me vio crecer. Que sí creía que había madurado mucho en esos tres años y que esperaba que mis aventuras fueran bien. Me dio un abrazo y nos dijimos hasta luego.

Quince años pasaron amigos. Quince.

O un poco más, para ser exactos.

Hoy, después de dos años de estar juntos, ahora sin mucho dinero en el banco pero con más sonrisas en el rostro, decidimos mi mujer y yo ir caminando a desayunar cerca de la preparatoria donde renegué tres años estar estudiando.

Terminando, la tomé del brazo y la llevé con la señora de las revistas. Estaba su marido acomodando unos periódicos.

Cuando lo saludé, temí lo peor de cuando uno pregunta “¿Y cómo está su esposa?”.

En ese momento empecé a adivinar lágrimas en sus ojos, y con la voz clara me dijo “acá está adentro, déjame le hablo para que venga”. Respiré tranquilo.

– ¿Cómo está joven? ¿Ya no va para el rancho?

– No señor… ya hace muchos años que falleció mi abuelo y básicamente sólo íbamos a visitarlo a él y a mi abuela, que ya tampoco está con nosotros- le dije sin ponerme triste.

– Uy pues bueno… que se le va a hacer-

– Si caray… además por allá parece que sigue estando peligroso… ya no sabe uno…-

– Mire acá está mi mujer, mucho gusto joven que bueno que anda por acá- Me dijo con lágrimas contenidas en los ojos.

Cuando salió la señora, apareció idéntica a lo que yo recordaba de hace quince años… no… aún mejor.

Sus canas no han avanzado, los dientes los tiene igual, la mirada soñadora aún la conserva, su voz se siente con la misma fuerza… pero se le ve más elegante, mejor vestida, plena. Me dio mucho gusto reconocerla y que me reconociera.

Preguntó por mis papás, le dije que ya solo me queda mi mamá. Platicamos brevemente, le presenté a mi mujer. Les platiqué a las dos cómo empecé a ir al estanquillo de la cochera a comprar estampitas y entonces dijo algo que no esperaba escuchar:

– Pues sí hijo, ahora ya estás hecho todo un hombre…-

Y fue entonces que caí en la cuenta. Hace quince años.. bueno, un poco más de quince años, que empecé a venir a este lugar a compartir pedacitos de mi vida, a contar mis chaparras aventuras de adolescente y mis mancos sueños de juventud. Y luego, a esta hora, las 12 de la noche, bueno, un poco más tarde de las 12 de la noche, me los imagino a solas, en su cama compartida, platicando sobre el muchacho que se fue a recorrer dos tercios de país para después regresar y saludar ya vuelto todo un hombre, con una gran mujer a su lado,, y compartir un poco más de esas aventuras y sueños con la familia del estanquillo.

 

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