Lo que deja el ir y venir (parte II)

La PickUp se quedó en la enorme cochera de mi abuelo, que antes hacia de casa, corral, jardín y bodega para toda la familia, hace cuarenta años.

Ese día desayunamos temprano para irnos lo antes posible.

Cada quien con sus guaraches, cada quien su sombrero, playera delgada y sin mangas, algunos huajes con agua fresca, cada quien su bastón.

El sol estaba insoportable desde las ocho de la mañana.

Para llegar al potrero de mi abuelo necesitábamos cruzar el río dos veces. Una a la altura de donde después estaría el auditorio municipal, otra en la curva donde mi abuelo recorrió un poco la cerca para que sus vacas pudieran bajar al río a tomar agua libremente.

En esa parte solíamos acampar o aventarnos de cabezota desde una piedra hasta la parte más honda donde el río hace codo.

Esa vez llevábamos al caballo. No era un día común, pues justo íbamos a recoger a todas las vacas para llevarlas al corral y marcar a las crías con un hierro caliente.

Mi papá, una prima, un primo, mi hermano y yo, además de los dos perros, un cocker y otro pastor alemán, éramos el equipo a resolver llevar algunas decenas de vacas entre el monte, seis kilómetros hasta la casa y el corral.

Lupita andaba con nosotros por gusto de ver el río y pasar por la montaña, aunque bien que nos servía una persona más para darle dirección a una manada de Cebú.

Mi papá abrió la cerca mientras nos indicaba dónde colocarnos para persuadir a las vacas de tomar rumbo al norte por el único camino libre que no fuera el río mismo.

Más allá de donde mi primo y yo nos colocamos, se dejaban ver piedras saliendo del agua, piedras grandes donde la corriente se alborotaba y el cauce se hacía más difícil de vadear.

No queríamos que ninguna vaca o vaquilla cruzara por esa línea imaginaria, pues estaríamos en graves problemas si así fuera.

Mi hermano y mi prima se colocaron un tanto más lejos, en la parte donde no corre agua. Mi papá llamó a las vacas con ese característico sonsonete que las atraía a donde quien fuera de mi familia les llamara:

– Tooo tooo tooo tooo to … –

Haciendo la voz más grave y dándole volumen, ese llamado se dejaba escuchar con eco por el potrero y el cauce del río. Dos vacas de inmediato aparecieron de entre los arbustos.

Sus pisadotas se dejaron sentir de inmediato y en un pestañeo estaban todas, con crías y semental, amontonadas para salir por la puerta de la cerca. Mi papá las rodeó con el caballo y de a poco se acercaba para presionarlas a no distraerse en su simple tarea de salir por la puerta.

Las crías, nerviosas, resoplaban y volteaban los ojos al ver a mi papá sobre el caballo, pero se tranquilizaban cuando salían por la puerta y localizaban a su respectiva mamá.

Para ese entonces ya un buen número de vacas y crías están del otro lado y sólo resta el semental, una vaca y su cría nerviosa.

El semental por fin cede y atraviesa la puerta con pereza, baja al río, lo pasa no sin antes dar unos buenos tragos de agua y se recuesta debajo de un raquítico árbol que está del otro lado.

La vaca y su cría pasan la puerta pero justo después sale mi papá también. La cría se espanta y corre hacia mi primo y yo.

En este momento mi hermano y mi prima no saben que hacer pues ya sólo faltan esos dos y los demás avanzan rápido pues ya saben el camino. Y entonces sucede lo que no queríamos…

La cría nerviosa entra a toda velocidad al río, detrás de nosotros, donde es ya más profundo, empedrado y fuerte. No podemos detenerla entre los dos y la torpeza de la cría solo la hace tropezar con cuanta piedra de encuentra en su camino al ser arrastrada por el río.

En un instante perdemos a la cría de vista entre la corriente… Son dos segundos de silencio desesperante… La cría de pronto asoma la cabeza y berrea lastimosamente antes de ser tragada otra vez por el agua. Volteo hacia la puerta y la otra vaca ya cruzó el río y mi papá está justo tomando aire para gritarnos por haber dejado pasar a la cría.

– ¡Salgan del agua y corran río abajo! – nos grita encabronado.

Obedecemos lo más rápido posible mientras él toma las riendas del caballo para hacerlo correr por su lado del río hacia donde el agua arrastra al pobre animal.

Corriendo vamos ya mis primos, mi hermano y yo por la orilla, entre las piedras redondeadas y calientes. Yo voy por delante y busco un claro donde creo que la cría va a detener su infortunio. Ahí el río pierde un poco de profundidad; mi papá ya se está adelantando en el caballo, que ya va a galope, mientras prepara una cuerda de lazar para atrapar a la cría por el cuello.

Entra al agua con el caballo, al que le llega el agua a la barriga. Se pone la mano a la altura de las cejas para tapar un poco el sol y después lanza la cuerda lejos; la recoge sin éxito y vuelve a lanzarla.

Al cuarto intento ya está la cría a punto de pasar el claro. Mi primo y mi hermano ya se adelantan a toda velocidad por si se va de paso… La cuerda cae rodeando el cuello del animalito y mi papá tira con fuerza de la cuerda… Pero olvidó amarrar el otro extremo a la montura del caballo y, de un fuerte tirón, cae al agua arrastrado por el peso de la vaquilla.

El río se hace profundo de nuevo por un tramo de unos treinta metros. Nerviosos y angustiados corremos a la velocidad que el río los arrastra. Mi papá va acortando la distancia entre él y la cría, que a duras penas ha tomado un poco de aire y para entonces está sumamente agotada.

Treinta metros de angustia y el río se hace más ancho y la corriente se tranquiliza, reduce la profundidad y las piedras se hacen menos.

Mi papá en el transcurso ya afianzó a la cría del cuello y una pata… Forcejea con el peso del animal, que para los pocos meses de edad que tiene ya rebasa los noventa kilos. Exhausto y desesperado nos pide ayuda para mover al animal lejos del agua.

Entre todos la levantamos, floja como trapo mojado, y la colocamos sobre la arena debajo de un árbol

– ¡Reacciona! ¡Reacciona pendeja! ¡Reacciona chingada madre! ¡Suputamadre! … –

Vocifera mientras zarandea al animal de la cabeza.

Nosotros miramos la escena boquiabiertos. En el tirón que lo tumbó del caballo perdió la mitad del pantalón, en el forcejeo los guaraches, en la caída tuvo un fuerte golpe en la rodilla, que ya se estaba hinchando, y salió del agua todo arañado y golpeado.

Las manos le temblaban y no dejaba de maldecir y zangolotear al pobre animal que ya tenía los ojos volteados y la lengua de fuera.

– ¡Chingada madre y ora que putas le voy a decir a tu abuelo! ¡Chingado animalito no te mueras por favor!

!Aaaaarrrgghhh! –

Gritó al final y de un golpe fuerte dejó caer por fin al animal al piso.

No sabíamos que hacer… Fueron cinco segundos larguísimos… Silencio.

En eso unos espasmos se apoderaron del animal y sus patas empezaron a moverse nerviosamente.

Un gorgoreo desagradable salió de su boca, así como un abundante chorro de agua, tos y después un berrido que nos taladró los tímpanos… Como si volviera a nacer el condenado animal.

Mi papá pronto la volvió a tomar entre sus brazos, todavía nervioso y agotado, dándole palmadas en el cuello le decía:

– ¡Sácalo sácalo! ¡Eso! ¡Ándele mija eso chingao! –

Al tiempo que la vaquilla seguía berreando y sacando agua y tosiendo y respirando de nuevo y no mames que pinches nervios!!

– Ándele mijo, vaya por los huajes pa irnos a juntar a las demás vacas pa llevarlas al corral… Y no me vuelvan a dejar pasar una vaca por favor… –

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