Lo que deja el ir y venir (parte I )

El rechinido y traqueteo de la camioneta Nissan PickUp se comía en gran medida lo que se escuchaba de ese viejo cassete de los Creedence.

La mano de él salía de vez en cuando por la ventana a acomodar el cutre espejo retrovisor que él mismo instaló. El motor zumbaba mientras subíamos la loma. Yo, emocionado, disfrutaba pensando que no habríamos de respirar aire más limpio que en el camino a casa de mis abuelos.

Pasamos Villamadero. Mucho después está el cruce con la carretera que lleva a Tacámbaro. Subiendo hacia la loma veíamos cómo el panorama se llenaba de pinos, el pasto de hielo y el horizonte de cabañas de madera.

Este era un lugar muy parecido al que él describiría para explicar donde querría pasar sus días de vejez junto a mi mamá.

Anteriormente había soldados flanqueando la carretera, o al menos el claro donde se hace el cruce rumbo a Tacámbaro.

Ahora tan solo quedan las barreras hechas con costales de arena, la pequeña cabaña donde se refugiaban a preparar café en una olla, la pestilente letrina que usaban.

A muchos, si les hubieran dado opciones, no harían esto que estamos a punto de hacer.

La carretera tiene muchas curvas pero eso no es problema; de vez en cuando encontramos un autobús de frente. Él, con un corto movimiento de muñecas, hacía bambolear la PickUp hacia afuera de la curva para esquivarle sin problemas.

Una vez que terminábamos de subir, zumbando por la curvas, entre los pinos y la neblina, un claro nos indicaba la llegada a la loma. Era como salir de un túnel de árboles hacia la luz.

Ahí ya se sentía más el calor. El aire parecía más ligero y podíamos, sin tanto remordimiento, atravesar ese tramo de carretera a toda velocidad.

La loma solo duraba unos minutos, para dar paso a otro buen número de curvas pero ahora con la tierra más seca, los árboles más bajos y llenos de espinas, las casas más jodidas y las lluvias escasas.

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Bajar a Nocupétaro era ya casi sentirnos en casa, pues se sentía casi igual de calor, hace la misma sequía y se respira el mismo ambiente semi hostil.

Después de otras curvas más sencillas y de bajada, pasamos por “La Manga”, una curva que tiene un árbol por afuera y donde muchos borrachos (y otros no tanto) se han estrellado en un descuido al manejar.

Llegar a Carácuaro era empezar a sentir mucho calor, poner alerta el olfato y el oído. Reconocer las voces, los relatos, los gritos de los niños jugando y los modismos que usan para comunicarse.

Pasamos por una heladería, luego la plaza de “Las Burritas”, luego un herrero y a 50 metros está el puente de tierra.

Esperamos a que pase otro coche y pasamos nosotros. Bajamos hacia la tienda de mi Tío Toño y luego subimos la cuesta rumbo a la tienda de mi Tío Chava. Seguimos por la calle Morelos y en el 1 nos detenemos. Ya está mi abuelo esperándonos para comer antes de platicarnos cuál va a ser la tarea de la semana…

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