El perdón

Así, sin avisar, es que llega el perdón.

A veces llega desde lejos, a la distancia del tiempo y el viento que muchas palabras se llevó; a veces nos llega desde nosotros mismos; el perdón propio, el más difícil de conseguir, el que nos deja probar la miel de la tranquilidad del alma, el que nos libera la mente de las astutas cantaletas de la culpa y la melancolía.

A veces simplemente llega desde acá, desde los rezos mentales matutinos, las plegarias al cielo, los suspiros nocturnos, los tics nerviosos que acumulados desgastan nuestros nerviosos dientes.

Es curioso cuando llega, pues no solo libera… Desajusta. Inutiliza una cosa que siempre estaba a la defensiva: al ego.

El perdón muchas veces se pide pero pocas veces se da. Ilumina más al que lo da que al que lo recibe, pues en el receptor está la santidad o malicia del acto de perdonar, en muchos casos, y poco nos queda por hacer una vez que hemos perdonado o recibimos un perdón.

Curiosamente, diario tenemos la oportunidad de dar el perdón, en mayor o menor escala, pero raramente lo recibimos.

Es una cosa extraña, pues no deja vivir mientras no se da, aunque a veces no importa mucho si se recibe, porque no se espera. Nos han enseñado desde niños que el perdón no debe esperarse, resignarse y andar por el mundo con ese hueco que poco a poco se va llenando de otras cosas. Pero no nos han enseñado mucho a darlo, a ser empáticos, a dejar ir… A perdonar.

Años pueden pasar, vidas enteras sin perdonar, siempre con ese hueco, siempre con esa espina en la memoria y siempre con los dientes apretados cada que le recordamos…

Lo más difícil, como dije, es perdonarnos a nosotros mismos. Somos los peores críticos con nuestra persona, para colmo también somos holgazanes, incrédulos, negativos, severos… Pero es porque nos conocemos tanto… Y pareciera que no merecemos nuestro inflado y rozagante ego.

Puede ser que, por ser tan críticos con nosotros mismos, hagamos pedazos cualquier logro que se consiga, pero bien que esa crítica ayuda a no tener nuestro ego por las nubes.

El perdón lo inutiliza… Perdonarse, sin obstáculos, ya habiendo agotado las soluciones, deshace el ego y lo convierte en un servidor, como debe ser. El humilde servidor que sólo debería ayudarnos a no claudicar… El que mantiene nuestras esperanzas arriba, nuestros objetivos adelante, los obstáculos idealmente detrás nuestro.

No se… No se de dónde saco todo esto, si al final tú mism@ lo vas a leer y ya sabrás cómo lo aplicas… Sólo se que me estoy perdonando poco a poco, soltando poco a poco…

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