En sueños

Ahí estás, Julián, por fin tendido.

Con tus zapatos, los que decías que se te veían grandes y parecían chalupas, cafés del color café que no te gusta, pero impuestos por tu esposa que, a modo de despedida, te los puso pa que no te fueras al otro mundo sin una más de sus sugerencias.

Hoy no vino mucha gente, la verdad es que tú mismo te asombrarías de ver los que sí vinieron. Llegó Jorge y su esposa, que venían con la idea de cobrarte un dinero que les debes desde hace 4 años, cuando les pediste prestado para completar la reparación del coche; llegar a cobrar y verte en medio de las cuatro velotas que te flanquean, los dejó más decepcionados por no recibir su dinero que por tu anunciada partida.

Aún así, de los pocos que sí vinieron hay dos o tres que realmente te lloran sin rencores ni odios. Ahí está el profesor Ortega y su esposa mamá Meno, que con un café negro y sin azúcar y varias servilletas de papel, se consuelan juntando los hilos de todas las anécdotas que hicieron cuando te encontraron allá en ese pueblo sencillo y con olor a ganadería, donde llegaste hace treinta años a trabajar, sin un peso y con el cuero pegado al cuerpo.

Quedaste a deber muchos recuerdos perdidos, muchas sabidurías que de pronto te brotaban a la quinta cerveza y que sólo pocos escuchaban. Eran frases que irían recordando de a poco tus amigos de parranda, sin saber dónde exactamente las habían escuchado ni en boca de quién. Es una cosa curiosa que lo más significativo de todo lo que has dicho, se lo hayan adueñado ellos sin saber.

¿Que no sabes qué es lo que pasa? Mírate. Estás descansando por fin Julián. Sí.

Tu cuerpo no es lo que era, y nunca volverá a serlo ¿No lo entiendes? Ella llora, pero de alivio. Sí, de alivio. ¿La ves? ¿Ves como pasa el tiempo y se endereza su espalda cada vez más?

Julián, te dedicaste a desperdiciar el tiempo, pero bueno… no todo. Hay sus cosas buenas, tú sabes.

Ese joven que encontrabas muy de vez en cuando, ese que te compraba las cervezas en la cantina cuando se te acababa el dinero y sólo mareabas tu borrachera con una segunda y tibia cerveza, ese muchacho es un hombre de bien; se procura aplicar tus sabias frases en su vida, sin saber aún que ya no te encontrará jamas, pero pensando que eres una especie de ángel extraño en su vida.

La trampa del tiempo no fue la que se cerró encima de ti. Tú mismo fuiste el que adelantó esa puerta.

No. Estás tendido Julián, ya no puedo hacer más para ayudarte, tan solo el último viaje y ya. Soy un mensajero nomás.

Ese que se ve ahí, el de la chaqueta negra de cuero y zapatos enormes es el hijo de tu amigo, aquel que vivió contgo muchos años en el internado. Es el hijo de Mario ¿Lo recuerdas? está igualito a su papá. Sí, podrás ver a Mario pronto, van al mismo lugar.

Sí que te veías cansado, por fin lo notaste. Es curioso como todos dicen lo mismo, también habrás notado la ligereza que se siente ahora. No te encorvas, pues ya no tienes peso en los hombros, bueno jajajaja en tus hombros de espíritu. Sí… perdón, pero siempre me río en esta parte… verdad que se siente bien?

¿Y ahora que vas a hacer? Nada Julián, ya no puedes hacer nada más que dejarte llevar. Ya no tienes control sobre las cosas, pero eso también es bueno.

En fin ¿Vas a venir o no? Necesitas venir conmigo…

Está bien, pero una vez abajo te vienes conmigo y nos vamos por fin al rancho. Sí, así le decimos. Anda Julián, ánimo, que la vida sigue…

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