Amnesia

 

Me despedí de ella con un beso y tomé mi bicicleta de atrás del portón.

Ella quedó con la ventana entreabierta, pero todavía con uno de los seguros agarrado de un pequeño clavo. Desde ahí se podía ver la parte de arriba de la iglesia.

Tomé esa calle empedrada que lleva a la avenida, que en realidad no es muy grande, pero como tiene un espacio libre al frente, es punto de reunión para mucha gente.

Cuando llegué pedaleando a la avenida me encontré con un montón de gente. Pero mucha mucha gente, una multitud. Muchos traían mantas y todos el rostro desencajado por la angustia. Los que iban en mi dirección se cruzaron con los que llevaban rumbo al palacio municipal, aún así abrieron paso para que los que, como yo querían ir a la iglesia, necesitaban atravesar la avenida principal.

Con todo y bicicleta me metí entre la gente y llegué a la fachada de la iglesia sin tanto problema. En la entrada, otro montón de gente esperaba a que les dejaran entrar. El cura dijo unas palabras y todos entraron en orden. Extrañamente, se veían personas de todo tipo: señoras con abrigo de piel, ancianos con sombrero de paja, viejecitas con vestiditos muy sencillos y niños con sus zapatitos muy limpiecitos y finos.

Al entrar con mi bicicleta, solo atiné a recargarla en el confesionario, donde yo pensé que no iba a estorbar. Alguien la tomó y la colgó de un fierro donde se colgaba la pileta bautismal, cerca de el confesionario mismo. Cuando voltee a verla pensé que era una broma, pero luego volví la mirada y uno de los acólitos me dijo “ahorita la ponemos bien donde no estorbe, no te preocupes, ya que entren todos la bajamos”.

En fin, decidí irme más para adelante, donde entrara un poco más de luz y donde pudiera escuchar mejor las palabras del cura.

Una señora con abrigo negro y peludo me vio caminar entre la gente y me alcanzó.

– Joven porqué se viene así?-

Y mientras dice esas palabras, toma su abrigo y me lo pone encima de los hombros, tratando de cubrirme el torso.

– No señora, no se preocupe, esta playera es roja, lo se, pero es de cuando trabajé en la CocaCola, no tiene ningún mensaje puesto-
– No importa mijo… N vaya a ser que…-
– No señora… Por mi no se preocupe, estoy bien… De verdad. Que Dios la bendiga señora, que Dios la bendiga-

Y cuando decía esas palabras le devolví su abrigo y la cubrí con él de nuevo. Le toqué su mejilla y la miré con agradecimiento. Era baja de estatura, morenita y con unas mejillas muy lindas para la edad que le imaginé.

Por fin llegué a una banca con más luz. Me senté y justo en ese momento ya era momento de incarnos. Cuando bajo las rodillas, volteo hacia arriba y empiezo a notar que el techo de esa iglesia es muy sencillo, y que desde alguna de las ventanas por donde entra el sol, se dejan caer partículas de polvo y pedacitos que le van empolvando la cabeza a los que están delante de mi.

El cura sigue con su misa, pero siempre la cara de angustia. Es entonces que no, no es el cura regular de esa iglesia… Es el cardenal el que está oficiando la misa. Con su gorro alto y su túnica sencilla, no como a veces sale en las fotos, es más bien una muy parecida al del cura regular, pero con algunos arreglos pequeños que dejan ver su rango.

Está balanceando una pequeña lámpara que echa humo y en la otra mano trae un pequeño artilugio metálico que remoja en un pequeño cubo con agua que le sostiene el monaguillo de hace rato.

Uno de los niños, el que huele el humo, emite un gemido cuando lo toca el humo.

No fue como un lamento, sino una especie de grito ahogado de miedo… Todos se extrañan pero la ceremonia sigue. El niño no sabe que ha pasado.

Y es entonces cuando empieza…

Afuera, la multitud ya se ha convertido en un río de gente que corre y grita… Justo empieza toda la locura de un momento para otro. No se que es lo que pasa, pero lo siento tan natural que sigo con lo mío.

La ceremonia es rara. Al cardenal apenas se le escucha y su cara de angustia lo dice casi todo.

Ahora cae más polvo del techo. Es impresionante ver cómo las pinturas y arreglos del techo son lo suficientemente frágiles como para ir despedazándose.

Se escuchan aviones de hélice. Pero de esos aviones que erizan los cabellos. De esos aviones que se sienten gordos porque algo traen. De esos aviones que vuelan tan bajo que lo podemos ver la cara al piloto cuando da la vuelta.

Y entonces la primera explosión.

¡BOOOOOOOOOOM!

Se siente un estruendo sordo y percusivo. Afuera la gente ya no es un río… Ahora todos corren despavoridos sin dirección y algunos llegan adentro del templo y cierran la enorme puerta tras de si. La ceremonia sigue.

– … Y si sigue este gobierno pensando que…-

Y justo cuando apenas escuché al cardenal decir estas palabras, un estruendo sordo y grave entró por la ventana rompiendo vidrios y arrojándolos por todos lados. La gente se levantó inmediatamente de sus bancas y empezó a tomar esquinas.

Yo ya estaba levantado y cerca a la puerta. Se me ocurrió guarecerme detrás de la puerta, que era una placa enorme y pesada de madera gruesa, que justo cuando estaba toda abierta hacía un hueco donde solo cabía yo. Un mueble grueso de madera terminaba de hacerme refugio, lo suficientemente grande para mi, desde donde también podía ver todo el templo en buena perspectiva.

Apenas cerré mi refugio y lo que después deduje era una Granada, explotó dentro de la iglesia. Se sintió en la otra esquina a un lado de la entrada. Yo solo pude observar la explosión y a varias personas volando en pedazos con ella.

Intento no caer en pánico… Tranquilo tranquilo tranquilo!

La puerta me ayuda a estar en la penumbra sin que me vean…

La puerta del mueble que me protege deja ver varios entrepaños con ropa resistente. Ahora que lo recuerdo, ese mueble no estaba ahí antes. Esa ropa parece ser de soldado. Se ven tiendas de campaña, bolsas para dormir y tres cascos.

Somos insurrectos, víctimas que buscan cambiar este horrible modo de vida que poco a poco nos ha ido dominando… Y el cardenal estaba explicando lo que pasaría y la forma en que habríamos de reaccionar… Pero la guerra nos encontró por anticipado.

Otro estruendo llenó el aire de polvo y más cascajo del techo se dejó venir de un golpe, tuve que salir de mi refugio por el temor de recibir alguno de esos escombros en la cabeza.

Ya era la plena luz del día. No llevaba cuenta del tiempo. Todo estaba detenido.

La gente podía sentir las hélices de los aviones acercarse, pero solo volteaban hacia arriba esperando no encontrarlos.

Un tipo barbón y cejón me vio y corrió hacia arriba, por las escaleras de la iglesia, cuando le hice la seña. También traía camisa roja.

– Mirá lo que encontré…-

Le dije mientras me seguía hacia adentro del templo.

Le enseñé el mueble.

Corrió la puerta del otro lado y pudimos ver varios cajones.

En un cajón se veían varias bolsas de plástico envolviendo actas de nacimiento. Abrimos una, eran las actas de nacimiento por familias. Los papás, los hijos, y en algunas tenían la de los abuelos.

Eran cajones grandes tipo archivero, pero su tamaño no era a lo alto, como la mayoría de los cajones de archivo, sino que eran cajones profundos, largos. El mueble era muy profundo por si mismo.

Abrimos otro cajón y pudimos sacar fotografías del presidente, rodeado de gente y casi todos con cara de descontento. Varias de esas fotografías eran en blanco y negro. Con el contraste se lograban distinguir perfectamente los rostros de algunos políticos.

Y así, él tomó varias de los sobres de papel y empezó a repartirlos entre la gente que veía con camisa roja como yo.

En lo que pareció una eternidad, volteamos hacia afuera y vimos, con horror, un avión dirigiéndose en nuestra dirección, de esos aviones de guerra como se veían en las películas, pero ahora era real. Soltaba humo y podía adivinares la angustia del piloto que intentaba cambiar el rumbo del aterrizaje forzoso… Pero no…

Una vorágine violenta y fuerte nos arrastró sin saber como durante un rato…

Azoté contra el piso violentamente. Claro sentí como se rompían mis costillas y quedé con un pómulo, las rodillas y un codo muy adoloridos.

Como pude me levanté. Detrás de mi había una nube de humo y fuego y lo que antes era la iglesia de Santo Domingo, ahora era un montón de escombros y fuego y gritos desgarradores… Y entonces perdí el conocimiento… Y heme aquí. No se como llegué, no recuerdo más cosas antes de eso… Y justamente nada después hasta esta entrevista.

– Señor… Usted sabe que no podemos creer esos cuentos así nada más… Pero con el polígrafo conectado y la consistencia de sus anteriores declaraciones, no podemos más que desistir –

– Espere… ¿Tengo otras declaraciones? –

– Es la cuarta este año señor… –

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