Ángeles

Voy de regreso a casa. A mi casa artificial con comodidad artificial donde no circula tanto el aire como quisiera.

Vengo regresando de un velorio y cremación, de una mujer que fue mi maestra.

Es deprimente pasar por ser espectador de este tipo de desgracias. Un accidente de carretera y varios días luchando contra la posibilidad de no sobrevivir, que a final se hizo una constante inevitable.

La familia, como podría entenderse, devastada al punto de ni siquiera poder llorar. Los amigos, los alumnos, los cercanos y los no tanto… Incluso también hubo los clásicos celos y las inequívocas prohibiciones de la presencia de uno que otro personaje… Las culpas y los incisivos pero incapaces e imprecisos comentarios contra los doctores que atendieron a mi maestra.

Todo mundo batallando para encontrar una razón de peso que justifique el hecho de haber perdido a un ser querido… Ninguna razón parece ser suficiente… Ninguna razón lo es porque son cosas que no se piensan, son cosas que se sienten, con las tripas, con el corazón, con los huesos y con esa angustia en el hígado que nos recuerda que somos igual de frágiles como cualquier animalito de la creación.

Finalmente, y cuando eso pasa, los que más importan son los que seguimos aquí en este mundo raro. Los que nos quedamos llorando las pérdidas y tratando de sobrellevarlas y aprender de ellas. Los que se quedan aquí se desvelan, dejan de comer, se avejentan de un golpe cada cierto tiempo, se les desgasta el alma y andan por la vida con el Jesús en la boca… Y van a los velorios, hasta que llega el momento de estar en el último al que una vez irás.

Y es nos produce una nostalgia terrible. Terrible terrible. Tanto que no queremos hacerles merecer a los nuestros esa misma angustia con nuestra propia pérdida, pero al mismo tiempo y más adentro, preferimos no adentrarnos en ese mundo de tinieblas.

Dejo la ciudad con recuerdos lindos de convivencia con mi maestra. Al principio me caía mal, pero curiosamente, con algunas personas es muy rico ir cambiando de opinión y descubrirle un poco de su verdadera alma. No niego que uno ve defectos que uno mismo niega tener, en otras personas. Conocerla a ella me ayudó a ser consciente de esa reflexión… Entre otras cosas.

Yo mismo ya perdí a la mitad de la familia de mi padre y a mi padre. Crecí con la falta y misticismo de un tío que murió joven. Mi abuela le murmuraba cosas a su tumba, le rezaba, le hablaba desde adentro en cada una de las misas que atendía diario desde que él falleció durante un ataque de epilepsia. Mi papá se culpaba de ser el causante del regreso de esos ataques, pero no tenía porqué culparse, no así, no de un hecho que evidentemente no fue su culpa.

Y la culpa; vivir con eso, se hace una costumbre; se aprende. Cosa curiosa.

Mi abuela tenía una ventaja: el misticismo. Cuando yo era niño me dejaron a su cargo. Yo no sabía, pero ella solía ayudar a preparar los cadáveres de sus amigas cuando una a una iban falleciendo; incluso algunas se iban en grupos de 3. La ley de los tres. Recuerdo de niño ver gente envuelta en sábanas, cirios prendidos, cajas sencillas y gente rezando, todos apurados para que no les gane el traicionero calor que no ayuda a enviarles de regreso a la tierra con recuerdos agradables. Guiaba el Rosario, los cantos, el rezo… El completo protocolo de los vivos para con los muertos.

No debes usar sombrero, si lo usas te lo quitas; no debes escuchar música, si la escuchas la quitas cuando pasen por tu casa; no debes leer, si lees, cierras tu libro cuando pasen cargando al “muertito”. Detienes todas tus actividades por respeto.

Antes se les velaba en la casa, se les preparaba en su propia cama, la esposa o esposo podía pasar unos últimos minutos al lado de su amado o amada. Se les vestía con sus mejores ropas; el mejor pantalón, los mejores huaraches, el mejor cinturón. Se les velaba toda la noche con rezos a las mujeres, con cantos a los hombres; el atole de canela, el café de olla, la cena y los refrescos para los más gorrones. Una foto del difunto al pie del cajón y chingos y chingos de flores.

Ayer, que despedimos a mi maestra, hubiera querido saber el rosario, hubiera querido saber los cantos, las respuestas místicas que se le dan a los niños y a uno que otro jovencito incrédulo… Es mucho mejor que decir “lo siento”, “tu mamá ya está en el cielo”, “ahora ya te toca ser el hombre de la casa”, “cuídense tú y tu hermano”… No hay palabras para mitigar ese dolor, pero igual uno abre la boca para decir alguna idiotez sin sentido… Es mejor rezar, elevar plegarias al cielo, entrar en trance, olvidarse, fugarse y colorear el mundo desde arriba. Eso… Eso quise darle a mi maestra… A su familia… Pero no lo se.

Muchos olvidan que esos rezos no son para que su alma llegue al cielo sin obstáculos… Esos ritos son para que los que nos quedemos empecemos el ciclo de aceptación con más determinación.

La falta es algo que nos puede matar, o motivar a seguir… A seguir viviendo.

“Porque hay veces que de tanto vivir… Te mueres”
El Filósofo de Güemes”

 

Se te va a extrañar Angélica… Mucho.

Besos.

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