Nopalón

Vivía en Monterrey y me encantaba tener la fortuna de vivir solo y sin distracciones… not!

Vivía en la oficina donde trabajábamos, junto a otros 5 changos, uno de ellos con muy mal genio que es procedente de la capital. Los demás, alivianados como eran, no se metían en el bisne de nadie y hasta se procuraban un buen cotorreo con los demás.

Mi cuarto, junto con el de Bernardo, era donde se guardaban las compus, que siempre estaban procesando animaciones en 3d y por ende el cuarto tenía que estar “refrigerado”, que era la sensación constante al estar en ese cuarto.

Un día, enfadado por extrañar a una novia que tuve, muy linda ella, se me chispó y decidí aventurarme en mi primer viaje en avión para regresar a casa por unos días.

Mi amiga Itzel, que ya llevaba viviendo en Monterrey un tiempo, pero por su cuenta algo más de tiempo, me hizo el favor de ayudarme a comprar los boletos por internet, cosa de la que yo desconocía totalmente su proceso y la verdad consideraba casi magia negra.

Mi amiga, muy linda ella, muy decente y considerada, me aconsejó irme al aeropuerto muchas horas antes para estar a tiempo para la revisión de equipaje y algunas otras chorradas que yo nunca había experimentado.

El mero día del viaje, me levanté tarde, con un dolor de cabeza horrible por el aire acondicionado del cuarto donde dormía. En tiempo récord hice mi maleta, aventando la ropa sobre la boca de ésta y empujando más adentro solo la que quedaba al tiro. ME bañé en cinco minutos y marqué por teléfono a un taxi para que me recogiera en casa.

De no ser porque el taxi ya llevaba media hora perdido y yo ya varias llamadas de enojo al sitio de taxis, me hubiera quedado muy cómodo en casa en el fresquito a esperar a que llegara, pero no llegó. Así que decidí salir con mi maletota con rueditas por la calle. Ya estaba el solo casi a pleno y la colonia “Cumbres” no se caracteriza por ser terreno plano de ninguna forma. Encontré un taxi siete cuadras más adelante, todo sudado y asoleado por subir la cuesta arrastrando a ese bodoque de equipaje que ya empezaba a odiar.

El chofer, con una parsimonia desesperante, bajó del coche y me ayudó a meter mi maleta en la cajuela.

– Pa dónde joven-

– Al aeropuerto, pero en chinga que se me va el avión!-

Atiné a decirle entre jadeos.

La tranquilidad dio paso a una rabia infinita y desmadradora que se manifestaba en acelerones, una permanencia del pedal del acelerador hasta el tope y un sonidero de rechinidos y crujidos que el pobre viejo Nissan en el que íbamos parecía gritar pidiendo piedad a su conductor. Yo nomás pude encomendarme a San Wichito, pues mi panza me reclamaba por no echarle nada desde hace más de 12 horas.

Tigres, luego Gonzalitos, luego Constitución. En esa última avenida, que termina convirtiéndose en carretera, pude entender el vértigo que sienten los periodistas que alguna vez se han subido con Chumajer (el vato ese que es piloto de carreras), pero no creo que nadie haya sentido tal miedo a morir  en una tecata de coche a más de 120km  en ciudad.

Una enorme pickup con llantas bajas y dos tipos mal encarados adentro nos cerró el paso ya cuando la avenida se torna carretera. El chofer, en lugar de ignorarlos y dejar que el susto pasara, decidió perseguirlo para después rebasarlo y aplicarle la venganza.

El idiota ese, el chofer, no contaba con que ya pronto necesitaría pegarse al carril de la derecha para salir hacia el aeropuerto. En una peligrosísima maniobra digna de cualquier película de Bruce Willis, metió un acelerón y rebasó a la pickup y al colocarse al frente empezó a frenar casi a fondo al tiempo que daba dirección para ir tomando la salida.

Lo único que logró fue que, por el peso de la pickup, ésta no pudiera frenar bien y se fuera en contra de la cáscara que teníamos por taxi. El golpe se escuchó seco y fuerte, pero curiosamente, lo escuché antes de sentirlo. El taxi, al ser golpeado por atrás se descontroló y aventó la cola hacia adelante, hicimos un trompo vaya. Dimos dos vueltas en nuestro eje. Yo, por mi parte, me aferré a mi mochila donde cargaba mis dos cámaras (la de fotos y la de video) mientras me sentía adentro de una lavadora al azotarme contra las puertas y los asientos.

En un vistazo vi, en la primer vuelta, cómo el chofer se soltaba del volante de un jalón. Se dio dos azotes muy fuertes contra el marco de la puerta antes que el coche dejara de dar vueltas. Yo no sentí muchos golpes, me aferraba a mi mochila acostado sobre el asiento trasero, aunque sí me golpee medio fuerte en la rodilla izquierda.

La pickup sólo se azotó contra la barra de contensión y creo que se le ponchó una llanta.

Cuando salí del taxi, los dos costados estaban golpeados, la nariz estaba abollada feamente de la esquina del copiloto y la cajuela tenía la puerta doblada hacia adentro, junto con la defensa y la placa que apenas colgaba de un tornillo, doblada por la mitad.

En todo el accidente hubo, el claxon de los coches que vieron lo sucedido y pasaban por un lado, se dejaba escuchar. No hubo una sola persona que se detuviera a ayudarnos y el chofer no parecía captar la situación en la que nos encontrábamos.

Uno de los tipos mal encarados bajó de la pickup. El chofer del taxi todavía se estaba sobando la cabezota, sentado en su asiento. El malote tomó de la camisa al chofer y lo sacó de un jalón sólo para zarandearlo mientras el chofer solo manoteaba inútilmente para defenderse.

Yo por mi parte, no sentía ningún golpe o dolor, solo el de mi rodilla, así que empecé a darle empujones a la cajuela para que se abriera un poco más y poder sacar mi maletota gris.

El otro malote se bajó de la pickup y me ayudó. Entre los dos levantamos la lámina retorcida de la cajuela (que en esos coches es delgaditititita). Él sostuvo una esquina mientras yo tiraba insistentemente. Por fortuna hubo espacio suficiente para no romperla ni maltratarla. Afortunadamente ahí solo traía ropa.

Los otros dos aún peleándose y yo a quince veinte minutos de perder el vuelo.

Caminé un poco en dirección al aeropuerto, viendo como la fila de coches se amontonaba en la salida no por que estuviéramos obstruyendo mucho el paso, sino porque los fisgones se daban el lujo de detenerse un poco para ver como al chofer del taxi lo sacudían hasta que hiciera espuma como botella de CocaCola.

Caminé un poco y me alejé de la escena, hasta que un coche largo y plateado se detuvo a un lado. Una viejecilla bajó el vidrio eléctrico, en el asiento de atrás, y me hizo señas de que me acercara.

– Mijito ¿pa donde vas? – me preguntó temblorosa.

– Pal aeropuerto señora-

– ¿A cual terminal? ¿A o B?-

– Huy no se señora, a donde salen los de Viva Aerobús-

– Súbete mijo yo voy a la terminal A, si quieres ahí te puede llevar de regreso éste taxi-

– ¡Gracias!-

Y que me subo con todo y la maletota con la señora.

Avanzamo hasta la terminal A, donde le ayudé a la viejita a bajar sus maletas. Le dió un billete extra al chofer de ese taxi, para asegurarse que yo solo tuviera que bajar de él y tomar mi vuelo, le agradecí y partimos de regreso a la terminal B, que es la de los jodidos como yo que solo nos alcanza para viajar en clase turista.

Por fin llegué a la terminal. Unas instalaciones todas feas y de tubos gruesos. En realidad parecía más un hangar que un aeropuerto.

Cuando entré, me acerqué con la clave anotada con tinta anotada en mi mano. Apenas era legible por el sudor, pero pasó bien en la computadora del muchacho que me recibió con uno de esos párrafos que les hacen aprenderse de memoria antes de atender a un cliente.

-Huy mano, éste vuelo que me dices justo va saliendo. Te estuvimos voceando como media hora y no te presentaste, y como nomás faltabas tú, pues decidieron salir diez minutos temprano-

–  …  –

Agudicé los ojos y de su hombro, a la lejanía, se veía despegando un avión blanco con la cola roja.

El tipo voltea y me dice

– Mira, ése que va allá es tu avión… –

–  …  –

– Huy y tenías comprado el viaje redondo-

–  …  –

 

(continuará…)

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