Tío Meme

Era el año de 1982, el mes en que mis padres habrían de casarse. Todavía no se decidían algunas cosas, pero lo más importante ya estaba definido: la comida, los invitados, el lugar de la ceremonia, el vestido de la novia y los padrinos varios que se necesitan para la ceremonia.

Uno de esos padrinos fue mi tío Meme, un viejillo corajudo y correteado por la vida que tuvo el infortunio de sufrir algunas de las consecuencias directas de vivir en los tiempos de la revolución, a principios del siglo pasado.

Él fue uno de los primeros empleados de la Secretaria de Comunicaciones y Transportes, cuando lo más importante en ese entonces era buscar la forma de ampliar y mejorar las lineas del tren, dado el tremendo empuje a la industria y a la elevada demanda de transporte de turismo en esos entonces.

Se le dio un VW para recorrer México y que bien lo usó para ese propósito.

En el entonces que fue padrino de la vida de mis padres, ya pasaba de los 70 años. Pensaban que no iba a durar mucho el viejo, pero el tener una esposa casi 30 años menos que él es una bendición que no cualquiera desperdicia, y menos con mi tía Mona, que la juventud, la belleza y el don de gente se le han dado en igual proporción.

Muchísimos años mi Tío Meme fue el más viejo y sabio de la familia, en sus ochentas se le sentía todavía una fuerza y una tranquilidad envidiables, igual que su salud.

Manejó 1200km en un solo día para llevar a su esposa, a uno de sus hijos y a su nieto, hasta el otro lado del país, para llevarlos a conocer una ciudad que él mismo conoció cuando apenas era un pueblito pintoresco.

Don Meme nos vió crecer a mi hermano y a mi, nunca olvidó un nombre y aún a sus noventa años se le veía encaramado en la camioneta acarreando costales de frijol que cosechaba en sus tierras.

Un día fue el único que pudo echar a andar una vieja pickup que llevaba unas semanas tirada echando polvo. La encendió con la llave de su ropero porque decía que era la única que realmente entraba bien, la arrancó y dio un acelerón que nos dejó con los ojos llenos de tierra.

Para cuando lo vimos apenas se despejó, ya iba dando tumbos en la camioneta por una calle sin aplanar y a toda velocidad, espantando gente y perros callejeros que por ahí andaban.

Asustados, corrimos tras la nube de humo y polvo que iba dejando, entre gallinas, perros callejeros y gente espantada, nos abríamos paso para alcanzar al viejillo motorizado antes que llegara a la carretera.

Afortunadamente, la camionetita se detuvo de golpe arrastrando las llantas en la tierra y nosotros con ella. El viejito, con sus ojos grises de cataratas y las manos aferradas al volante, temblando, voltea y nos ve: “así se prende esta camioneta muchachos” dice con la voz cortada.

Cuando nos dedicamos un tiempo en la familia para ser apicultores, mi Tío Mene gustoso nos daba consejos. Cada que nos veía preguntaba: “¿como va esa miel Rocha?”, “bien Don Meme, va muy bien” y nos tomaba d la mano fuertemente para felicitarnos por escoger esa profesión.

Un día, como muchos otros antes, se desayunó un huevo frito, avena, frijoles de la olla y un café negro sin azúcar.

A 1200km de ahí, yo empezaba el día tarde, pues era mi cumpleaños y quería preparar algunas cosas.

En la noche, mi novia de turno me tendió un abrigo n la banqueta de afuera de su casa, me hizo varios regalos y me felicitó.

Al mismo tiempo mi primo Celis cuidaba a su hermanita, quien miraba hacia afuera de la casa esperando ver a alguna de las palomas que se posaban por ahí.

Yo, sentado de espaldas a la calle, mirándola a ella, vi con el rabillo del ojo a un viejito con bastón, caminando a media calle. Claramente escuché como me preguntaban “¿Cómo va esa miel Rocha?”, “bien, bien” respondí, girando la cabeza hacia el otro lado esperando descifrar de quién era esa silueta. Ya no había nadie. Ella se me quedó viendo extrañada.

“Adiós abuelito Meme” gritó la niña, Celis se levantó del sillón y se asomó a donde miraba la niña, ella con una sonrisa, se fue a jugar a otro lado.

Sonó mi celular: “mijo, me dicen que acaba de fallecer tu tío Meme, ven para que nos ayudes a hacer maletas e irnos en cuanto antes”… tenía 97 años y muchas historias por contar, en unos días se cumplen 11 años que sucedió, y aún recuerdo vivamente cuando se fue a despedir de mi la noche de mi cumpleaños.

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