Círculo

Una vida va y una vida viene. Algunas se desvanecen poco a poco y otras más brincan repentinamente en mar del universo infinito, igual duelen, igual reposan, igual transitan por este complejo átomo en el que vivimos.

Descansados reposan sus nucas con los ojos hacia el cielo, los que nos cuidan desde las catacumbas de nuestro corazón, los que pacientes nos esperan para seguir el camino por otro lado del todo.

Sin embargo, el que estén ahí no es lo que duele; que no estén aquí es lo que envenena…

Justo eso estaba pensando, cuando sucedió. Un repentino, pero largamente esperado, ataque al corazón; leve, débil, soportable para cualquier persona, pero mortal para el desgastado cuerpo en el que se sucedió. Un pequeño empujón hacia el mundo de las tinieblas bastó.

Y todos lloraron, pero no al principio. Más bien no lo podían creer. Desde aquel día que se les llamó para que se reunieran fuera del hospital, pensaron que solo sería una de esas cosas rutinarias de ese corazón viejo. Pero esta vez sí llegaron todos. Los que vivían mas lejos llegaron pronto, los que vivían cerca ya estaban ahí desde el principio, algunos no, pero porque seguían en la negación en la que nos hace vivir la rutina, pensando que todo debía estar como siempre había estado, a como los años nos habían acostumbrado que era.

Y entonces ya estaban todos afuera, pensando en la pequeña y débil persona que adentro esperaba por tan solo una ultima oportunidad se descansar, de no ver como el mundo finalmente llegaba a su ultimo día, de doblegar al destino y pedirle que nos adelante un poco hacia el siguiente escalón.

Pero entonces las esperanzas se multiplicaron.

Es curiosa la forma en que los familiares de un enfermo terminal buscan engañaras de muchas formas para creer que su consanguíneo vivirá para contarlo con alegría y sorna. Un pequeño atisbo de buena fortuna y todos se aferran a ello como si el creerlo hiciera que las cosas cambien de buenas a primeras.

A ellos les dijeron que pronto podrían retirar los sedantes y ver la reacción (si es que la había) para determinar el camino que habrían de tomar los médicos.

Esa pequeña rendija por donde se colaba la esperanza los hizo bajar la guardia hasta que una hermosa mañana de noviembre (lo se porque yo estaba ahí) la vida abandonó a ese sencillo y enjuto cuerpo en la cama 72 del pabellón 4, a un lado de esa viejecita que habría de correr con la misma suerte pocos minutos después, al igual que el señor del pabellón 2 y el anciano abogado de unas horas antes. Siempre he creído que la almas que parten no lo hacen solas.

Él, pese a su estatura y su alto y quedo tono de voz, aguantó sereno haciendo guardia a un lado del ataúd de su mujer. Sus manos cargadas de años solo buscaban imaginar la piel de ella, mientras acariciaba levemente el cajón en una esquina.

El ir y venir de familiares es muy ruidoso las primeras horas. Hay quienes bromean un poco para aliviar la tensión propia y la ajena; hay quienes al ver el féretro rodeado de velas y flores, estallan en un alarido desgarrador que sólo Dios puede entender que justo en ese momento comprenden que han perdido para siempre a su familiar.

El café quemado y unas desabridas galletas no se hacen esperar; los negocios esos que lucran con el dolor debías personas y los cuerpos inertes de sus familiares, poco se compadecen de esas almas dolidas que solo buscan mitigar un poco el dolor, llevándose un mendrugo viejo y duro a la boca.

Al final, solo quedan los viejos que empiezan a contar a los que se nos han adelantado, recordando como es que se fueron y el tiempo en el que se frecuentaban.

Los jóvenes duermen intranquilamente alojados en un sillón, hechos bolas entre ellos, cansados, impresionados, temerosos, inseguros.

Pasa una noche y los rezos se escuchan cada ve mas quedo. Las coronas de flores se desacomodan y algunos intrépidos se animan a refrescar la mente con algún chiste colorado y otros más a mentaría la madre al político en turno, frente a una pequeña concurrencia… Los dolidos, los realmente dolidos, siguen con las miradas huecas, recapitulando el día anterior.

Hasta que llega la hora.

El olor ya no es tan soportable, algunas lágrimas secas, las señoras que se saben los rezos ya no están, pero a cambio un montón de simpatizantes llegan, abrazan a los dolidos y se van. Se lee peor de lo que es.

Ha llegado el momento.

Levantan el cajón y empieza la procesión hacia el templo donde esa alma buscaba la salvación. La misa transcurre como cualquier otra, aunque los cantos se aderezan de alaridos, y se extraña una voz entre la multitud.

Termina la misa y todos se abrazan, michos lloran; los menores simplemente se procuran juegos para no aburrirse.

El camino hacia el camposanto empieza y la fila de coches detrás se la carroza no se hace esperar; todos encaminando a ese cuerpo vencido por el tiempo.

Las flores y las coronas siguen muy de cerca a la carroza. Ya en el lugar les es difícil saber qué hacer cuando todos están alrededor de la pequeña caja, la pequeña caja donde estoy yo, madre, abuela, bisabuela, amiga, compañera y confidente.

Una de mis hermana pregunta si alguien se sabe la canción de “la tristeza de mis ojos”, todos titubean hasta que una señora comienza a cantar una de Agustin Lara, que no es; luego alguien más empieza a cantar una canción de Sabina, pero al llegar al final de la primer estrofa se detiene y pregunta -esa no es ¿Verdad?- a lo que todos mueven la cabeza negativamente con la mirada extrañada.

Por fin uno de mis hijos recuerda la letra y la tonada. Qué linda voz tiene, aunque se percibe como todos se sienten ridículos al cantar ese pedazo que dice “… el más triste recuerdo de Acapulco” si yo nunca conocí ese lugar.

Al terminar se despiden llorando, con el cuerpo abatido por las desveladas y el café tan malo de la funeraria.

Los sepultureros hicieron su trabajo y finalmente pude descansar en las entrañas de mi verdadera madre… Sin embargo, el que esté aquí no es lo que les duele, es el que no este ahí lo que los envenena.

Helena

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