Benito

Él era muy grande para su edad, pero también demasiado inocente para su tamaño.

Moreno y bembudo, Benito pasaba las tardes jugando béisbol con sus vecinos cuando había vacaciones de verano.

La calle no tenía pavimento, aunque en realidad ahora que lo recuerdo incluso hoy sigue sin pavimento; las piedras redondas de lo que al parecer antes era un río, adornaban la calle que, sin querer, se convertía en una enorme sonaja cuando algún coche se dignaba en pasar por ahí.

Doña Raquel se deleitaba viendo cómo Benito se las arreglaba para siempre golpear cualquier bola que le lanzara el contrario con el palo de escoba que usaban como bat de béisbol. Desde la sillota blanca que le permitía acomodar su gran trasero, veía con cierto gusto cómplice cuando Benito sin querer mandaba la pelota lejos, hasta el patio de Doña Nemecia, y si la fortuna y el viento favorecían, hasta los vidrios de su ventana.

Benito segía bateando y no le importaba mucho saber hasta dónde llegaba la pelota, con tal de ganarse un poco del respeto que bien le ofrecían sus compañeros de juego.

Cuando se hacía noche y era imposible ver una pelotita en la penumbra, sacaban una pelota de hule pintada de balón de fútbol, aunque cada semana remarcaban los trazos del plumín indeleble que habían utilizado para pintar la pelota de balón.

Ya de noche, con la pelota dando tumbos por toda la cuadra, se podía disfrutar un poco del fresco y más gente salía a admirar el desordenado y bullicioso partido en el que participaban niñitas, niñotes, niñitos y no tan niños por igual. Eran equipos de veinte contra quince, de ocho contra doce, siempre dependiendo de cual de los dos tenía más pequeñines… pero Benito siempre decidía quien es el que tendría más de uno o de lo otro.

Al final, los equipos, aunque desiguales en número, quedaban muy balanceados en fuerza, y se podían ver resultados tan reñidos como un 4 contra 3 que terminó decidiéndose en penalti.

Grandes eran las habilidades de Benito para discernir cuándo se había actuado mal y por tanto ameritaba sacar un cartón recortado de una caja de cereal que hacía las veces de tarjeta amarilla. El “amolestado”, como él lo llamaba, tenía que ir a su casa a tomar un vaso de agua entero y regresar… Benito sabía que eso los empanzonaba y les impedía correr como cuando se tiene el estómago vacío… así los pequeñines que podrían haber estado en desventaja, sacaban metros de distancia cuando con sus delgadas piernitas corrían como gacelas una vez que tomaban el balón entre sus pies.

Éstos eran los grandes momentos de Benito, pues sabía que si no los aprovechaba bien, la próxima oportunidad para pasarla bien sería hasta el siguiente verano, aunque un poco al fin de año con las fiestas navideñas, pero nunca lo invitaban a una piñata desde que con un solo golpe separó a una piñata de su cuerda y la mandó volando hasta el patio del vecino que se había ido de vacaciones, o al menos eso contaba la leyenda.

El siguiente verano sería difícil pues sería el último verano de Benito antes de pasar el punto sin retorno de muchos niños de familias pobres: lo pondrían a trabajar y dejaría la escuela para después… en fin. Ni que le fuera mejor en la escuela. Al parecer su tamaño y su inocencia eran un defecto muy grande para sus compañeros de salón.

Los años pasaron y yo volví otra vez en Mayo. Benito ya no estaba y Doña Raquel seguía meciéndose por ahí abajo de un árbol. Doña Nemecia seguía quejándose de las pelotas que llegaban volando al patio de su casa, provocándole cualquiera de sus hipocondriacos males y los chiquillos seguían jugando en la calle, pero ahora mucho menos organizados.

Diez años después regresé. Era un día de esos sofocantes de calor, húmedo y bochornoso en extremo.

Pasé camino a la tienda por afuera de varios templos religiosos, de esos templos pequeños que tienen solo diez filas de sillas, un tipo en un podium y dos fulanos sosteniendo guitarras en un rincón, mirando al suelo esperando su señal de entrada.

Camino de regreso de la tienda, estuve a punto de tropezar con una mole enorme que me cerró el paso sin querer.

Moreno, bembón, de unas manos gigantes que bien podrían pasar por manos de plátano. Levanté la vista y no pude más que recordar a ese pequeño gigante que nos gritoneaba cuando nos pasábamos de rudos con algún chiquitín durante el partido.

Benito era ni más ni menos que el fundador de una de esas iglesias nuevas que están inundando la ciudad, con tipos muy blanquitos del tipo europeo haciéndole publicidad… y Benito…

(continuará…)

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