Sesentas

Conociéndolo, pero pensando que tal vez algo haría por hacer las cosas diferentes, Doña Elena volvió de las tortillas campante como si nada extraño hubiera pasado. Su pequeña canastita se balanceaba en su antebrazo mientras ella, discreta, miraba a su alrededor de reojo por si encontraba algún indicio de su marido. Algunos de sus amigos se atravezaron en su camino regreso a casa, pero no se inmutaron, como siempre, en saludar a Doña Elena cuando la veían.

Ellos estimaban a Julián, el joven campesino de cara aplastada que vivía al final de la calle Benito Juárez, menor de cinco hijos y eterno usuario de las sobras de cualquiera de las pertenencias de sus hermanos. Su cara morena ceniza contrastaba con lo rojo colorido del resto de su cuerpo. Siempre tenía un especial estilo para contar los chismes, haciendo parecer que no quería contarlos, o dándole al oyente la idea que es el único que se merece la noticia de primera mano.

Sus pies callosos dejaban clara su vida entera de usas huaraches de cuero, así como los brazos quemados por el sol y la espalda algo más clara.

Doña Elena recordó que Julián salió muy temprano de casa, a las siete treinta. Pero ahora no se despidió ni le abrazó antes de irse. Al contrario, se portó indiferente y distante, como si algo se le hubiera perdido y no recordara dónde encontrarlo.

Ella salió corriendo detrás de él y al cruzar la puerta no vio a nadie sobre la calle. Miró al otro lado y nadie cruzaba el puente del río ese que antes corría azul y ahora tan sólo arrastra el cochambre y la puerquedad de los nuevos pueblos de río arriba.

Julián siempre cruzaba el puente para llegar al camino que le lleva a su potrero. Es un puente con barandal rojo y suelo delgado que retumba hasta cuando los perros pasan por ahí. Y no, por ahí no se fué. Tampoco por el otro lado, camino al rastro, donde tiene que dar vuelta hacia la plaza, justo detrás de donde se encontraba la casa de campaña del actual presidente municipal, y que ahora se empeñaba en convertir en un casino o en un congal de esos donde bailan muchachas desnudas y sirven bebidas adulteradas a precios de insulto.

Y no, tampoco se fue por ahí. Doscientos metros no se recorren en menos de dos segundos. La casa de Don Rubén, que heredaron de él cuando falleció, se encontraba al final de la calle y solo tenía dos salidas, por la misma calle Benito Juárez o caminando por la terracería hasta el rastro, por un costado del río.

Sí, esa era la única opción, Julián pudo haber caminado por un lado del puente hasta bajar al río y caminar río arriba rumbo a Nocupétaro, otro pueblo cercano. O bien pudo tomar por el costado de la casa y bajar directamente al río por la vereda y seguir río abajo, donde en muchos kilómetros (y días de caminar) podría llegar a Huetamo, ese pueblo que competía con Carácuaro por ser la cuna de la independencia, aunque fuera su único consuelo ficticio de generar orgullo por esas calurosas tierras.

Elena decidió entonces ir por las tortillas. Ya había ido a la misa diaria de las 6 de la mañana. Salió a las 7 y en el camino compró pan en la tienda de Doña Oralia, recién salido del horno y separado cautelosamente para que la comadrita tuviera los mejores panes de la canasta. Se detuvo unos minutos a preguntarle a Doña Seferina como creía que estaría el clima ese día, pues su tino para predecir el clima era famoso en todo el pueblo.

Ya en la casa miró rápido hasta el cuarto, Julián se amarraba sus botas para ir a trabajar al monte; casi siempre las usaba cuando sabía que sería una jornada pesada y tendría que atravezar lugares difíciles que sin botas no podría. Su camisola café raída calló sobre sus hombros y entonces se levantó, carraspeando un poco antes de escupir sonoramente hacia afuera del cuarto.

Ya había hecho eso muchos años antes, cuarenta y ocho para ser exactos. Ese día, sin recordarlo, se cumplían cincuenta años desde la primera vez que Elena hubiera visto a Julián escupir sonoramente.

Ella se siguió caminando hacia la cocina, al fondo del pasillo que da a la izquierda, y prendió la estufa. No recordaba cuántas veces había prendido esa estufa antes, pero sus dedos ya viejos, habían dejado partes lisas y gastadas sobre la estufa de metal después de muchas décadas de uso. Colocó un pocillo sobre la flama azul y vertió agua en él, luego algunas barras de chocolate amargo que hacía Simón, el dueño de la tienda en la colina, quien lo heredó de su padre no sin antes aprender todas las artes de quien vende sólo lo que puede fabricar.

Y fué entonces cuando vió a Julián levantado, ahí, arriba del segundo escalón, recargando sus brazos en el bajo techo de la cocina, ensamblado con palos y tejas de hace más de un cuarto de siglo. Miraba hacia el corral, donde uno de los caballos ya bufaba y coría un poco para zafarse del frío matutino.

La miró y ella volteó.

– Ya me voy … –
– Que te vaya bien, no quieres un chocola…?-

Y cuando volvió a mirar él ya no estaba.

Pasaron los minutos y ella regresó con la canasta de tortillas en la mano. Siempre era mejor comprarlas justo antes de desayunar para que estuvieran calientitas, pero ahora Julián no estaba y a ella ni le importaba que las tortillas estuvieran calientes pues no las comía.

Así que se sentó a desayunar hasta acabarse el último bocado del plato.

Todo el día transcurrión normal. Hizo las cosas que tenía que hacer, las otras que le gustaba mucho hacer, y algunas de las que no le gusta nada hacer. Descansó en la hamaca, miró hacia el monte, sintió la brisa pasar entre los árboles, entre sus cabello canoso y entre los dedos de sus pies. Los miró detenidamente, el tiempo los había convertido en unos pies arrugados, venosos, deformes. Recordó que Julián ya se había escapado, con sus botas puestas, con su camisola café y la mirada distante, y siempre había regresado.

Ésta vez no solo regresó. Trajo consigo un bulto enorme dentro de un costal de mecate que dejó cerca de la puerta. Se sentó en su silla a quitarse las botas, justo cuando el sol deja paso a una tarde gris que pronto se convierte en noche.

Elena caminó el pasillo descalsa, y dobló hacia la puerta de salida. Ahí estaba él con su camisola desabotonada, las botas a un costado de la silla con los calcetines a medio guardar y los huaraches debajo de sus pies haciéndola de aislante contra el suelo frío. Ahí estaba ella, recargada en una esquina del pasillo, descalsa, con su vestido gris con detalles en blanco, el cabello suelto y el viento en los ojos.

– Vieja, conocí a una gran persona. Le ayudé a cargar todo un camión completo de calabazas, mira…-

Movió un poco el costal y éste dejó ver una calabaza enorme.

– me escogió la mejorcita y además me dió cien pesos.-

– Que bueno mi viejo. ¿Quieres cenar?-

-¡Aah claro que sí!-

– Si quieres dame la calabaza, mañana veremos que se nos ocurre hacer con ella-

La tomó del brazo y se fueron caminando despacio hacia la cocina, descalsos, ancianos, cansados, hambrientos, pero sobre todo, con la idea que ese día, como otros pocos antes, las cosas cambiaron tantito sólo para darle un respiro a sus tranquilas vidas.


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