Sereno

El otro día te soñé sin recordar que estaba soñando.

Completa, entera, limpia y neutral, te percibía sin saber realmente si tu me percibías a mí.

Simplemente te observé mirarte en el espejo, desnuda y con cicatrices, con los pies fríos y la mirada dormida, interna, no soñadora sino aletargada, cansada, poseída por esa levedad del vacío que poco hace por motivarnos a salir de la penumbra.

Tus manos se entrelazaban frente a tu cadera, y tus cabellos, ahora largos, cubrían fríamente tu espalda.

Te admiré largo rato. Sentía tu respirar y tu corazón cada vez más agitado, más abandonado, más vacío y egoísta.

Me acerqué a tí, pero no te toqué. Sin pensarlo acerqué mi cara a tu oído y suspiré “no te preocupes… todo estará bien…” y parpadeaste.

Y me miraste en el reflejo del espejo mientras una pequeña lágrima se desintegraba en tu mejilla. Pero no me mirabas, solo pensabas en el infinito y en mí. En la eternidad y tu falta de fuerza para esperar el final, para aceptar el hueco, para retratar a la soledad sin sentirte desolada, para recordar que yo ya no estaba.

Creo que nunca desperté de ese sueño…

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