Chamagosos y chamagosos cool

El otro día estaba leyendo un post de un blog de un wey que se roba las lechitas que te dan para tu café en el vips para usarlas en su té de yerbabuena (que no es hierbabuena?) y me acordé de un chingo de cosas que me han pasado en restoranes así fresones y lugares fresones donde va uno a comer.

Un día, en uno de esos viajes de la escuela en que todos están que se comen las manos de ansiedad por ir a bobear en los aparadores de un centro comercial de esos enormes donde los ricos van y se surten de pendejadas, terminamos en Plaza Santa Fé. Los más jodidos pos nos fuimos a comer a uno de esos negocios donde venden comida cara, chafa y escasa, no como los que llevaban dinero que terminaron comiendo en lugares carísimos, medio ricos, y escasos.

Comí unos escasamente ricos maquis, acompañados con una deuda en mi tarjeta y un hoyo en mi estómago, al igual que mis otros compañeros pobres. Después de la “comilona” nos sentamos en una banca cerca del áre de comida a reposar la comida, justo como siempre lo hacíamos después de una buena torta con refresco, pero ahora sin la panza llena y el corazón en descontento.

Nuestras ropas grisáceas contrastaban con lo colorido de los vestidos de las muchachonas que en verano iban a hacer su shopping en minifalda, al igual que con la ropa de los muchchones, que con sus camisas rosa puñetero y sus pantalones pegados a las nalgas namás nos hacían sentir cada vez más pobres, incultos, sin estilo y además feos.

Y así estábamos admirando la belleza que caminaba frente a nosotros, cuando una figura gorda y chaparra se nos atravesó, vestida de azul, con una gorrita debajo de un brazo y con un garrote negro con mango en el otro (acá les dicen macanas).

– “A ver pinche bola de vagos ya les he dicho que no vengan acá a echar moscas!”

– he! pérese señito si nosotros acá venimos a comer y des…

– Ni madres dije! órale jálenle pa afuera!

Y que nos corre a la chingada ¬¬

Como se ve que como te ven te tratan.

Pos ya después decidimos ir a comprar discos con nuestra ya decadente cartera, pero entramos por otro lado al lugar, justo por donde está una tienda muy fresa donde venden muchas cosas, como revistas, cds, ropa y hasta hacen de comer. A la mitad de la zona de revistas estaba un vagabundo enorme, peludo, más mugroso que el asiento de chofer de transporte público, descalso y con unas rastas de mugre que se le escurrían por la espalda y por la barba.

Sorprendido me le acerqué discretamente y me puse a simular leer a su lado.

Sostenía una revista de arquitectura y diseño y la veía detenidamente mientras se acariciaba la grasosa barba.

Cuando me acerco lo suficiente como para detenerme en el límite exterior de su campo de fuerza apestoso, levanta una ceja y me mira con ojos despectivos  para después bufar moviendo sus bigotes, como cuando un gorila ahuyenta a algún coterráneo intruso en su espacio vital.

– “Señorrr… le vamos a pedir que—”

Empezó la frase uno de los monitos uniformados esos que te atienden cuando pareces perdido.

– Me llevo esta revista por favor.

Dijo el vagabundo en un español algo fingido de amabilidad, mientras blandía un billete nuevo de cincuenta pesos. El monito abrió caja y le envolvió la revista en una de esas bolsas rosas de plástico donde te dan tus compras.

Ví al vagabundo caminar tranquilo hacia afuera de la tienda, mientras abría la bolsita para seguir hojeando su revistota de cuarenta y cinco pesotes mientras se rascaba los pies sentado en la acera.

Que chingón ¿no?

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