Lo que no se dice

Hola hola queridos animalitos de la creación. Es para mí un honor estar de vuelta en forma de letras dentro de su cabecita imaginativa, creativa y llena de neuronas sin utilizar (como en mi caso). Ahora es un tiempo un tanto raro pues se me han presentado unos flashbacks bien cabrones últimamente, casi todos detonados por la catarsis que me provoca la fecha cercana del aniversario de la muerte de mi padre, que fue hace dos años (wow ahora mismo me doy cuenta que tengo un poco más de dos años escribiendo en este blog).

En fin. Resulta que me estaba acordando de la primaria, la pequeña escuelita donde terminé estudiando los años que me restaban por terminar la primaria, después de una infancia llena de mudanzas y la falta de mi madre por las dificultades que le provocó el nacimiento problemático de mi problemático hermano, aunque ahora es todo un pan con nata el muchacho.

Recordé sin querer todos los problemas que tuve en esa horrenda escuela donde “el mejor maestro” era un hijo de puta que le decía gordas a mis compañeras e imbéciles o inútiles a mí y a mis compañeros. Era como la antítesis del bonachón gordito bigotón, pues este era un cabrón flaco de ojos saltones y peinado de “dumb and dumber” (el que hace Jim Carrey).

Este cabrón nos pedía rollos de papel para el baño, dos al mes, para que nosotros tuviéramos con qué limpiarnos la cola después de ir al trono, pero da la casualidad que ni siquiera nos dejaba ir al baño. Es más, un día tuve que convertir la manga de mi suéter en receptor de mocos porque el hijo de la chingada no me quiso dar dos cuadritos de los rollos de papel que llevé, para sonarme la nariz. Además de eso, a mi mamá de le ocurrió ir a comprarme de ese papel de baño que lo hacen con billetes de dolar, por lo pinche caro que está, huele bonito y se siente bonito, pero nunca lo sentí ni lo olí porque mi mamá lo compró namás para eso, para llevarlo a la escuela y que no vieran que éramos unos rotos jodidos que sólo comprábamos papel de lija para limpiarnos el culo, porque solo para eso nos alcanzaba ¬¬ .

Ese profe nos empezó a enseñar de las peores actitudes que se le pueden enseñar a un niño de poca edad, como tirarle mierda a todo lo que se nos atraviese, bueno en sentido figurado. También estaba chido agarrar a las pequeñas mujercitas del salón a comprarle refrescos o panquecitos con gotas de chocolate, haciéndonos misóginos desde los diez años.

Otra cosa que no estaba chida, ni mucho menos divertida, era que se la pasaba tirándole la onda a la maestra de educación física. Era todo un Don Juan frustrado, aunque el tipo ni tuviera hijos o esposa, a sus ya casi cincuenta años y sus calva que solía envolver con cabello crecido de un lado como si fuera queso oaxaca, no cejaba en el intento por llevarse a su “rinconcito del amor” (como alguna vez lo escuché referirse a su viejo volkswagen) a la maestra de educación física, que lo único bueno que tenía eran sus lentes de marca y unos enormes chamorros/pantorrillas que hubieran podido noquear a cualquier distraído piropeador en movimiento.

Lo único bueno que tenía el zoquete ese es que a veces, muy pocas de verdad, nos metía a concursar por cosas buenas que a un niño de diez años no se le hacen tan buenas; un día se le ocurrió hacer un concurso de inteligencia espontánea y ofrecer como premio un libro guía de matemáticas para ingreso a secundaria. Esa vez me la discutí explicando en qué se parecían las fórmulas y el proceso para sacar el área de un círculo y de un octágono (por ejemplo) de una forma coherente y sencilla… me gané el chingado libro pero al levantarme a recogerlo no dejó pasar la oportunidad de decir en voz alta “apláudanle a su compañerito el cerebrito que por fin sacó un buen chiripazo para hacer algo bien”, y en lugar de aplausos recibí risas y manotazos en la nuca camino de regreso a mi mesabanco.

Crecí con mucho resentimiento a ese maestro chaparro que se peinaba como bola de queso para derretir, pero saliendo de la secundaria me olvidé de él.

—–

Más de doce años después de eso, ya en la universidad, estudiando una ingeniería, salí con mi mochilota y mis delgados tenis a perseguir el camión que ya se iba. No lo alcancé y quedé envuelto en una buena nube de humo negro que me hacía cerrar los ojos.

Regresé al parabús y me senté. Mis audífonos me distraían graciosamente con la música que cargaba en mi viejo discman que en ocasiones me animaba con cumbias. A mi lado se sentó una fina figura oscura. Un pequeñísimo hombre, delgado, con la cara llena de cicatrices de un pasado lleno de acné, una delgada mata de cabello que salía desde la nuca y se enroscaba en las orejas, lentes gruesos y un portafolios con un rótulo de una aseguradora todo raído e incompleto.

De inmediato supe quién era… me levanté y lo miré a los ojos, esperando adivinara en mi dispareja barba, mis desgarbadas vestimentas y mi larga y descuidada cabellera, algún rastro de un niño de 10 años que se quedó esperando una disculpa, pero también algunas palabras de admiración.

Pero no… me miró. Sus ojos eran cavernosos, saltones pero cavernosos, vacíos, membranosos y cansados, tristes…

– Disculpe, no es usted el maestro José Trinidad?- Le dije nervioso

Bajó la mirada e hizo una mueca que yo recordaba, aunque le provocó más arrugas que antes.

– Sip … nos vemos –

Y se levantó pesadamente y caminó por la angosta banqueta, con su pequeña gabardina, abrazando su portafolios hasta que el frío del horizonte lo convirtió en un punto y luego en nada.

Tomé mis audífonos y los coloqué de nuevo sobre mis frías orejas… y en la mente, bailé una cumbia abrazado de un libro blanco con verde que decía “Guía de Matemáticas para ingreso a Secundaria”… gracias a ese concurso pude sufrir menos con los números y eso me cambió la vida… creo que finalmente el que había quedado a deber era yo.

Gracias por el libro profe.


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