Eunice

EL INICIO

Sin saber quien era ni a que se dedicaba, me la presentaron. Me la presentó mi novia y yo la saludé de mano, de beso y abrazo. No sabía que las misioneras no tienen permitido mucho contacto físico con nadie, mucho menos con un hombre joven y hormonal, como yo a mis diecinueve años.

Coincidimos los tres con nuestra incontrolable necesidad de religión, en unas pláticas y en la iglesia donde nos daban un curso sobre la biblia.

Esa chaparrita de ojos pequeños y tez fina y suave me tenía loco. La hubiera acompañado al fin del mundo, pero en vez de eso la acompañé a las pláticas del catecismo católico. Así es el noviazgo.

Ahí, la misionera entabló buena amistad con nosotros, aunque buscaba más mi presencia para cantar en misa o para convencer (con mi don de gentes y de palabra) a algunos rudos chicos del barrio, de ir a cooperar con la kermesse de la iglesia, comprando desde gelatinas hasta enchiladas, por la buena causa de la construcción del nuevo templo de “Nuestro Señor del Sagrado Corazón”. Mi guitarra se dividía en cantarle al señor que colgaba crucificado en una pared, y a mi hermosura de novia de tez suave. De ratos me hacía sentir como el hombre más afortunado del mundo, aunque gustaba de celarme con los pequeñines que iban a las pláticas, pero nunca lograba hacerme enojar y más se incrementaba mi fascinación por ella.

PORQUE PASA ESTO?

La misionera nos seguía a todos lados y la verdad a mi ni me molestaba, pero a mi novia se le hacía una exageración tener que andar haciendo ese tipo de cosas religiosas todo el tiempo, así que opté por alejarme un poco y hacer mis cosas religiosas por mi cuenta.

Sin querer, el camino se estaba poniendo escabroso con mi novia, yo era su patán en turno (pues estaba en una etapa en la que andaba con puros patanes) aunque yo no sabía de patanería, pero tampoco sabía como tratar a una mujer ni nada, por eso era todo un patán como el que más. Un día, después de haber salido a caminar de forma tranquila, llegamos a su casa y nos pusimos a platicar. Ella estaba muy intranquila y la verdad yo no sabía hacer otra cosa más que intentar contarle chistes.

Y no… no funcionó, simplemente me dijo que me prendía la “luz amarilla” y que me decía qué es lo que iba a hacer hasta el lunes, su primer día de clases en la facultad de medicina. Estuve todo el pinche fin de semana devanándome los sesos por saber lo que todo eso significaba, pero ya temía sin querer que lo peor venía. Me iba a cortar y yo estaba vuelto loco.

Esa noche, corriendo, llegué al templo donde Eunice todavía estaba, barriendo alguno de los salones en los que daba las pláticas. Había dejado su mochilita sobre una mesa y a un lado en un pequeño estuche su biblia.

Yo me acerqué tranquilo, aunque algo desorientado por la poca luz, y la tomé de un hombro. Ella se volteó espantada casi a punto de gritar y me eché para atrás… pero inmediatamente se tranquilizó al verme. Yo estaba muy preocupado y no sabía si decirle lo que pasaba con mi queridísima novia de tez suave y manos finas pero rudas.

Eunice bajó la escoba y se sentó a mi lado en una de esas sillitas plegables. Tranquilo, todo va a estar bien, vas a ver que pronto descubrirás que las cosas son más sencillas – me dijo para serenarme. Me tomó una mano con las suyas todas gorditas y suaves. Anda Alfre, ve a tu casa y descansa, déjala pensar y verás que todo sale bien, me dijo haciendo una mueca al final de la frase, levantado los ojos cafés que tenía.

Me despedí de un abrazo, para entonces los abrazos ya eran comunes entre nosotros, y me fui caminando a casa más tranquilo.

Pero no… el lunes en la noche, con el pretexto de tener que dedicarle mucha concentrción a su carrera de medicina, me cortó esa señorita, de forma poco tierna y la verdad nada discreta. Regresé a casa a llenar de llanto las almohadas, a lamentarme de mi estúpida suerte y a querer descubrir en dónde estuvo mi error.

LA SORPRESA

Pasaron los años y crecí un poco más. Creo que más bien maduré un chingo, ya había pasado por muchas cosas y sin querer ya no me permitía sufrir tanto por pendejadas.

Un día tocaron a la puerta y abrí. Era Eunice, toda radiante, chaprrita como sólo ella, sin nada en ls manos o colgando de lo shombros, y con unos sencillos y cómodos zapatos de tacón bajo.

La invité a pasar y nos sentamos en la sala. Platicamos de todo, de la foto familiar que teníamos en la sala, de los perritos de mi mamá, de los difíciles ires y venires universitarios, de la muerte y de la vida, del amor. Al llegar a ese tema ell hizo un mueca. Fue entonces cuando noté sus labios, bonitos y carnosos, ahora presumían de un brillo inusual que me gustaba. Levantó la mirada y pude ver sus ojos, enmarcados por sus mejillas morenas, ahora corondos por una nube azul discreta de maquillaje. Me levanté rápidamente y prendí la luz para eliminar un poco la penumbra y entonces ví.

Eunice ahora era toda una señorita, guapa y sencilla, poco maquillada y con muchas de las poses aprendidas de las misiones, pero con un nuevo aire informal.

“Alfre… ya no soy misionera, he dejado los votos y me ahora me preocupo más de mí. Llevaba mucho tiempo lastimada de la espalda por andar tanto tiempo cargando cosas y caminando para todos lados, que la gracia de Dios no me hubiera podido ayudar en nada”

Asentí incrédulamente…

Seguimos platicando sobre los motivos de su abandono a las misiones, pero el tema se fue desviando hacia mis amores pasados, recientes y actuales, los cuales se resumian a una sola palabra “nulos”. Ella pareció sorprenderse pero luego siguió por otro lado.

-Vamos… te llevo a tu casa, o más bien… donde te estás quedando? – En la casa de la señora que me daba alojo hace años – ya se por donde, partimos? – vámonos.

En el camino, avergonzada y discreta, me fué contando sobre sus verdaderos motivos para dejar los votos… yo. Quería ver si el viaje desde el otro lado del país valía la pena para, con la gracia de Dios (viejas costumbres vaya), pudiera yo corresponderle sin tapujos y con alegría. No lo podía creer. De verdad no lo podía creer.

Detuve la pick up donde la llevaba justo frente a la casa del señor. La apagué y suspiré profundamente.

Al mirarla se me aflojó el corazón y no pue más que balbucear una disculpa y puras incoherencias, pero un momento después me armé de valor y lo solté – …mm … me halagas, de verdad, me siento honrado de ser quien haya provocado semejante barbaridad, pero creo que era algo que ya querías hacer con o sin pretexto, por otro lado, no sabría como corresponderte; quisiera, pero no puedo, no está en mi y es difícil cambiar de parecer de la noche a la mañana, sobre lo que se piensa de una persona-

Me quedé callado. Su pelo recogido en una cola de caballo se fundía con el color de su morena piel. Brillante y limpia, se contraía cada vez que pasaba algo de saliba. Sus regordetas manos pasaban por los cotados de las orejas de vez en cuando para luego regresar a su regazo, mientras meditaba su siguiente frase.

LA DESPEDIDA

No la dejé pronunciar palabra. Me bajé de la camioneta y le dí la vuelta para abrirle la puerta.

Al abrirle se me estrujó el corazón, levantó sus ojos de nuevo, contra mí, toda la artillería se concntraba en esa tierna mirada avergonzada y sincera. No podía estas más apenado, pero tampoco podía evitar sentirme afortunado, aunque deudor de una sierva para “el señor”.

Le tomé de una mano para ayudarla a bajar de mi pick up que estaba altísima, pero pisó mal el estribo y se fué directo contra mi frente, simulando un fallido beso torpe que termina en frentazo mútuo y se escucha a varios metros de distancia.

– Aaaaaauuuuchh! – gritamos los dos mientras nos sobábamos la frente. Jejeje me dió mucha risa y entre la risa y el dolor, la abracé. Y se nos olvidó todo… y la noche dejó sonar las cigarras y los grillos, y los coches enmudecieron y solo el viento inquietaba nuestras ropas.

Delicadamente se estiró para tocar sus labios con los míos… así, un pequeño roce, sin más, hasta que recibí de golpe su aliento fresco que me dejó impávido.

Se alejó y me miró de nuevo. Como todas las veces que nos despedíamos, después del abrazo me tendió la mano. Con mis manazas, le estreché su manita regordeta, que luego se convirtió en dos pares de manos estrechándose, que luego se convirtió en un largo abrazo…

– Cuídate y pórtate bien – escuché antes de ver su cabello recogido lanzarse hacia adentro de la casa para después verla puerta cerrarse.

Subí a mi pick up y la encendí. No emprendí el viaje de regreso porque todavía seguía viajando.

No la he vuelto a ver en toda la vida…

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