Fobias

En la casa de mis abuelos paternos siempre hubo macetas que alojaban helechos enormes, y las pinches macetas me sacaban un pedo porque tenían pintados dragones chinos, de esos bigotones y de ojos como de asesino. Era un pinche suplicio salir del cuarto en la noche, pues el pasillo hacia la cocina se sumía en una profunda oscuridad aderezada con los ruidos de animales del campo y uno que otro pinche burro imprudente rebuznando en la lejanía del barranco que rebotaba sus sonidos por todo el cauce del río enmarcado entre cerros.

Como niño pequeño, pues no alcanzaba a prender la luz hasta que llegara a la cocina, mi imaginación volaba haciendo salir de sus macetas a esos pinches dragones ojones pa que me mordieran los tobillos o las nalgas, así que pasaba corriendo a toda velocidad con mis pies descalzos hasta la cocina y tardaba unos segundos en encontrar el apagador antes de que empezara yo a resoplar de miedo y una mano peluda me tomara de la cara y me llevara hasta el infinito oscuro y malosote, o al menos eso creía yo.

Tambien tenía miedo de buscar cualquier cosa debajo de la cama, a tal grado que nunca barría ahí y después de un tiempo me obligaron a hacerlo, saqué tanta basura y pelusas que  luego descubrí que por el asma que tenía, valía la pena dejarme de pendejadas y barrer abajo de mi cama.

Cuando era adolescente mis miedos eran un poco más pendejos (si se puede decir eso), así que me devanaba los sesos pensando que algúna vez me iba a ir a la escuela como sucedía en mis pesadillas: en calzones, sin pantalones, en chancletas, pero eso sí con el sueter, la corbata y la mochila.

Estaba cabrón, porque seguido me pasaba que soñaba que ya me despertaba y desayunaba y todo el pedo y me iba a la escuela, y entonces, hasta que estábamos en el acto cívico donde se canta el himno nacional  y se hacen honores a la bandera, me daba cuenta que traía puestos mis chones azulitos y calcetines, y nada más… uu que miedo me daba me cai de madres.

También llegué a tener miedo a llegar tarde y que me pusieran a la mitad de la escuela y me escupieran todos desde el segundo piso… pero ese namás era un temor infundado por otra pesadilla sobre escupitajos, pero con el tiempo se me fue desvaneciendo cuando descubrí que mis intereses (y mis hormonas) cambiaban conforme avanzaba el año escolar.

Ya en la prepa solo tenía miedo a pasar por afuera de la casa de la señora que estaba loquita y que me gritaba y a veces me aventaba lo que fuera que estuviera comiendo en ese momento. Varios días, por andar distraído pensando babosadas llego a aventarme desde duraznos en almibar hasta pay o incluso empanada de atún. Lo peor era cuando la pescaba comiendo avena, de la que sin empacho y sin dudar me lanzaba una o dos cucharadas no sin acompañarlo con un regaño de esos de “que no les digo que no me estén pisando los rosales!!” cuando ya la pobre solo se sentaba en el marco de la puerta que daba a una selva de concreto hirviendo sin más.

También me dio miedo terminar mi ancianidad coom esa viejecilla que desperdiciaba delicias culinarias en lanzarlas hacia un adolescente nervioso que pasaba de vez en cuando frente a su casa.

Ya más viejo, seme ocurrió empezar a tenerle miedo al fracaso… pero varios golpes de la vida después, descubrí que la verdad el miedo al fracaso es una mamada.

Algunos años después se empezaron a estrellar aviones contra los edificios, se caian los helicópteros, se peleaban los políticos a golpes frente a las cámaras, los ciudadanos se manifestaban y os policís iban y los golpeaban; luego la gente empezó a sentir miedo de sí misma, luego cualquiera puede ser un terrorista potencial, luego vinieron las pandemias artificialmente infladas por los medios de comunicación, y entonces la gente tuvo más miedo de sí misma, se alejaban unos de otros y evitaban saludarse de beso y no tenían empacho en pagar una pequeña fortuna por una vacuna inútil que solo servía para tener el brazo picoteado toda una tarde; luego vino un pinche gordo mórbidamente obeso a decirnos que los nuevos impuestos que nos iban a imponer no serían más que un pequeño piquetito a la economía familiar, pero la gasolina se puso bien pinche cara y la calidad de vida de la gente bajó; y ahora todo mundo anda alterado y nervioso; negocios quebraron, a nadie le alcanza el dinero para lo mismo de hace 10 o 20 o 30 años y resulta que todos tenemos la culpa porque hace mucho calor y nadie deja de usar su coche o de prender la televisión para recibir su codiciada lobotomía a domicilio en pantalla plana.

… y entonces recordé los días en que sólo tenía miedo a la oscuridad, algo san sencillo que se curaba prendiendo la luz… algo tan idiota que suena hasta absurdo si se compara con la preocupación por pagar el nuevo impuesto agregado a todos los bienes y servicios y…

Que mamada…

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