Kick a Poo

Pues si, ahora nos tocó un viaje mal planeado y correteado, pero curioso de por si.

Un colega del trabajo nos habia insinuado un viaje algún día hacia “Cuatro Ciénegas”, en el estado de Coahuila, así que pues ya teníamos la idea de viajar y pos bueno. Pero dos o tres días antes al commpadre este (ya que nos habiamos apuntado varios en la oficina) se le ocurrió ir a visitar a unos descendientes de los pieles rojas americanos que también habitan parte del norte de ese mismo estado y se pasean entre estados de USA, México y Canadá.

No sabíamos exactamente como llegar, pero ya contábamos con varias cámaras de fotos, de video, dos computadoras, un control de Wii, un proyector, una planta generadora de luz que utiliza gasolina, dos camionetas y ningún mapa.

Aún así, partimos rumbo a Moclova, Coahuila, una ciudad de buen tamaño en la que el calor sofoca, pero todos los negocios acostumbran poner el aire acondicionado a todo lo que da. Antes de salir de Monclova pasamos a una tienda de electrónicos y papelería a hacer unas compras (mapas, refrescos y uno que otro objeto inútil).

Un estuche de aromaterapia, dos lápices, un paquete de refrescos, otro de chicles, un mapa de Coahuila y varios litros de Gatorade después, salimos de la tienda esa frescos, al calor, para seguir con nuestro viaje.

Al entrar a Sabina, un pequeño pueblo cerca de nuestro destino (municipio de Musquiz), descubrimos que casi por el centro de la población pasa un río, el cual cuando llega la temporada de sequía, permite el paso de los coches por una presa antigua que lo contenía, y que ahora permanece inhundada parcialmente y sirve como pequeño muelle donde los bañistas disfrutan del fresco del agua que nace en la sierra.

Al llegar al pequeño pueblo donde nos ibamos a hospedar, decidimos seguir hasta la comunidad donde habitan los Kikapoo porque ya ibamos muy tarde y nuestro contacto ya llevaba horas esperándonos.

Las indicaciones para llegar eran algo así como “sigue por ahi hasta que se acabe la carretera y empiece la terracería, sigue hasta el fonto hasta que topes”… y así hicimos. Incluso en una parte del camino nos topamos con un montón de fulanos arremolinados alrededor de la tina de una pick up viendo unos bultos escondidos debajo de la tapa, cuando pasamos por ahi, bajaron la tapa ytodos levantaron sus cabezas con pañoletas, aretes, cabello lardo y tatuajes de lágrimas en sus mejillas. Nos miraron fijamente hasta que ya ibamos algo lejos, para finalmente perdernos y no saber el desenlace de esos bultos.

Camionetotas nos rebasaban de vez en cuando, levantando una espesa polvadera que no nos dejaba ver, el calor iba arreciando y el aire acondicionado de mi pickup apenas compensaba con una brisna friolenta, los otros compañeros de la otra pickup no tenían acondicionado, así que mejor evité quejarme mucho.

Al llegar, encontramos un corral con una gran cantidad de maquinaria para agricultura, empacadoras, tractores y así. Mientras buscábamos al jefe o a nuestro contacto, veíamos pasar enormes camionetas pick up, todas con placas de circulación estadounidense, todas con unas llantotas y todas con los vidrios cerrados y polarizados.

Sin saber como, nos acercamos a donde estaba reunido un grupo de gente, alguna señora nos invitó a comer de lo que preparaban, y así fue que entramos a saludar a todos y todas, que nos recibían con una sonrisa y la invitación a servirnos cuanto quisiéramos. Y les tomamos la palabra.

Un delicioso cortadillo de res, frijoles calduditos refritos, papa frita de verdad y hasta buñuelos salados fueron bienvenidos en nuestros hambrientos estómagos.

Cuando reposábamos la comida se nos acercó una de las ancianas, la dueña de la casa anfitrión, y empezó a bombardearnos con preguntas, platicarnos sobre como viven los Kikapoo y finalmente bromear sobre la procedencia de cada uno de nosotros, pues eramos 4 mexicanos, un español y un ecuatoriano.

Llegaron a tal punto las bromas que en todo el lugar solo se escuchaban nuestras risas, hasta que un tipo enorme, con lentes oscuros y fuerte actitud llegó a callarnos porque estaban meditando y nosotros rompíamos con la armonía del silencio que necesitaban para pensaar.

Así que nos callamos… a partir de ese momento empezamos a sentirnos despreciados. La señora se despidió con una advertencia “acá yo soy la única que puede no seguir las reglas, pero la única con la que van a poder platicar”. Y tenía razón. Cuando llegó el jefe de la tribu, tremendo flaco moreno y de pelo largo, vestido al muy puro estilo de los pieles rojas contemporáneos, nos dió la espalda y no nos quedo más que retirarnos con la cola entre las patas.

Todo un día perdido para querer conocer a los Kikapoo, y solo pudimos tener esa plática (aunque valiosa) con esa señora que siempre ha servido como agente de relaciones públicas para su comunidad. Nos fuimos a cenar y terminamos en un hotel muy feo con apariencia de bonito. No había papel de baño, ni control remoto y tampoco podíamos quedarnos con una llave hasta que terminara nuestra estancia. Así que teníamos que pedir a un mozo que fuera a abrirnos ( ¬¬ que hueva! ).

Por cierto, en el camino al hotel entramos a un panteón a tomar fotos, pero un borrachito nos interceptó ofreciéndonos un tour para fotografiar fantasmas en un túnel que pasa debajo del panteón donde se aparece una niña y no se que leches más. Lo dimos por loco y mejor nos fuimos, no sin sacar unas fotos antes.

Al otro día, ya de regreso a Sabina, conocimos a un local que gusta de lanzarse del puente por donde solo pasa el tren, y caer en el río como todo un clavadista de esos de la “quebrada” en Acapulco.

Tomamos fotos y video del brinco (ahi luego se las pongo) y le regalamos una foto de él mismo, como ángel, en el aire. Creo que le gustó, pero estaba más preocupado por conseguir dinero para los pañales de su hijo de tres meses que por recibir una foto, así que también le ayudamos con el respectivo.

El regreso, algo accidentado debido a una descompostura de uno de los vehículos que traíamos, terminó tranquilo en nuestro destino final lleno de tacos de mariscos y refrescos, en lo templado de las noches saltillenses, adornado con un juego de baseball en la TV donde ganaron los Saraperos de Saltillo a los del equipo de Quintana Roo. Toda una aventura. Ya les mostraré el video y verán a lo que me refiero.

Abachos!!


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