Tics

Cuando era un chavito inútil, flacucho, débil y de gran carisma (no como ahora que soy como grinch pero panzón y peludo) me encantaba salir de vacaciones en verano. Pasaba a veces las vacaciones en casa de mis abuelos citadinos, o a veces en casa de mis abuelos del rancho. Los cuatro totalmente diferentes unos de otros y cada uno con valiosos consejos (ya algunos obsoletos) pero todos de cariño.

Mi abuela materna tenía un modo raro de criar chamacos. De pronto le salían cosas por hacer y se los encargaba a la primera señora que se atravesara frente a la casa. Así que la vecina de enfrente se la pasaba cuidándonos a mi y a mi carnalito, que por cierto me caía muy bien cuando estábamos de vacaciones.

La señora en cuestión, doña Mary (parece cliché pero me cai de madres que así le llamábamos) se pasaba los días queriendo arreglar su desordenada casa, pero la inquietud de sus hijos (uno de nuestra edad y otro ya mucho más grande) hacía que el remolino de destrucción que hacían, se extendiera hasta el patio y si se podía hasta la banqueta.

Recuerdo que siempre que llegábamos a casa de doña Mary, estaba por empezar la serie de “Batman y Robin” super requete frito originario de los 60’s donde el batimóvil tenía la espectacular característica de sacar lumbre por la cola.

No me acuerdo la neta si nosotros dábamos lata, porque todos mis recuerdos de esos años de mi infancia se reducen a capítulos de esa serie y a sus constantes onomatopeyas pendejas que no dejaban ver bien los guamazos de mentiras que se daban Batman y los criminales, que parecían bailarines chafas sacados de una obra de Brodway chafa y así.

Pero de lo que sí me acuerdo bien cabrón, es que doña Mary sufría un chingo con sus chamacos, creo que se la madreaba el marido, y aparte mi inconsciente abuela le encargaba a sus nietos que eran todos unos jijos de la jijurria. Y todavía la señora sacaba lana de lavar ajeno y algunas cosas así como que el marido le quitaba la lana pa irse a comprar más caguamas, y luego los hijos cuando crecieron (no mucho) empezaron a caguamiar sabroso, y pos ya no teníamos tema de conversación mi hermano y yo con esos fulanitos.

La señora, desde mucho tiempo antes, había desarrollado tics nerviosos bieeen cabrones. Cuando hablaba con alguien, parpadeaba constantemente, giraba la cabeza a la izquierda y hacía una mueca a la derecha. Se tocaba el cabello, pero apeeeenas lo tocaba, como acomodándose las greñas que se le salían de atrás de las orejas y la hacían lucir despeinada; se la pasaba enredándose un trapo en una mano y a veces iba y venía entre el patio, la cocina y la sala, sin motivo aparente, pues solo caminaba con la mirada abajo y se paseaba nerviosa por toda la casa.

Un día amaneció con un tremendo puñetazo marcado en un ojo y su tic de parpadeo se aminoró, en esos entonces se limitaba a intentar entrecerrar los dos ojos y mirar de ladit. Justo al otro lado que le dictaba su tic extraño. Le costó mucho trabajo, pero aprendió a reflejar ese tic de la cabeza hacia el otro lado.

Muchos años se me hizo raro ver a esa señora parpadear incontrolablemente cuando hablaba con cualquier persona. Ahora mismo me viene a la memoria cuando nos entrontraba en la calle y nos tomaba por la cabeza y nos repetía “a que bonitos nietos son los de doña Mencha” y cuando  lo decía nos miraba fijamente, con ojos aguados, sin parpadear.

Tiempo después, cuando crecimos, vimos una versión ya muy jodida de doña Mary, avejentada por el constante paso del tiempo, canosa y más flaca. Sus anchas caderas ya no eran tan anchas, y sus angelicales diablitos ya se habían convertido en unos reverendos hijos de la chingada. La única gracia que tenían era la de tocar el acordeón, pero doña Mary ya sabía que quince minutos después de sacar el acordeón para interpretar el último corrido norteño, empezaban a aparecer arrimados con una caguama en la mano y actitud fiestera banquetosa.

Esa banqueta se quedó impregnada con el olor y grasa de sus alcohólicas y huevonas nalgas y doña Mary sólo atinaba a encerrarse en su cuarto a ver novelas.

Hasta que pasó… quien sabe como, quien sabe hasta donde, pero sus hijos y su marido se fueron lejos. Algunos dicen que pal otro lado, otros dicen que residen hasta el fondo de una presa, hay quienes aforman haberlos visto encerrados en un asilo para gente que padece de sus facultades mentales.

Se le veía rosadita, delgada pero cada vez más repuesta, sus ojos, cafés y de pestaña pequeña, bailaban al ritmo de su nuevamente descubierta risa. Y así sigue. Algún día existió la noticia del regreso de los demonios a su casa, pero creo que sólo regresaron por el acordeón y entonces fué fuando vieron la marca de sus nalgas en la banqueta al frente de la casa. Y ahí siguen, recordándole a doña Mary que si vida va a ser sólamente como ella quiere que sea, y no más ni menos.

Feliz diez de mayo!! jojo

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