La secu 7

Por aquellos años en que no existía Internet (al menos no en nuestras mentes), los programas de televisión documentales eran más aburridos que ver a un diputado hablar, las caricaturas se reducían a una media docena de programas viejos re transmitidos ad infínitum y las computadoras no eran más que muebles cuasi obsoletos y extremadamente delicados a los que un niño como yo sólo podía acceder si era dentro del cuarto de sus papás. Además, no había ni Itunes, ni mp3 ni iPods ni teléfonos portátiles que pudieran tomar fotos, grabar video y mandar regalos virtuales… estábamos digamos en una posición donde sólo nuestra creatividad e imaginación (ja!) era el único límite.

Era yo un chamaco en la secundaria. Me inscribieron en la secu donde trabaja mi mamá y empecé una vertiginosa experiencia (que confieso, no ha terminado) para descrubrir el mundo exterior. Era el odiadiamente adorado hijo de la maestra y mi pegue con las chicas no dejaba nada que desear (pero a mi gusto hubiera deseado no tener tanto) y la vida me trataba bien.

Todos los días iba a mi clase de Tae Kwon Do, tenía excelentes calificaciones en la escuela, la chica que me hacía cachetear las banquetas me medio pelaba (que ya es un avance) y mis cuates cuates eran mis cuates cuates de verdad.

Ya estando en la secundaria me tocó experimentar con asuntos de faldas algo tarde, pero sin querer me fui haciendo de una reputación de “misterioso” e “interesante” por el simple hecho de ser muy tímido y preferir ponerme a tocar la guitarra en vez de salir a socializar con la sociedá.

Ya en tercero lo único que me preocupaba era que cierta chamacuela de nombre curioso me dejara ser su primer novio (pues nos estrenaríamos en eso los dos y la verdad me latía un chingo).

Pero había muchas más cosas que eso.

En mi secundaria se impuso la vigilancia de agentes de la policía municipal para cuidar las posibles entradas a la secundaria cuando había aquellas famosas tardeadas. En esos bailes de secundaria no sólo bailábamos “ingrata” de Café o “Suena mi esqueleto” de Las Víctimas del Doctor Cerebro. También los chicos portaban navajas, picahielos, pedazos de varilla y cuchillos improvisados con un pedazo de lámina de latón o aluminio y algo de mecate y cuero a modo de mango.

Un día, en una de esas tardeadas un cabroncito creído sacó una navaja para espantar a otro fulano igual de itdiota que él. Los dos traían navajas y los dos decidieron pelear por una chiquilla que no quería nada con ninguno de los dos por ser así de idiotas. Uno terminó con el cuero de la frente levantado ante la turba horrorizada por el brotadero de sangre. La fiesta reminó ahí.

En otra ocasión, otros dos idiotas, pero un año después. Uno de ellos portaba un revolver de apariencia genuina, pero que sólo disparaba misiles no mortales para el común de las personas. El otro traía una pequeña pistola con cargador y no dudó en usarla al aire. Los primeros dos disparos disiparon a toda la gente, que huía despavorida hacia la puerta principal, y que también sirvieron para hacer correr al otro idiota que cometió el descaro de sacar un revolver de postas.

Fué entonces cuando empezaron a colocar patrullas atascadas de agentes municipales a las afueras de la secundaria.

No estaban esa tarde lluviosa, después de ensayar una poesía coral. Y Mary y Gris aprovecharon para partirse la cara entre ellas por los favores amorosos del famoso “Nexa”, conocico cholo y jefe de pandilla en toda la ciudad y el bajo mundillo de los rebeldes con causa inventada. Pasó Gerardo corriendo y nos dijo emocionado “se están peleando allá abajo!!” y más tardamos en entenderlo que en empezar a correr detrás de él.

Gris estaba debajo de Mary, siendo golpeada casi impunemente en el estómago y en la cara, tendidas sobre la tierra que pronto se convertiría en lodo, Gris apenas atinaba a arañar y jalar un poco de los cabellos a su némesis. Una gran rueda de gente nos acumulamos al rededor de las combatientes, mientras el cráneo de Gris era azotado contra las piedras que escondía el lodo aguado que ya había para entonces. Joel, un compañero sobre desarrollado, poseedor de las manazas más temidas por la secundaria y una izquierda que ya la quisiera cualquier boxeador novato, apartó a Mary de un jalón, lanzándola lejos. Tomó a Gris de las piernas y la cintura y la levantó en vilo. Nadie se animó a hacerle frente, ni siquiera los que vitoreaban a Mary desde muy cerca. Apuñalando a todos nosotros con la mirada se echó a Gris al hombro y pasó entre la multitud atónita que no supo más que retirarse con la mirada abajo. Todos regresaron a sus vidas “normales” un poco más cargados de conciencia y un poco más maduros.

En una pequeña fiesta en la tarde/noche, escuchábamos con varios amigos mi cassette de EuroDisco 1995 (me doy hueva), hasta que una bota de cuero con casquillo de metal apareció en el marco de la puerta.

Era Joel, cargando a Gris, toda golpeada y llena de lodo. Tapada con una toalla, la tomó dentro de la cochera de la casa de la chica que prestó la casa para la fiesta. La música paró y todos aguantamos el aire. Joel llevaba horas buscando donde llevar a atender a su amiga, pero tampoco podía llegar a casa de ella por las obvias concsecuencias. Así que llegó a la pequeña fiesta pedorra, a terminar de arruinarla.

Quien sabe quien se quedó en la fiesta. Yo la verdad no sabía que pensar de la chava que me gustaba al verla pelearse por un idiota que portaba una manopla y navaja y que años después pasó algunos años encerrado en la humedad del penal. La odiaba por que yo no le gustaba e idiotamente consideraba su golpeada tarde una consecuencia de sus propios actos. No se si estaba en lo correcto, pero sí se que las madrizas nunca se olvidan, en un barrio bravo como el mío, en una secundaria como la mía, en una vida no acostumbrada a la crueldad como mi vida de citadino. Llegué a casa y me encerré a meditar. Gris tenía un largo rato para recuperarse, pero nunca la he visto después de ese día. Pensándolo bien, ya no me gusta tanto.

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