Escapa

maizal

Agazapado detrás de unas cajas, apenas levanté la vista y vi corriendo a Enrique con los ojos desorbitados y totalmente pálido como la hoja blanca en la que después escribí esta historia.

-¡Corre wey! ¡Córrele cabrón!-

Y sin pensarlo me levanté sin mirar atrás para hacer lo mismo que Quique. Adolfo y Jonás corrían varios metros detrás de nosotros, resoplando pesadamente y manoteando para poder esquivar las cajas de fruta que se amontonaban en esa fría bodega en los días de agosto.

– ¿Qué pasó Quique? ¿Que viste? – Atiné a medio preguntarle mientras brincaba el barandal de malla ciclónica con alambre de púas que dividía la zona de las bodegas del exterior. Los otros no podían ya subir por la cerca y buscaron meterse por debajo de unos alambres retorcidos para atravesar, pero solo consiguieron arañarse la espalda y quedar atorados uno detrás del otro.

– ¡Córrele cabrón que no es broma!- Y fue entonces cuando miré hacia atrás. El señor, el dueño de las bodegas, el conocidísimo coronel extrangero que había llegado al pueblo algunos años antes para adueñarse de éste y de sus terrenos, ese señor, a sus cincuenta y ocho años, blandía un revólver enorme en su mano izquierda y una lámpara de mano en la otra. Intermitente iluminaba un poco nuestro camino, pero ya lo conocíamos de memoria y lo único que nos apuraba era que empezara a disparar.

– ¡Ya los ví hijos de la chingada! ¡Ya los vi!- Gritó en un español lechoso y siguió corriendo para alcanzarnos mientras lográbamos sacar a Adolfo y a Jonás de la reja. Tuvimos que romper el pantalón de Jonás y yo me clavé un alambre en una mano por terminar la hazaña.

Torpes, nos levantamos para seguir corriendo cuando un tronido fuerte nos heló el espinazo.

Estaba disparando. Estaba disparando y lo hacía en dirección nuestra. ¡Demonios! Estaba disparando y los zumbidos cerca de nuestras cabezas le infundían más velocidad a nuestras ya debilitadas piernas.

– ¡No mames! – gritó Adolfo mientras manoteaba esperando con eso esquivar los balazos que podrían habernos quitado todo en un instante. Con cada trueno nos separábamos más y tratábamos de correr más y más nos desesperábamos.

Y fue entonces cuando pasó. Giré la cabeza para buscar a Enrique y en un instante se convirtió en un manchón de movimiento hacia el suelo. Seguí corriendo pensando que sólo se había caído pero algo en el estómago me hizo un bulto caliente y las piernas se me doblaron…

Caí pesadamente de bruces al suelo y me quedé sin aire.

A lo lejos escuchaba a mis otros amigos corriendo espantados, y cada vez más lejos, y cada vez más lejos.

Al respirar metía algo de tierra en mi nariz, así que pensé en moverme, pero un nudo en mi torso me lo impidió. Como pude hice llegar ahí mis manos y un charco caliente y espeso me recibió. Unos metros atrás se escuchaba un gorgoreo tétrico y movimientos espásmicos entre los matorrales. Y luego nada…

El viento agitando las plantas. Los grillos devastando el silencio. Las ranas coreando a lo lejos su húmeda morada. La luna a media asta detrás de unas pocas  nubes. La tierra sencilla y cálida, y cada vez más húmeda con lo que me salía del torso. Sueño…

Desperté mucho después del sepelio de Enrique. No tuve la oportunidad de dedicarle unas palabras frente a su familia. Tampoco de saber realmente como fue que murió, aunque me lo imagino. Desquité el dolor de perderlo con el dolor de perder un riñón y parte del intestino en una cadena de acciones que nos llevaron a cometer una serie de estupideces suficientes como para condenarnos a la burla eterna. Porque la vida se burló de nosotros, aunque nosotros lo hicimos primero.

No se que le vayan a hacer al gringo. Tampoco se lo que ha pasado con mis otros amigos. Prefiero no saber. También prefiero que nadie sepa los motivos que tuvo un gran agricultor para dispararle a cuatro quinceañeros aventureros y curiosos… demasiado curiosos.

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