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Cuando paseamos por Coyoacán, el sábado en la noche, decidimos ir a los tacos. Nos detuvimos en una taquería grande llamada “El Tizoncito”. En su publicidad ponían frases como “LOS INVENTORES DEL TACO AL PASTOR” y barbaridades del estilo. Así que no tuvimos empacho en entrar ahí a saciar nuestra hambruna.

Lo gacho es que la carne estaba mal cocida, las tortillas medio crudas y lo único que valió la pena comer fueron los frijoles y los totopos que te ponen para empezar a botanear. Que mamada… me pedí un huarache y resultó ser todo un pastiche mal hecho de carne y algo de lechuga sobre una tortilla toda fea y chueca.

Al voltear a ver se podía observar al que manejaba el trompo, que graciosa y habilidosamente cortaba una porción de carne, la hacía volar del cuchillazo y con un ademán parecido a espantarse las moscas del zobaco, tomaba la carne en el aire con la tortilla… creo que ni eso hizo que valiera la pena la cena. Eso sí, no muy lejos están unos churros rellenos que están de super agasajo. Si van al centro de Coyoacán, mejor coman en un puesto de tacos, y de postre ya sea un churro relleno o una nieve de las que están por la plaza.

Caminando la cena nos encontramos con un buen puñado de PseudoChairosFresas, de esos que abundan donde hay puestos de pulceritas o trensitas hippies con cuentas de colores y de madera. No se porqué, pero en lugares así, entre más güero y uniceja sea un wey, más lana tiene y más “chairo” se siente. Total que cuando te ven metiendo la cara en algún lugar para averiguar tu signo maya (o cualquier otra tarugada de esas) voltean y te ven con cara de fuchi. Me sentí odiado.

Hay incluso un Starbucks y bares chairos así como nice pero campestres que te cobran un ojo de la cara por un café de agua de calcetín con el pretexto de ser totalmente orgánicochiapanecooaxaqueñohechoporindiosnativos y la manga del muerto.

Ya medi odescansando de dar vueltas como mayates, decidimos esperar a uno de nosotros junto a la fuente de la plaza, donde una seño hippie (treintaycuarentona) le leía las cartas y la mano a una chamaca con cara de esperar que le diga si ya iba a agarrar novio o no. Una chamaquita de como diez años pasó caminando mientras decía sandeces en voz alta. Estábamos a punto de acercarnos a que nos dijeran nuestro futuro, cuando la niña lanzó una basurita de plástico y cayó justo entre la que lee las cartas y la muchacha. No lo vimos como algo grave, pero la tarotista de inmediato se prendió y empezó a decirle pendejadas a la niña, y ésta a contestarle con otras incluso más fuertes, y así. La gritadera nos espantó y aterrorizados por la inmadurez de las dos decidimos dejar nuestras dudas futuristas para otro día.

La comida en el DF es difícil, creo que hay demasiados puestos de comida en lugares donde la mugre ya se siente fermentada y el suelo ya se siente suave de tanto sebo acumulado. Digo, cabe señalar que anduvimos pululando entre puro barrio popular y lo único medio fresa que visitamos fue Perisur.

Para ir del museo Rufino Tamayo al Papalote, el pinche taxista nos cobró noventa varos (pinches vatos) con el pretexto de “pos es que está hasta no se que sección de Chapultepec señorita”. Cinco minutos después llegamos al Papalote con varios billetes menos y con un coraje que no pudimos contener fácil. A la salida se ponen varios taxis a esperar clientes, así que preguntamos a uno de los choferes y nos puso la cuota en 70 pesos para el regreso al Tamayo. Nel, ni madres. Ahí te ves pinche ruco. En eso llegó otro taxi y se bajó el chofer, mientras el anterior nos gritaba “pues pregúntele a quien quiera y le va a decir lo mismo”. Cuando el otro chofer bajó y pasó por un lado de él, lo tomó del brazo y le dijo en voz baja “Al Rufino Tamayo, setenta pesos”. El segundo asintió y volteó a vernos diciendo “Setenta pesos, jóvenes”… ni madres… que nos vamos caminando.

Pero no, cuarenta metros después nos topamos con un taxi que apenas llegaba, le preguntamos la tarifa y, treinta pesos después, estábamos en el Rufino Tamayo para recoger el coche que habíamos dejado estacionado.

Ya saliendo del concierto, después de una buena comilona en el pozole de una señora que tiene un negocio no muy lejos del Foro Sol, paramos un taxi para preguntar el precio del pasaje hasta la estación “Boulevard Puente Aeropuerto”… “cien pesos”… ni madres. nos fuimos caminando, y quince minutos después a paso tranquilo llegamos al hotel sin pedos, sin asaltos, pero con la nariz escaldada de oler tanta mugre. ¿De plano doy tan gacho el nopalazo como para que me quieran ver la cara de pendejo en todos lados? Ñe…

Por cierto, el metro es insufrible. Todos los vendedores traen sus “selecciones de oro” en CD o DVD con reproductores portátiles que apenas aguantan todo el volúmen que les ponen. Discografías completas y “las mejores del antro” que incluyen desde “Barbie Girl” hasta una del soundtrack de la película de Mission Impossible II.

Incluso se suben vendedores con pinta de chicos buenos a vender discografías de Fobia, Rolling Stones y grupos del estilo. Y uno, todo aturdido por el ruido que le meten a tan pocos metros cuadrados de espacio.

En fin… ya habrá otros conciertos y otras visitas al DF. Ni modos.

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