Potrero (Parte 1 de 4)

Caminaron y caminaron y caminaron. El Sol se convirtió en Luna y el calor en helada. Las cigarras no cantan, pero los sapos se dejan escuchar a través del negro del monte. Los huaraches enlodados, al igual que sus pies, ya son parte de la humanidad. Han pasado ya varios guardaganados de color incierto y no han visto rastros de nada raro excepto ellos mismos…

Ya tarde, y en el monte, con la poca luz que daba la Luna, decidieron dormitar debajo de un huizache. Uno dormiría más que el otro, pero ninguno tendría un sueño tranquilo. Los animales del monte ya estaban acostumbrados a ver personas y no los molestaban demasiado.

Pedro miró alrededor de ellos al tiempo que se acomodaba contra el huizache. Por primera vez notó las nubes bajas y verduzcas que a veces adornan las noches en el monte, sin querer quedó asombrado por la inmensidad el cielo oscuro y pensó en el pequeño tamaño de su persona, comparado con el tamaño del Universo.

Por su lado, Salvador pensaba con los ojos cerrados. Pensaba en Raúl y sobre cómo se lo llevaron. Recordaba sus ojos abiertos desesperados de cuando vinieron esas personas y lo amarraron para subirlo a una camioneta cuadrada. “Tenemos a su sobrino” le dijeron por teléfono a Don Jesús y él no tuvo más remedio que mandar a su hijo y a su ahijado a esconderse en el monte. “Chava”, como le decían a Salvador, procuraba sentirse cómodo dentro de una familia que no era la suya, pero que era la única opción para vivir, pues un huérfano como él no tendría otra opción en ese pueblo tan desgraciado.

Pedro se conformaba con soñar de muchas formas y trabajar de pocas. Seguido su papá lo encontraba dormido agarrado de la ubre de una vaca mientras (según) la ordeñaba a las 5 de la mañana. Era un chiquillo muy raro, pues de un día al otro le dió por dibujar, aunque con el tiempo eso le valió el mote del “artista”, habilidad con la que a veces ganaba unos pesos en la plaza o cuando llegaban los puestos de la fiesta de ceniza. Lo malo es que casi todos esos tostones que obtenía, los apostaba en juegos de azar o en las pistolas de aire que arrojan balines que tanto le gustaban en la adolescencia.

Chava procuraba ser siempre serio, y aunque Don Jesus confiaba mucho en el juicio de él, nunca hacia nada sin consultar primero con Pedro, quien soñador, siempre respondía con la idea más simple y efectiva para resolver el problema. Una de esas ideas era lo que los había traído por en medio del monte, paralelamente a los caminos qué atravesaban el corazón del municipio de Santo Tomás.

Aun y con sus revólveres cargados y los morrales con una caja de balas .45 cada uno, no podían sentirse a gusto…

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