Intercambio

Y no me refiero a los intercambios que hace uno para terminar todo sudado y bofeado en una cama con una o varias desconocidas modelos de alto calibre (huy si, chucha y tus calzonsotes); y tampoco me refiero a aquellos en que la saliba va y viene y al final no sabes de quien es o de dónde salió tanta …

Me refiero a los intercambios de cuando es uno pendejo de fase dos… me explico.

Un pendejo de fase uno es, pues un chamaco incluto y pendejo que hace pendejadas a diestra y siniestra nomás por el gusto de hacerlo, que casi siempre es cuando uno está en la infancia. Un pendejo de fase dos, es el que hace pendejadas sin quererlo, aunque evite a toda costa hacerlo… que casi siempre nos pasa en la adolescencia. Ahí se nos cargan algunos traumas y costumbres y parece que nunca vamos a dejar de cagarla. El pendejo de fase tres (no me se más allá pues en esa fase ando) es el que procura hacer las menos pendejadas posibles, aunque muchas veces las tenga que hacer conscientemente y atenerse a las consecuencias, o taparlas haciendo otras pendejadas más chonchas.

Así que pos bueno, era yo un pendejo de fase dos y no sabía que hacer ante las muchachas, aunque ellas pensaban que me daba mi taco, pero la neta me estaba cagando.

Así que uno de esos días de diciembre, en segundo o tercero de secundaria, organizamos un intercambio. Ya eramos un grupo más unido y nos pasábamos el rato criticando a las maestras (solo tuvimos un maestro varón en toda la secu) y haciendo nuestras primeras pendejadas conscientes (como ir a ver cuantas patadas aguanta alguno de los chavos de otro salón). Entonces organizamos, como todos los años, la consabida fiesta posada bailongo de navidad (que hueva me cai) y nos poníamos todos en círculo para dar regalo al que le tocara y abrazarle con notable desinterés, pena, o calentura, dependiendo si era la chavita que te gustaba o nop.

Mi mamá, siempre ha sido una máquina de crear situaciones embarazosas, como cuando un día que fui a que me firmara unos papeles a la escuela donde trabaja, se le ocurrió quitarme un retazo de moco que me quedaba en la nariz, frente a cuarenta y dos pubertos cagándose de la risa, así que mejor me hice a un lado y me fui…

Pues a mi madrecita chula se le ocurrió la grandiosa idea de darme dinero para ir a comprarle un regalo de navidad a una ex compañera del kinder a la que no he dejado de ver en toda la vida ( … ), pero me dio solo unas monedas…

Ashh todavía lo recuerdo “andale mijo dile a la señora qué perfume le quieres comprar a tu amiguita” (¡Chaleee!) “mira está este y este y este y este que huele más rico pero es más poquito…”

¡¡¡¡Arrrghhhhhh!!!! Es como cuando te peleas con tu carnal y te la sueltan con el consabido “anda mijito dale un beso a tu hermanito y dile que lo quieres mucho”, cuando lo único que quieres es colgarlo de los huevos porque agarró tu tarea de geografía para recoger una caca de perro o para prender una hornilla de la estufa y seguir quemando cosas por toda la casa.

Pues más o menos… a esa edad lo último que quieres es quedar bien con alguien que no quieres quedar bien… y peor si tu jefa piensa que es el amor de tu vida y sha la la… chale…

Y bueno… en todo el mundo de opciones que tenía, no había lugar para muchas. Miré las monedas en mi mano y las conté. Empecé por ver las etiquetas con sus nombres raros y un pequeño papelito con el precio pegado. Tomé un recipiente y lo metí en una bolsita “éste me llevo”… la verdad me valía reverendo sorbete si había hecho buena elección o no, pero la pregunta de mi mamá “¿Seguro que queires ese mijito?” me hizo no cambiar de opinión.

“Aquí tienes mijo, pa que lo envuelvas en la papelería de doña Lupe, vi un papel muy bonito que tiene unos cora…” – “Sí ma gracias… no lo voy a envolver…”

Y así me regresé a mi cuarto… con la cosa esa guardada en la bolsa del pantalón… que ahí se refugió hasta el siguiente martes que todos pudimos andar de un salón a otro, bailar sin ton ni son y decir lo mucho que queremos a nuestros compañeritos de salón… pero todo con uniforme y mochilas, no vayan a pensar allá afuera que no estamos teniendo clases.

Con el botecito ese guardado en la bolsa estuve todo el día, incluso hicimos el intercambio de regalos en mi salón, que resultó ser todo un bodrio por que una chava no fue y todo mundo tenía que llevarse regalo a su casa y pos a mí me dieron un bastón de plástico relleno de dulces que me hicieron mal…

Al salir del salón, a receso, caminé en dirección al baño, pero por una ruta que yo no acostumbraba usar y rapidito no vaya a ser que me encuentre alguien que me haga plática y se me salga la chis. Resulta de cuando me dan ganas de orinar no pueden pasar más de diez minutos porque me orino… vejiga pequeña…

… y que me la encuentro…

“¡Holaa!” no me quedó otra más que responder…

– Hola, mira… feliz navidad…- dije como cuando le dices a alguien que se le murió su gato.

Y de mi bolsa saqué un RollOn olor a brisa del mar de color negro con etiqueta azul con verde y se lo puse en la mano y seguí mi camino apurado.

Ese día aprendí que nunca le voy a hacer ningún regalo a ninguna mujer que ella pueda escoger por si misma a su gusto… y menos en navidad… y menos con ganas de orinar…

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