Perico (post larguísimo)

…fue entonces cuando se decidió a seguirla hasta su trabajo y esperar a que lo demás tomara el camino que tuviera que tomar.

Esperó escondido detrás de un enorme basurero que afeaba el camino que lleva a las canchas de fútbol que administraba un viejo compadre de su papá, en los tiempos en que adornaban sus pláticas con anécdotas heroicas y fantasiosas, aunque la emoción verdadera hubiera quedado descafeinada por el olvido y la edad.

A las dos de la mañana, agazapado en el más aterrador frío con viento que pudo haber congelado hasta al más bravo, “Perico”, como le llamaban sus contemporáneos gracias a su curvada nariz, permaneció inmune a lo helado, recordando con rabia las últimas palabras de Leticia antes de partir con su hija. Todavía tiene una fea charrasca en el brazo derecho de cuando ella lo quemó con la plancha caliente para evitar que él la tocara. Y no era para menos.

Cuando Leticia salió aquella vez de su casa, la única persona que la reconocía era su hija, que en brazos de su madre, lloraba confundida sobre el paradero de sus juguetes y su improvisada cuna… pero lloraba quedito, sabiendo sin querer que su madre corría con más penas dentro de sí, al menos dejándolas ver con un hinchado ojo morado- negro del que colgaba una costra de sangre seca, una oreja venuda e hinchada, casi arrancada de su lugar por un golpe certero y los brazos y las manos todos llenos de moretones y raspones. De las piernas, ni hablar.

Arrastraba un poco un pié a causa de un duro portazo que le dio Perico  un día cuando regresaban del cine. Él simplemente se adelantó e intentó cerrar la puerta antes que ella entrara, o al parecer eso pensó Leticia que él pretendía hacer, pero su equivocada idea de meter el pie para evitar quedar afuera le hizo traerlo fracturado por dos meses y medio hasta que Perico se lo vio un día antes de irse a echar un colado. Ella tenía el pie todo negro y con pequeñas manchas de color verde que hacían ver la hinchazón mucho más grotesca. Le dejó diez pesos para que se comprara una pomada, los cuales usó para irse en camión a la clínica de la Cruz Roja y le atendieran un empezado caso de inicio de gangrena por fractura de los huesos del pie izquierdo.

La incapacidad de Leticia hizo encabronar mucho a Perico, quien aprovechaba cualquier momento para llamarla inútil y terminaba las noches sabroséandola agresivamente hasta que se quedaba dormido de borracho. Un día de esos se pasó de la raya y Leticia quedó embarazada sin siquiera saber como fue.

Perico calmó sus ansias golpeadoras cuando nació Lupita. Delgada niña que se parecía mucho al papá de Leticia, con cejas pobladas y tez blanquecina, llegó al mundo en manta sencilla, y vivió sus noches y sus días en una tina sobre una pequeña mesa, convertida en cuna gracias a unas poco ingeniosas modificaciones que Perico le hizo, al principio con paciencia, y después terminando con prisa la tarea para irse a jugar dominó con sus amigos, que le hacían algo de burla por ya tener dos “viejas” en la casa y tener que pagar la quinceañera y “todas esas chingaderas” como alguna vez les escuchó decir.

Una noche, llegaron varios gendarmes con Don Gabo, el dueño de la vecindad donde vivían. Tocaron insistentemente a la puerta de metal adornada con la última palma, ya seca, que les regaló el abuelo en la última semana santa, hace dos meses y medio. Tocaron y tocaron y tocaron, cada vez más fuerte.

–¡Ábranos que ya venimos por la renta!–

–¡Perico! ¡Dicen que vienen por la renta¡– susurraba a gritos Leticia sangoloteando a un todavía borracho Perico – ¡Perico! … ¡PERICO…!–

……..

<<DINGGG DONGGG>>

Y se prende la luz de la puerta de entrada unos segundos después. Un joven se asoma desde la puerta de la sala, con una guitarra en la mano y cara de desconfianza.

Desde la reja se escucha una temblorosa voz  –¡Buenas noches mano!–

–Buenas noches–

–Oye mano, nomás veníamos a pedirte un pequeño favor manito, no te queremos molestar–

El joven entrecierra los ojos para enfocar un poco más y alcanza a ver a un hombre pequeño, delgado, pelo castaño y rizado, tez morena claro, de cabeza alargada y cara de dudosa reputación; a un lado de él una mujer pequeña de tez muy clara y pelo negro, carga a un pequeño bulto envuelto en una cobija de estampado deslavado, sosteniendo una pequeña mamila mientras lo balanceaba en sus brazos.

– Mira manito, andamos… pos andamos buscando quien nos eche la mano– Su mirada se torna vidriosa – … andamos pidiendo ayuda porque no nos queda de otra, nos corrió mi jefe de la casa, llegó bien borracho y violento y no nos dio tiempo de sacar las cosas de la bebé… y pos te venimos a pedir ayuda nomás pa que nos eches la mano pa comprarle la leche a la niña, porque mi mujer no le puede dar… – Leticia sólo se limitaba a asentir con la cabeza, ya conocía la historia de una experiencia anterior, y ahora sabía como controlar sus reacciones, cosa que como quiera no le gustaba – …y  pos si ahí nos podrás cooperar con unos centavos–

El joven se acerca a la reja y Leticia destapa un poco la cara de Lupita… nunca había visto bebé con tal serenidad en toda su vida.

– ¿Cuánto tiene la bebé?–

– Apenas dos semanas manito, ¿Como ves…? ¿Nos echas la mano?–

El joven recarga la guitarra hacia un lado y mete la mano en la bolsa.

– Hmm. Voy a darles éste dinero con una condición… quiero que vengan mañana temprano, a las ocho y media de la mañana, para desayunar. Yo los invito, de verdad. Quiero que me cuenten cómo estuvo el problema con tu papá y si puedo en verdad ayudarles en algo–

– ¡Claro que sí manito! ¡Claro que sí!–

– Entonces, ¿Es una promesa?–

– Sí, por acá nos vemos a las ocho y media de la mañana, en lo mientras deja y vamos a comprarle la leche a la bebé que ya se nos está acabando y a ver si encontramos una farmacia abierta a esta hora –

– Mucha suerte… –

– ¡Gracias manito! ¡Que Dios te bendiga! –

Y caminaron diez pasos hasta que escucharon cerrarse la puerta de la casa de ese joven…

– ¿¡Ya ves pendeja!? ¡Así se hacen las cosas! ¿Qué pinche trabajo te costaba? Ahí nomás haciéndole al pendejo con ese pinche hijo de papi… pa la otra te me vas solita a sacarles lana a estos cabrones porque me caga tener que andar pidiendo el pinche dinero… –

………….

De regreso a la noche congelada en que Perico espía la casa en la que cree que ahora vive Leticia….

*Brrrrtttttt… iiiiit*

Se detiene un Jetta azul (que a esas horas se ve negro) y un hombre de traje abre la puerta del piloto. La música que adentro del coche se escucha estruendosa, baja su volumen casi inmediatamente. El hombre baja y cierra la puerta. Camina silenciosamente y despacio mientras sopla un poco de vaho en sus manos y las frota. Llega al otro lado del coche y abre la puerta lentamente. 

Unos tobillos de mujer se alcanzan a apreciar por debajo de la puerta, con zapatos de tacón alto y falda larga.

Ella baja del coche y él le arroja amablemente sobre los hombros, una gabardina negra, para después cerrar el coche.

Caminan abrazados hacia la puerta de entrada, donde un foco colgando de un alambre que sale del techo ilumina el poco espacio que abarca el arco de la puerta.

Perico, a la lejanía, hace un esfuerzo por distinguir la cara de la señorita, pero la edad y la lejanía lo dejan igual de frustrado. Estuvo tentado a levantarse y correr hacia ellos, pero no sabía hasta ahora si ese Jetta negro fuera símbolo de algún privilegio especial del hombre aquel, así que como quiera hizo caso a sus adormecidas rodillas, y esperó.

Se despidieron y el Jetta más tardó en encenderse que en tomar camino.

………….

El cura Miguel no cabía de gusto al ver de nuevo a su ahijada, ya después de casi veinte años de no verla; desde el día de su bautismo en que pasó aquel accidente en que falleció la mamá de ella y su papá quedó trastornado de por vida. Pero parecía que la vida le sonreía, aunque sus ojos claros ya habían tomado semblante grisáceo y la chispa de su alegría de bebé se había desvanecido casi por completo. La bebé y el hombre que la acompañaban eran desconocidos para el cura Miguel, pero aún así no dudó ni un instante en prestarles la casa que había dejado mal construida en el barrio de Tierra y Libertad.

Quince días después Leticia tuvo la osadía de pedirle dinero a Perico, quien en vez de dinero le propinó una madriza que compensó todas esas semanas que la había dejado de golpear.

Cada vez llegaba más tarde, e inexplicablemente más borracho, pues no sabía de dónde sacaba dinero para seguir tomando y coleccionar de esas botellitas que venden en los expendios a los que no quieren ser notados mientras toman, porque la verdad era que Perico no tomaba cerveza. Decía que sabía a meados, así que se procuraba “mucho mejores brebajes”, como el le llamaba a comprar pequeñas porciones de whisky corriente.

Un día Perico llegó relativamente temprano, tumbando cuanta cosa se le atravesara en el camino, incluso a su mujer y la cuna en la que dormía la niña, que en ese momento se divertía con un pequeño llavero de plástico que habría de hacerla de juguete favorito muchas veces.

La niña no lloró tanto esa vez, probablemente porque no se golpeó tanto, o tal vez porque ya sabía lo que pasaba y se le hacía totalmente normal.

………

Las luces de la casa se apagan y la de la entrada también.

Uno de los cuartos brilla con la luz de TV por unos minutos, entonces se apaga… Perico, sin saberlo, está cayendo dormido, recargado en el basurero de metal, en el frío extremo de las noches de diciembre, y sin luz que ayude a descubrir su presencia hasta que sea tal vez demasiado tarde.

Los recuerdos empiezan a sumir a Perico en ese estado de sopor.

………

Y entonces pasó… Perico se tomó del estómago, en medio del caos que él mismo había provocado, abrió los ojos de tanto dolor y cayó de rodillas. Un ruido gutural apagó todo grito de enojo o desprecio, dejando ver su deformada boca apuntar hacia el suelo mientras Perico se convulsionaba de dolor. Era un dolor agudo, quemaba, le quitaba el aire y le hacía tener escalofríos en todo el cuerpo, le dolía todo el torso y no sabía porqué.

Hasta que Leticia se dio cuenta, mientras cargaba a la bebé para consolarla del susto que tuvo cuando se escuchó el primer eructo fantasmal de Perico, que para entonces Perico estaba ya hecho ovillo sobre sus rodillas, retorciéndose de dolor y soltando un líquido negro por la boca… estaba vomitando sangre… la sangre que habría de ayudarle a Leticia a armarse de valor, y dejar que el barco se hundiera sólo con su “capitán”.

El rostro desfigurado de dolor, hacía imposible reconocer al Perico al que el joven aquel habría de “prestarle” cincuenta pesos. Y aún así, Leticia sabía qué hacer justo en ese momento…

– ¡Perico! ¡No me espantes! ¿Qué tienes Perico? ¡Dime algo! – Gritaba riendo por dentro, disfrutando cada momento como si fuera a esfumarse justo en ese instante.

– ¿¡Perico que te pasa!? –

Y Perico gruñía y se convulsionaba dolorosamente en el suelo, echando más sangre por la boca y haciendo repulsivos sonidos cuando ésta salía con más fuerza.

– ¡Perico voy por un doctor! aquí espérame… espérame he? –

En un increíble esfuerzo por levantar la cara, dejando ver lo rojo de sus ojos, en la semi penumbra en la que la sangre se ve negra y maquiavélicos gestos se apoderan de su rostro, Perico sólo atina a maldecir en un español apenas entendible hasta que alcanza a gritar en medio de salpicón de sangre y sonidos guturales – ¡Abhhpúrrralee pheendhejaarrgggggghh! –

Ella tomó tranquilamente a Lupita, la envolvió en su pequeña cobija regalada y salió tranquilamente de la casa, cerrando con llave por fuera y caminando tranquilamente, sintiendo un billete enrollado que guardaba en uno de sus bolsillos, tapando a la bebé del frío de la noche.

Perico se retorcía incansablemente hasta que quedó noqueado… 

………….

 *Peeeeetttchhk*

Un zumbido fuerte lo despierta entre sobresaltos y el corazón le da un vuelco.

– *Levántese y ponga las manos sobre el contenedor* – Le dice un policía desde la bocina de su patrulla.

Rápidamente se levanta aún pensando estar en un charco de sangre a la mañana siguiente, pero no, se encuentra en otra cuidad con las manos y los pies dormidos por el frío, con el sol en la cara y un oficial tocándole sus partes buscando armas.

– Dígame quién es y que hace acá tirado –

Inventó una pequeña y creíble historia y lo dejaron ir hasta que se aseguraron que no estaba bajo el influjo de ninguna sustancia rara.

Una vez que se fueron, Perico pudo al fin acercarse a la puerta de esa casa. Se veía mucho mejor que de noche, aunque los tabiques desnudos de la construcción no dejaban la vista muy complacida.

Aún así, había un timbre… lo admiró largo rato, pensando en todas las cosas que le había hecho su mujer, y por las que estaba dispuesto a quitarle al fin a su hija a como dé lugar… al fin y al cabo era una flacucha debilucha que nunca había tenido ni oficio ni beneficio… sí, así lo pensó… hasta que reparó en el reflejo de sí mismo en el vidrio de la puerta.

El reflejo lo detuvo en seco. Un hombre desaliñado y canoso, tiznado y cenizo de la cara, de ojos profundos como calavera y dedos larguiruchos. Ese hombre lo miraba desde el reflejo, impávido ante su imagen y ante la incredulidad del que apenas se descubre. Su chamarra de cuero era sólo eso, un cuero viejo y arrugado que ya no brillaba, igual que la piel de él.

Y así, con la mano próxima al timbre se quedó impávido, inmóvil… y entonces…

 

*clicktriic iiiiii* se abre la puerta y el reflejo se esconde 

Una jovencita de unos veintitrés años sale vestida con una toga azul marino y un birrete en la mano. Tiene la tez clara y la ceja poblada como su abuelo. La nariz respingada como su madre, y la barbilla como su padre, al igual que las manos y el tic de morderse las uñas.

– ¿Qué se le ofrece? –

– … – Perico no sabe que la está viendo con la boca abierta. Ahora es cuando siente las manos y los pies congelados, y el corazón hecho un vuelco y los ojos abiertos y la mente hecha puré…

– ¿Qué pasó mija? – Dice una voz desde la penumbra de la sala, hasta que un corpulento hombre de unos cuarenta y tantos años se acerca a la puerta… con una guitarra en la mano.

– Nada papá, creo que es un borrachito – susurra discretamente.

– Anda mija, ve y dile a tus hermanas que ya bajen porque se nos está haciendo tarde para tu graduación y tu mamá ya nos está esperando en el teatro –

Entonces Lupita entra a la casa y entre almohadazos y risas sube por las escaleras a traer a sus hermanas…

Perico se da cuenta que el hombre con la guitarra lo mira con desprecio…

– ¡Lárguese de aquí! No queremos borrachos mendigando en nuestro barrio… – gritó y de un golpe cerró la puerta…

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s