Me voy…

Me golpeaste con un instante de recuerdos y caprichos incumplidos para nuestras carnes y nuestras almas.

Quedito me fui sumiendo en un sopor delicioso al sentir tus delgados dedos correr entre mi enredado y canoso cabello. Recapitulando nuestra vida juntos y la insoportable liviandad de nuestras presencias en la vida del otro. Una vorágine de “hubieras” se me arremolinaron en el pecho, sentí correr torpemente al corazón, hacia un lugar taquicárdico y seguro, pero lejos, lejos de ti, de tu olor y de tus besos, de la escueta voluntad de arreglar las cosas, de un “debemos hablar”. Pero no, no soltaste mi cabeza sobre tu regazo desnudo, y como dos adolescentes ingenuos, dejamos la noche pospuesta hasta que hayamos perdido el pánico escénico de mostrar nuestros cuerpos avejentados, contraídos y aflojados por el rodar del tiempo en una búsqueda incansable: la búsqueda del otro, aún habiendo pasado ya cuarenta años desde que sin advertencia ni engaño, a los ojos nos dijimos “… me voy…” y nos fuimos…

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