Fue en Monterrey

Cuando vivía en Monterrey, me costó un rato ahorrar (y unas cuantas chambitas de locución) para comprarme mi magnífico iPod de 80 gigotas. Y ahí voy, con mi cuñada y una comadre para hacer la compra correspondiente. Cuando el tipito flacucho ese me atiende se le siente un aliento a burrito de deshebrada medio choncho, que medio disimula con unos raquíticos chicles de los azulitos que saben a lo que huele el frescapie.

Cuando me entrega el recibo de compra, después de hacerse pelotas sobre cual papelito debía haber firmado yo para confirmar el pago con tarjeta, me dice con ese acento que ponen los vatos que atienden en tiendas fufurufas:

“Nomás sáquele copia al recibo porque luego se le desborra y no puede hacer válida la garantía”

“Se le qué…?” respondí incrédulo.

“SE LE DES BORRA”

“A perdón es que casi no oigo bien por este lado…”

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