La mordida

El otro día, manejando mi pick up (que en realidad lo único que impone es el color y los estribos, sin los cuales mi mamá no podría subirse) iba apenas entrando a la ciudad de Santa Catarina, NuevoLeón. Y pos yo no sabía, la neta, que hay una parte a la entrada, en que ponen dos letreros muy juntos de límite de velocidad. Uno de 80 (carril de baja) y justo después uno de 40. Está cabrón, porque justo ahí tooodos los coches se frenan (o como dicen acá, se “enfrenan”) medio violentamente y vuelven a medio acelerar ya entrado Monterrey (en donde la neta en la avenida Constitución hay vatos al doble o a veces al triple de velocidad de los que se encuentran donde primero mencioné).

En fin… al ver que un fulano frente a mi camioneta se frenaba bruscamente, yo tomé el carril de alta y me dispuse a rebasarlo, iba a 54km/h (o algo así, los medidores análogos nunca son exactos), justo al asomar la trompa por adelante del Tsuru que estaba rebasando, un fulanito chaparrito, panzón y con lentes oscuros me apuntó con un aparato y luego con el dedo, moviendo el brazo para indicarme que me estacionara, y así lo hice, pero para entonces tuve que subir la velocidad a 60 y rebasar el cochecito para después orillarme más tranquilo, pues muchos coches venían pegados al Tsuru.

Era un estatal, de esos que están por ahí agazapados para ver quién se pasa de la raya y ponerle una multa. Y ahí estaba yo, revisando que trajera mi cartera, el cinturón puesto y una cara no tan de “crudo” (da la casualidad que no tomo, pero casi siempre luzco como “crudo”).

Al fin me alcanzó el tipito bigotón con lentes oscuros (nunca se los quitó) que me saludó amablemente y se dispuso a presentarse. “Fulano de tal de la división no se que cosa del municipio de tal por cual”, “mire joven, lo paro por exceso de velocidad…”

Y voltea el aparatito en forma de secadora de pelo y me muestra el número de la pantallita (53). “Anda usté circulando a 53 en una zona de 50 jovenazo… está consciente de eso?”

“Huuy mi jefe, pues llevo varios kilómetros leyendo que el límite es 80 en el de baja y pos como aún no veo casas pos pensé que todavía era carretera”

“Mire mi chavo, acá ya es zona urbana…” (claro…) y pues ta ustè de acuerdo que iba con exceso. Permitame su licencia y tarjetón del vehículo”

“Claro que sí mi jefe”

Urgué en mis papeles y encontré el tarjetón y mi licencia. Todos los papeles están en regla, pero levanta una ceja y dice “Michoacán… usté es de Michoacán?” Creeeeeso que es obvio que soy de Michoacán, pues tengo licencia de MIchoacán, tarjetón de Michoacán, placas de Michoacán y un PUES tan michoacano que no se me quita ni volviéndome a bautizar.

“Sí mi jefe, justo vengo de allá porque quiero ir a ver a mi jefecita que está en Ciudad Victoria…”

“Y qué anda haciendo por estos lares mi chavo?”

“Pues que no me dijeron que había que dar vuelta hacia el Tepehuaje después de pasar por SanLuis, así que me tuve que chutar el paso por Matehuala y Saltillo y todos esos ranchos que están en el camino (jojo aquí me mordí la lengua medio gacho)”

“Uuu mi chavo todavía le faltan como cinco horas”

“Chingue su… mire pos acá traigo los recibos de todas las casetas…” y de un manazo abrí la guantera y levanté un puño de papelitos con sellos de casetas de carreteras Morelia – NuevoLeón.

“Mire joven, pos le voy a poner la multa”

“Échela”

Entonces se pone a escribir, o más bien como a hacer que escribe (se nota que no saben que hay gente que sabe cuando ellos piensan que uno piensa que están escribiendo, jo!). Aquí es cuando le pregunto: “Oiga y como cuánto cuesta la multa mi jefe?” y me responde “… no pos orita no se, pero anda como en cuatroscientos pesitos…” a lo que respondo “pero puedo ir a pagarlo ahorita mismo? Es que de verdad me urge llegar a Ciudad Victoria y pues de una vez lo pago”

“Si claro que sí, usté va y lo paga y entonces me llaman para ir a entregarle su licencia…”

“Y aceptan tarjeta de débito”

“No mi chavo, puro efectivo”

… se queda pensativo…

“Entonces tengo que venir hasta el lunes para acà a recoger mi licencia?”

“Claro… a menos que pos quiera que nos arreglemos pa que no se la lleve tan pesada, usté sabe, ya lleva muchas horas manejando y pos ya le urge llevar a Tamaulipas…”

Una leve sonrisa se dibujó en su rostro y una cara de angustia en el mío.

“Como ve jóven, ¿Nos arreglamos? Usté nomás deme doscientos pesos y pos ahí la dejamos, no vaya a ser que se le haga tarde”

“Déjeme veo mi jefe, que pos con el viaje ya ando muy cortao…” Reviso mi mochila y me quedaban doscientos cuarenta y ocho pesos con cuarenta centavos, un celular viejo, dos taparroscas de cocacola, una pluma chida de las Zebra y varias moronas de ruffles. Tomé los billetes de cincuenta y de veinte que me juntaban los doscientos pesos y los enrollé…

“Échelos por debajo del tarjetón pa que no se vea…”

Y los puse por debajo del tarjetón y se los dí, con un sentimiento de pendejez tan gacho que me cai que pa la próxima, aunque me cueste un huevo, pido que me pongan la multa como debe ser.

Al fin, fuí por el refri que me iba a vender mi abuela, vi a mi jefecita y a mi abuelo, a mis primos y pos ya, me retaché con refri pa mi casita sin nungún problema hasta mi casa. Justo entrando a mi ciudad, me paró un tránsito sólo para checar que tuviera un trapo o algo rojo colgando de la parte trasera de lo que sobresale de mi camioneta (cosa que no tiene relevancia pues no sobresale más allá de la defensa trasera). Y ya… creo que están más cabrones esos vatos a la entrada de Santa Catarina que a la entrada de cualquier ciudad que haya conocido, y eso que no son pocas…

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