Las lágrimas no fueron suficiente…

pero hicieron de bálsamo y simplemente ayudan.

Te extraño y te recuerdo todos los días, pero ya fue tiempo de terminar de decirte adiós. La lejanía es poco comparado con la distancia de mi universo al tuyo, de mi corpórea existencia a la onírica voz con que me dices que todo está bien… y lo está… por eso ya no me preocupo, por eso mi angustia se ha ido cambiando por un doloroso sentir de suficiencia… más bien de conformismo.

Tus manos rasposas siempre trabajaban de más, y tu espalda cargaba con peso que pocos humanos soportaban, tus ojos vieron cosas del mundo que ya no existen, y tus oídos escucharon acordes que siguen haciendo eco en mi cabeza… aún tengo tu guitarra, tus cejas en mi rostro y ese re mayor que se me deja escuchar cuando canto que me recuerda tu voz.

Los días soleados de trabajo en el campo, lo verde, los animales, el agua pura y cristalina y el gusto de ver reposar nustros cuerpos sobre hamacas, después de una pesada jornada de trabajo. La sombra bajo de un árbol enorme y el nombre de todas las plantas y bichos que ahí se encuentran. Historias 50% ficción y 50% olvido y el lomo de un caballo sobre el que uno se balancea en una montura de madera.

Eso, mis manos y tus libros… eso es lo que me llevo de tí… junto a las últimas palabras que me dijiste, el último abrazo que de tí sentí y ese resoplido que dabas cuando no querías llorar al ver un hijo partir a hacer mundo…

Papá, te extraño mucho, no dejaré de hacerlo nunca… pero creo que es tiempo de decirlo:

Hasta luego…

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