El matriarcado

Ese día terminó el matriarcado…

Mientras ella regaba la base de los árboles de mango que tenía en el patio de su casa, empezó a sentir una sensación fresca y embruteciente que le subía desde las piernas… tomó la escoba para apoyarse, pero su brazo ya no tenía fuerzas para sostenerla, ni sus piernas ni nada… cayó sin saberlo en la zanja del árbol más cercano a la cocina, a un lado del tejado donde su viejo se ponía las botas para irse al campo.

Él escuchó el golpe, y acostumbrado a la rutina en la que de vez en cuando hay golpes, se levantó con la prisa que le permitían sus destrozadas rodillas. Al llegar encontró a su mujer tirada al pie del mango. La escoba sobre ella y los perros olisqueando y lloriqueando como locos lo hicieron sobresaltarse.

La tomó de una mano y como pudo le dio vuelta.

*¡Livo! ¡Livo!! ¿Qué te pasó?, ¿Me escuchas? ¡Livo! ¿Qué te paso?*

Mientras gritaba, sus pensamientos se arremolinaban en la idea de volver sobre sus pasos y tomar el teléfono.

*¡Livo! ¡Contéstame! ¿Cuál es el teléfono de Chava?*

Y con un hilo de voz casi imperceptible, sólo a los oídos de Pablo, ella dijo *… el treinta…*

Sin pensarlo caminó a prisa por la rampa que sube a la cocina y tomó el teléfono para llamar a su cuñado. *…nga rápido que Livo se me cayó en el pa…*

En lo que se le hizo una eternidad, y tal vez los quince minutos más largos de su vida, llegó Chava con el obeso doctor que rentaba una casa de Pablo.

*A ver Pablito, vamos a ver que pasó…* Dijo, al tiempo que se daba cuenta que eso no era sólo una caída. La caída era una consecuencia de algo, y ese algo estaba fuera del alcance del doctor… pero eso nunca lo dijo. Corrió a su botiquín y con una jeringa sacó una gran cantidad de anticoagulante de un frasquito con tapa de goma. Sin perder tiempo lo inyectó en el brazo de Oliva y esperaron unos minutos.

La expectativa crecía. Sin saberlo, dos de sus hijos ya venían desde la ciudad en una camioneta que más adelante mataría a uno de ellos. Un hijo de Chava se encargó se avisar a la mayor parte de la familia del incidente.

*Pa… blo* Alcanzó a pronunciar antes de abrir un poco los ojos. Su pulso estaba muy débil y su respiración apenas perceptible. Su hermano se acercó y con su pronunciación arrempujada solo atinó a decirle *¡Livo! ¿Qué tienes pues?*

Pablo le acariciaba la cabeza con un trapo húmedo… miró sus manos huesudas y correosas. Esas manos que tantos callos habrían de hacer por tanto trabajo en el monte. Empezaba a adivinar qué le diría a sus hijos, cómo recibirían la noticia de que su mamá está mala, pensaba en quién ahora se encargaría de cuidarlo a él.

Y sin embargo, Jesús y Alfredo llegaron demasiado tarde…

Pablo sollozaba sin control cerca de la cabeza de su mujer, quien tenía boca abierta, ya sin la dentadura postiza que la caracterizaba. Se veía a la comadre moviendo cosas en la sala y hacer espacio para la gente que vaya llegando.

*¡No! ¡Mamacita no! Dios mío, Dos mío… porque…?*

Y su cara se arrugó en mil líneas y no podía pensar claro y no sabía que sentir más que dolor… sus manos temblaban mientras se acercaba al cuerpo de su madre santa… arropada con ese vestido que usaba para hacer el aseo y que ella misma confeccionó… con las manos de hombre que le quedaron de tanto trabajar, más correosas que las de su marido… pero con ese cariñito que nunca una madre le niega a sus hijos…

Alfredo no podía dejar de llorarle… con ese llanto que siempre de niño evitó. La abrazó fuerte… fuerte… y los grillos sonaban, y las cigarras sonaban, y las palomas sonaban y sus pericos y los perros y el río que corre por detrás de la casa… y él ya no podía hacer nada para revivir a su madre muerta… y el mundo se hizo chiquito… una pelotita diminuta y sencilla… y recordó aquella vez en que él vio a su madre desde arriba… llorando a su hijo moribundo después de fracturarse el cráneo una vez que saltó al río… y vio la sábana que llenó completa de sangre… y vio a su mamá llorar a su hijo moribundo… y los grillos sonaban, y las cigarras sonaban, y los perros sonaban… y el río sonaba…

Y entonces se calmó un poco.

Triste y pesado, se acercó a su papá, Don Pablo, quien ahora sollozaba con los ojos desorbitados, sin saber que hacer… *Papá… pero… ¿Como fue? ¿Que paso papá? ¡Papá dime por favor!*

*Hay mijo yo no se… no se mijo, no se…*

Jesús, que también lloraba no podía separarse de su mamá… más tranquilo contestaba el teléfono con la voz quebrada a su sobrino Alfredo…

*No mijo… no necesitamos nada… bueno, traigan flores… sí mijo… traigan flores… muchas…*

Alfredito y sus primos se encargaron de subir la campana al arco  de la entrada del panteón… y de levantar el ataúd con el cuerpo de su abuela adentro…

El camino al camposanto era el mismo infierno. El calor no abandonaba, las cigarras sonaban, y el viento se paró, y la gente salió a la puerta de sus casas, a las ventanas, y bajaban sus sombreros y apagaban la música, detenían sus pláticas o simplemente dejaban de hacer nada, para empezar a ver la procesión…

Nunca esos cantos fueron tan tristes, nunca ese calor tan sofocante, nunca esas miradas tan de compasión, nunca esas lágrimas tan copiosas… Y el pueblo se detuvo cuando el señor cura rompió en llanto y se le quebró la voz al escuchar la noticia…

Mucha gente esperaba a la entrada del camposanto, otros ya habían tomado lugar sobre la tumba de sus propios muertos…

El viejo y cansado Don Pablo no podía más que seguir a la gente dentro de una pequeña camioneta.

Los cantos de Alfredo, Jesús y Saturnino (que fue el último en llegar) acompañaban lastimeramente a todos, hasta que todos quedaron sentados o recargados, listos para la ceremonia de cuerpo presente en el tejadito del camposanto… al tiempo que un hombre con sombrero desgastado abría un agujero donde habría de depositarse la caja…

Ni todas las burlas a su imagen, ni todos los dulces, ni todos los años de verla como un motivo de fiesta y buen pan, sirvieron para aminorar ese sentimiento de todos al ver a esa gran mujer irse humildemente con la siempre festejada muerte, en una pequeña cajita de madera con el interior levemente acolchado…

Y así se fue… las cigarras sonaron como nunca, los llantos corrieron hasta que se deshidrataron los ojos… y la gente se fue, y volvieron a sus vidas temporalmente sin dolor… y ellos se quedaron. Los más pequeños todavía sin saber que había pasado, los más grandes todavía sin saber que había pasado… y Don Pablo.

Un hijo de ellos (Pablito) le recibió en la misma urna, junto al bisabuelo, rompiendo así la promesa de Pablo y Oliva de irse juntos para no hacer sufrir a ninguno de los dos.

Y fue así como ese matriarcado, donde una sola mujer logró mantener unida a una familia entera, con sus manos de hombre, su sazón de diosa, sus frases pegajosas y los cantos religiosos que silbaba cuando arreglaba la casa…

Así se fue mi abuela paterna… aún la recuerdo como si fuera ayer, aún recuerdo su olor, su comida, sus manos y sus canciones. Gracias abuela por llenarme la infancia de música, de buena comida y de mucho trabajo. Te quiero y te extraño. Cuídame a mi papá.

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Un comentario en “El matriarcado

  1. Chale compadre asi es esto cuando nos llama el jefe pues ni pedo pero mientras sigamos aki, pues disfrutemos y no olvidemos a los q nos esperan…abrazote 🙂

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