Los olvidados… II

¡No quiero que salgas! ¡Me da miedo! ¿Que no entiendes?

Vociferó él mientras daba un portazo de esos que dan miedo después de una discusión de aquel calibre…

Caminaba de prisa y miraba el reloj constantemente. Sus pasos se alargaban cada vez más intentando disumular una urgente prisa de llegar a algún lugar lejano. Sin duda no esperaba a que las cosas se tranquilizaran, había algo que lo tenía angustiado.

Llegó a la esquina de esa avenida y se detuvo en seco, miró hacia todos lados y paró un taxi.

– Al Hospital de la Guadalupe, apúrese!-

El chofer obedeció sin chistar y quince minutos después ya estaba recibiendo su paga. Él no dejaba de caminar de prisa y de mirar el reloj que colgaba de su muñeca.

– Buenas tardes, disculpe ¿En qué cuarto está internada la señorita Fernandez?-

Treinta segundos después ya iba subiendo las escaleras hasta el piso tres, el elevador tomaba mucho tiempo en bajar, aunque hubiera llegado al cuarto 304 dos minutos antes. Tomó la manija de la puerta de aluminio y la abrió.
Ella, entubada por todos lados y sin signos de estar realmente consciente, permanecía en esa cama con tantos paratos a los lados como cupieran en la imaginación. Un soporte rígido rodeaba su cuello y sus manos mostraban aún signos de una encarnizada lucha por sobrevivir. Los golpes que se dejaban ver en las partes no vendadas de su cara era muy notorios. Su labio inferior permanecía en su lugar gracias a los puntos de sutura y el párpado menos golpeado luchaba por no hincharse tanto que no permitiera la visión de ella.

Él casi cayó de rodillas ante esa escena.

Se acercó y tomó una mano de ella, pero ella no sentía mucho, pues los deliciosos líquidos que le suministraban por vía intravenosa la mantenían fuera de toda sensación, en aquel mundo tan parecido al limbo que muchos hemos experimentado.

– Sí que se la madrearon- Dijo una sombra que se acercaba desde atrás de la cortina. Era Julián.

– ¿Cuándo fue esto?- Dijo él con enojo.

– Hace unas pocas horas, te estuvo marcando a tu celular pero no contestabas. Pensamos que algo te había pasado, pero luego alguien nos dijo que estabas con Lucía, y entonces mejor no quisimos intentar comunicarnos más… al fin todo ya estaba hecho y en vías de solucionarse.

– ¡Pinche gente! ¡De veras que me cagan! ¿En donde la encontraron?-

– En Mixcoac, pero ahí no la golpearon. La verdad, no saben aún donde mero fué que pasó todo, pero lo que sí es seguro es que fue muy lejos de aquí. Ella apareció en Mixcoac y ya… eso es lo que sabemos. Tal vez eran tres o cuatro fulanos, pero eso tampoco es seguro.

– ¡Chingadamadre! ¿Y yo como carajos iba a saber?-

– Lo que tampoco sabías es que Mario está desaparecido. Ella traía lodo en los tenis y no traía chamarra. El coche de Mario también se lo robaron, pero de él no saben nada… lo peor es que hay rastros de sangre en la casa de ellos… de Mario…-

-No…-

……

Él, salió igual de rápido como llegó… las escaleras se hicieron un suspiro y la calle, con su oscuridad de Luna ausente se hizo infinita, así como la distancia desde el hospital hasta la casa de Mario… pero no pudo más que llegar a la entrada…

Y ahí se quedó, inherte hasta que supo que hacer… pero eso no lo haría hoy…

Continúa…

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