Los olvidados…

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Resguardada en la penumbra de esas horas, y sin un farolito de mano que le indicara el camino más conveniente, abrió la cajuela del coche con nerviosas manos y guardó las llaves en el bolsillo de su chamarra. Suspiró pesadamente y jaló aire como para darse valor. Su menuda corpulencia no le dejaba más opción que forcejear con ese bulto de forma conocida y varios amarres mal hechos que sostenían la cobija que lo envolvía.

Unos minutos después pudo al fin recargarle en la orilla del maletero y tirarle del otro extremo para que cayera al suelo. Un suelo lodoso a medias, oscuro y muy dudoso. La pendiente no ayudó mucho a que el bulto aquel fuera rodado hasta su destino. Ella, cansada hasta los huesos, con el cabello pegado a la cara por tanto sudor que a pesar del frío y del viento no dejaba de soltar. Sentía incomodidad por su gruesa chamarra de cuero, la que se quitó y lanzó descuidadamente en el asiento trasero de su coche.

Al regresar miró el bulto con ojos sencillos, rojos, lacrimosos, y subió las manos para soplar vaho entre ellas para calentarlas un poco. Lo rodeó y empezó a tirar desde la parte más delgada, tomándolo de la cuerda que sostenía la cobija en ese extremo. La luna brillaba por su ausencia, pues las nubes pesadas no dejaban pasar mucha luz.

No estaba amarrando carnada a un anzuelo, tampoco esperaba ser encontrada después de años y años de espera mientras la burla hacia el chueco y largo brazo de la ley la encontrase; ella simplemente quería deshacerse de él y al fin descansar su menudo cuerpo de inurias por todo el eterno e insolente tiempo que le quedaba de vida. No se preocupaba por saber el destino de ese bulto, siempre y cuando permaneciera ahí, en el inicio de un pequeño y poco profundo hueco en el monte hasta el fin de el camino de regreso de ella. Nada del otro mundo. Sólo dejarlo ahí y caminar lejos, muy lejos. Tanto que las piernas acalambradas indicaran casi el final de la jornada, y los ojos arenosos el principio de una deliciosa noche de dormir, costumbre casi olvidada y usualmente intercambiada por sendos puñetazos en el estómago, ya sea por una borrachera u otro arranque de furia del que ahora, envuelto e inerte, descansaba lo mortal que quedaba de su humanidad en la entrada de aquel hueco poco profundo en el monte.

Y caminó, caminó sin parar un tramo casi infinito… tanto que tuvo que regresar tres pasos para asegurarse de que no olvidaba nada, y volver a caminar. Otro suplicio al alejarse la hizo pensar en que puede haber personas que recobran la vida por algún estímulo sencillo, o por destino simplemente… así que mejor regresó para asegurarse que la cuerda estuviera bien amarrada, primero, y que el bulto ya no respondía a lo que ella consideraba dolorosas torturas.

Continúa…

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