Don Pepe

“… dejó que se fuera sin indagar con quien y para donde… hasta que lo encontramos sentado en mero en medio de aquella iglesia solitaria… mudo de rabia y sin una caricia que le mitigara el dolor y la coraje, frente a él mismo. Lo único que le quedaba pra cuidar era la vida, era él mismo, era su devastado cuerpo insensible y de piel dura, pero con un corazón roto y cansado…”

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Don Pepe. Simplemente un hombre, como todos, con trabajo, con sueños… con hijos, esposa, nietos… que se yo.

Él trabajaba como nadie, siempre a las cuatro de la mañana, desde que se casó, se levantaba a prepararse un desayuno, pues a su mujer se le hacía muy difícil esa hora, sobre todo habiendo visto la noche anterior, hasta el último capítulo de la última novela de repetición a la media noche…

Ella, como muchos, y desde el día que se casó, extendía sus horas de sueño hasta ya entradas las diez de la mañana… sus levantares pesados irradiaban huevonada y una sencilla circunstancia de ama de casa: estar sola por horas. En fin, la casa no es muy grande, que bueno… no hay muchos hijos, que bueno, también hay juventud…

Pero los años pasaron, la familia creció, el niño menor alcanzó al mayor en la escuela, e incluso salió primero de la primaria; dicen que siempre fué el más dedicado de los dos. Sus hermanas, que son varias, dedicaban las tardes sin escuela a experimentar las delicias del cuerpo con el novio de turno, pues era muy conocida su belleza, muy a pesar de la apariencia abolillada de su mamá… Don Pepe, que fué criado a la antigua, no daba crédito a cómo su mujer permitía que sus hijas y sus hijos se comportaran como lo hacían, ya sea con sus novios o novias, o en general…

Un día en la primaria, el hijo más grande se sonó a un chiquillo… le rompió la nariz y lo dejó chueco de por vida, pero la señora nunca fué a las juntas o cuando los mandaban llamar, así que Don Pepe tomaba tiempo de su trabajo para ir a atender las dudas, comentarios o quejas sobre su impaciente chamaco. La maestra se sorprendía de ver a tan amable, trabajador y dedicado señor tener a un hijo que casi casi era un hijo de la chingada…

Y el tiempo pasó, y Don Pepe se capacitaba para tener un trabajo mejor dentro de su misma empresa, eso de juntar años para jubilarse era su meta… hasta que tuvo esa oportunidad, una muy buena, de irse a trabajar a otro lado con mejor paga, en otra empresa, y sin arriesgar todos sus años de trabajo… pero su adorada y ya nada guapa mujer lo aplacó con gritos y manotazos que se escucharon a una cuadra de distancia. Ya todos sabían que la señora mandaba en la casa… aun así su ligero sentir de mamá no le hacía reclamar cuando salía y veía a una de sus hijas manoseándose cachondamente y sin pudor con el novio de turno a la entrada de la casa… como quiera los dejaba ahí afuera porque la casa estaba vuelta un asco…

En fin, de alguna forma u otra (no siempre tan honorable) las hijas se fueron casando una a una… hasta que ya todas tenían marido e hijo al mismo tiempo… lo delicioso del asunto es que no tardaron mucho en irse a vivir las tres, con todo y familia, a la casa de Don Pepe… y ahí siguen, dos hijos después… de cada una, todos casi al mismo tiempo, con esposos que trabajan en empleos tan honorables como cargando rejas de refresco, garrafones de agua o muebles.

Y el tiempo pasó. Los hijos varones de Don Pepe salieron de su casa… para regresar no más de un mes después, casados y con un hijo en puerta… uno después del otro… casi siempre con mujeres que no querían… casi siempre ofreciendo una casa que no era suya… casi nunca teniendo algo real que ofrecer al nuevo chamaco o chamaca en cuestión…

La afición del más chico, por los coches, lo llevó a tener deudas impagables, por las que varias personas de traje visitaban insistentemente la casa al menos dos veces a la semana… hasta que empezaron a ir agentes uniformados a buscarle… dicen que él se fué a los Estados Unidos y que allá tienía otra familia… quien sabe. Total, otros agentes uniformados, con pasamontañas, armas de alto calibre y chalecos gruesos llegaron por el otro hijo… él no opuso resistencia, pero se le veía en la cara esa frustración y desesperación del que es privado así de su libertad… desde entonces manda cuadros desde la cárcel hechos por él a su mamá, para que los venda y complete para el poco gasto que le dá “su hevón” padre…

Y el tiempo pasó… y Don Pepe se vió obligado a pagar las deudas, el coche del hijo que quedaba, la escuela de las nietas, los partos de las hijas, las necesidades de su mujer (que para entonces ya había agarrado una afición muy cabrona por las sopas instantáneas)… ese hijo consiguió el honorable trabajo de cajero en una tienda departamental… al tiempo que sus hermanas se dedican a platicar en la cochera de la casa, mientras se maquillan al sol de las 11 de la mañana que es cuando se levantan.

Don Pepe tuvo que conseguir un segundo trabajo, uno que dejara algo de lana… algo más, que pudiera ser libre, que pudiera hacer cuando quisiera y cuando ocupara… algo que no le requiriera mucha inversión y sí mucho de retorno… pero no quiso seguir los pasos de sus hijos y mejor se rentó un taxi pirata… cenizo y preocupado, se le veía manejar por la ciudad, de noche, levantando borrachos afuera de antros o teibols que después no quieren pagar. Al menos manejando se le olvidaban todos sus problemas… se olvidaba que tenía mujer o hijos, o nietos y nietas… se olvidaba que tenía que descansar… se olvidaba que existía y se hacía uno con el camino… desde las 8 de la noche que llegaba, hasta las 2 de la mañana que lo vencía el sueño a medio camino… hasta que dejó de comer bien y a perder mucho peso. Se le veía ojeroso llegar al medio día del domingo a prepararse algo de comer, junto con un par de cafiaspirinas y una cocacola, para después seguir con la jornada hasta bien entrada la noche…

En la camioneta de su trabajo diurno, Don Pepe guardaba siempre un librito en blanco que iba llenando con pensamientos, que casi siempre le surgían cuando olvidaba todo… su compañero lo leía de vez en cuando, pero procuraba no hacerlo pues Don Pepe se enojaba mucho.

Y el tiempo pasó… diez años después, sus nietas ya en la secundaria… y el taxi pudo haber sido ya una extensión más de su persona… pero una noche llegó y encontró dormida en la sala a su mujer, como muchas noches antes… vestida con su manchado delantal, en medio de botes de refresco, bolsas vacías de palomitas, de papitas o pastelillos dulces. No quiso despertarla, y pasó lo más silencioso posible hacia las escaleras… el ruido que hizo un gato espantado al sentirse amenazado mientras comía de las sobras de comida que quedaron en el piso, fue suficiente para que la señora despertara…él la miró tiernamente, con lástima… con odio y con alegría… ella, espantada y agitada en su abolillado cuerpo, lo miraba extrañada de verlo a esas hora, vestido de camisa blanca y pantalón negro y corbata… era el uniforme de la flotilla de taxis, que por cierto ya no era pirata, pero seguía ganando igual o peor que antes…

-… ya me voy –

-¿a donde viejo?-

– no te voy a decir…-

Y ella dejó que se fuera sin indagar con quien y para donde… sin saber si vivía o moría, si sus sueños pudieron alguna vez materializarse un poco, si su soledad al fin le daría respuestas o al menos un rincón agradable para llorar… hasta que lo encontramos sentado en mero en medio de aquella iglesia solitaria… mudo de rabia y sin una caricia que le mitigara el dolor y el coraje, frente a él mismo. Lo único que le quedaba para cuidar era la vida, era él mismo, era su devastado cuerpo insensible y de piel dura, pero con un corazón roto y cansado… cansado…

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