Vodka, chela cara y guacareadas clandestinas…

Así como todos, o si no la mayoría de los mortales, me considero una persona musical… pero a un nivel en extremo raro, pues la evolución de mis gustos musicales incluyen sencillas rolas de amor fresa y super super super cursis que nomás hacen que le salgan ronchas a la gente, hasta abominaciones como Daniela y su sonido electrónico; pasando por Paquita la del Barrio, los Tigres del Norte, Tucanes de Tijuana, dos o tres rolas de Pantera, Shock Bukara, Nopal Beat, Cerati y mis favoritos: Radiohead, Los Tres, Portishead, PinkFloyd, sin mencionar a los consagrados chamacones de los Doors, Creedence Clearwater Revival, The Kinks, y un infinito etcétera.

¿A que va todo esto?, pues a dar un pequeño contexto para explicar la forma en que me sentí cuando pasó lo que les voy a platicar a continuación…

…………………………

¡Que hueva me dan los antros! Esos lugares oscuros, olorosos a cigarro y perfumes piratas que nomás no terminan de convencerme.

De entrada me cuaja llegar a un lugar y enterarme que te “revisan“ en la entrada, varios fulanos grandotes, vestidos de negro, con cara de pocos amigos y sí muchas ganas de portarse mamones o mancharse con los que al parecer no pueden defenderse. A mí se me ocurrió ir vestido de pantalón negro, camisa verde militar y gabardina negra, pues a mi modo de ver las cosa puede más vestirse semi formal que semi fresa a la hora de ir “a bailar con las chamacas“. Pues la cochina gabardina hizo que los de seguridad se pusieran luego luego a las vivas y me esculcaran doble… ni pex… todavía pa acabarla de cuajar, me cobraron 50 peso por el hecho de ser hombre… sólo a los hombres les cobran… por entrar a un lugar a consumir más de 500 pesos en chupe nomás porque la política es que no puedes tener la mesa sin botella llena, si con tus cuates juntas dos mesas, te hacen a huevo (pero de a huevo huevo) comprar otra botella, es una botella por mesa, osea, por mesita vaya… no por bola de gente, que por lo general andan igual o más jodidos que uno.

En cuanto empezaron a pedir la coperacha para el pomo yo inmediatamente pinté mi raya… ya he coperado lo suficiente con mi dinero para pedas ajenas y lo único que saco son angustias y preocupaciones por imaginar el fatal resultado de una noche de borrachera y el regreso manejando hasta la casa en las afueras de la ciudad.

Yo, a lo largo de mi vida, he tenido la oportunidad de hacer un montón de cosas, incluidos los conciertos que daba en bares y cafés de mi querida Morelia. Durante muchos años estuve sacando dinerito para comprar cuerdas de guitarra y otras cosas, y todo de los toquines que me aventaba con mis cuates. No era mucho dinero y ni tan seguido, pero lo que sí es que lo disfrutaba mucho. Eran lugares sencillos donde el objetivo era ir a escuchar y ver a la banda que ahí tocaba, alucinarse chido con las rolas que se aventaban, tomar chela bara bara (que no deja de ser la misma chela que en el antro, pero en el antro le suben dos o tres veces el precio). Se ponía chido, no tocábamos tan duro para que la gente tuviera chanza de platicar, y aún así los de los cuchitriles más alejados del bar, se podía disfrutar de un delicioso arrumaco con la chica o el chico en turno …

Todo esto pensaba cuando empezaron a subirle el volumen a la música en ese café lounge antro con música en vivo (o al menos así me la pintaron). Chale… caí en el engaño… es un vil antro… vil, superficial, fresa, pedante, escaparate de viejas semi buenas y con poco sentido común que se sienten la última cocacola en el desierto, vitrina para mostrar esas camisas con el cuello desabotonado y los lentes oscuros de los tipos que se sienten el último macho en la tierra (que hueva de weyes me cae) y miran a las mujeres como si se tratara de escoger un coche nuevo para su ya engordado catálogo de vehículos.

La neta, si esas chicas fueran tantito buena onda, no tendrían que pasar toda la velada bailando solas o agarrando a una amiguita pa que baile con ellas; ellos por su lado, tendrían al menos la decencia de ir a pedirle a una chica que baile con ellos, no tendrían el ego tan elevado como para esperar a que las mujeres vean sus chingonsísimos lentes de marca (piratas por supuesto) y caigan rendidas a sus pies sin mediar nungún tipo de negociación. Es una bodega de egos tan inflados, que las chicas sencillas que ahí llegan no hacen más que aburrirse sentadas en los incómodos banquitos, molestas por el creciente número de idiotas que piensan que acercándosele a ellas con actitud retrógrada y machista (pero de las gachas) lograrán anotar un desesperado gol la noche de hoy.

Los únicos que se salvan son los que llegan con pareja, pues la realidad es que lo único que quieren es estar con el otro, sin importar realmente el lugar, y pues son los que se la pasan mejor, justo debajo pero no tanto, los que van con amigos y amigas, todos en bola, para echar desmadre parejo aunque siempre haya uno que nomás tarda en calentarle el cuerpo pa empezar a bailar al ritmo de los aburridos bits electrónicos (acá en Morelia siempre ponen los mismos) o las súper choteadísisisisisisisimas rolas de Timbiriche, Paulina Rubio y anexas… por lo general ese retardado social de antro soy yo, pero no hace falta que me calienten para ponerme a bailar en “La Casa de la Salsa“, por ejemplo, o en la bien organizada fiesta de algún conocido o familiar donde se baila de todo.

Es mágico tomar de la cintura a la señorita en cuestión, agarrarla de la mano y llevarla hasta donde empieza a decir “es que la neta yo no sabía bailar _____“ (escriba el estilo musical bailable que le plazca). Cuando una chica dice eso es porque, sin temor a equivocarme, pensaba que no sabía bailar, pero descubrió que sí sabe, y sabe chido, o al menos lo suficientemente chido como para decir “¡ya se bailar chido!“.

Si la señorita ya sabe bailar, entonces le espera a usted una noche mágica de alientos, sudores, pasos inventados y sonrisas sencillas de un lado al otro durante toda la noche… ¡Viva el cabaret! Fomenten los bailongos aquellos que dejan platicar y lo hacen a uno (como hombre, por ejemplo) el gusto por la delicadeza y figura femeninas que nunca dejan de asombrar.

Volvamos al antro…

Tobo iba más o menos bien, si se puede decir eso, hasta que en un punto de la velada pantalla de proyección de levantó y dejó ver a un grupo de gente sobre una pequeña tarima. Dos guitarros, un bajo, un bataco, un tecladista y dos chicas vocalistas (un guitarro también cantaba)… rolas de Belanova, Paulina Rubio, Timbiriche, Thalía y de los demás autores no recuerdo… oo incluso algunas rolas viejitas de Maná…

En mi cabeza se articuló un “Noooooooooooo“ fatlista del tipo “un wey cayéndose por un hoyo infinito hasta el infierno“.

Solo pude estar ahí una hora o tal vez un poco más… ni squiera las chicas que acababa de conocer (muy guapas las dos, amiga de una amiga), pudieron convencerme para no irme a descansar un poco a mi casa… la neta que chafada tener que ir a un lugar de gente fresa, escuchar música fresa, con derroches de alcohol y ego, y un chingo de humo de cigarro (que me pone tan mal y de malas) y no poder quitarme la mendiga costumbre de estar tan consciente del ambiente en el que a mis cuates les gusta estar. Sí ya lo se… estar con los cuates es la onda… pero no tanto cuando uno termina bailando solo, muy a pesar de lo interesante que pudo estar la plática antes de pararse a bailar, no tanto cuando uno sabe que fulano o fulana ya ni siquiera puede mantenerse en pie o que se embriaga casi por completo apenas una media hora después de llegar al antro. Que en esos antros (que en realidad la palabra significa “rincón“ y era usada para designar un lugar muchísimo peor que un cabaret, hace muchos años) se tenga que obligar a la gente a consumir cantidades idiotas, tóxicas e inhumanas de alcohol porque si no, pues te corren a la burguer…

Chale… que tiempos aquellos en que el bar era la onda y podías despiojártela con una sola chela toda la noche (uno que siempre anda jodidón) y había chance aún así quedarte a escuchar a la banda tocar rolas originales que inconscientemente calificabas del (0) al (5) y así aplaudías.

… me despedí de todos, hasta de las nuevas “amigas“, y tomé mi gabardina. Al tiempo que me la echaba encima, me dirigí a la puerta principal (era como la 1.30 de la noche), y al sentir la deliciosa brisa de aire limpio, un idiota enorme, pelón y bigotón, vestido con traje y lentes oscuros me paró en seco y me dijo tajantemente “por aquí no puedes salir“… chingao… resulta que la política de la “empresa“ también dice que no se puede mostrar por ningún motivo, gente saliendo del antro cuando todavía no es hora de cerrar… para lo que faltaba aún como dos horas… osea, no vaya a ser que los que pasan por ahí enfrente (a esa hora ni quien chingados salga a hacer el super) piensen que el antro ya está perdiendo popularidad nomás porque un freak de gabardina se le ocurrió salirse antes de que todos terminen guacareando de borrachos…

Total… tuve que salir por una puertita diminuta que pasa por un lado de los baños, al principio de ese pasillo estaba otro wey vestido de negro con una diadema de radio agarrada de la choya, y se sorprendió de verme esperando que me dejara pasar pasa largarme de ahí… se hizo a un lado y cuando vió que realmente me dirigía a la salida (no a hablar por celular o a sacarme el taco, como hacen muchos), se adelantó a abrirme la oxidada puerta que yo ya tenía agarrada del seguro. Salí, respiré aire limpio, me sentí feliz por haber abandonado el recinto… voltee haci atrás y una nube de humo cortada con el portazo para cerrar, se desvanecía despacio en el aire.

Subí a mi camioneta y un mocoso se me acercó corriendo desde la otra esquina para decirme “yo se lo cuidé“ (ajá…). Le dí una moneda y me largué… creo que la ropa que usé ese día aún huele a humo…

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