Un nerd en cabaret…

… y finalmente se decidió…

Continuó por la banqueta hacia la puerta de barrotes negros de estilo incierto y una luz de neón roja que enmarcaba la entrada del lugar. Era de noche, pero aún así el clima se sentía cálido.

En la entrada un enorme fulano le pidió que se recargara con la cara viendo a la pared, mientras sus gruesas manos buscaban no se que cosa en los pantalones de aquel flacucho individuo… él, sin más por hacer, respingaba cada que aquel tocaba algo que creía no le correspondía, aunque en sus adentros lo justificaba imaginando un posible asesino en serie que hubiera podido matarlo y dejarlo colgado en el baño de hombres de no haber sido porque le encontraron un arma escondida en la entrepierna.

En fin, cincuenta pesos menos en la bolsa y un mundo infinito de sudor, calores, arrimones, bebidas alcohólicas y demás degeneres se abrió ante sus ojos. Sin querer mantenía su boca abierta ante tal espectáculo: hombres bigotones bailando con mujeres más gordas que ellos, con vestidos de poca tela y un hedor a cigarro más penetrante que se queda impregnado hasta en los cabellos más recónditos. Cachuchas regaladas por algún partido político adornan las cabezas de algunos parroquianos, envueltos en un sopor etílico que no hace más que atontar los obligados comentarios piropescos hacia las damas que se ofrecen para bailar. Uno que otro se disculpa de vez en cuando por las gotas de saliba expelidas cuando se quiere hablar a un volumen escuchable por sobre los siempre copiados ritmos de la sonora santanera.

Los cuerpos, ya cansados por el constante vaivén de su exagerada carencia de ritmo, algunos otros por su pericia en el arte del bailongo, contrastan sin querer uno con otro ante la diferencia involuntaria de apariencias, así como el ir y venir de unas luces que, aburridas, repiten el mismo patrón una y otra vez.

– ¡Joven! ¿Va a querer cubeta o de una por una? Yo le recomiendo la cubeta porque así logra chuparse dos chelas más pa ponerse acá luego luego y se ahorra como más de veinte pesos…- Su cara sosprendida pudo haberle significado cualquier otra cosa menos una respuesta comprensible, aún así le dejó una cubeta como las que usa la señora del edificio para trapear, sólo que con ocho cervezas adentro, sin taparosca y con algo de hielos a los costados.

– Veamos a que sabe esta cerveza… – Piensa mientras toma un trago. No está tan mal como pensó, pero tal vez sea el calor lo que hace que una cerveza sepa bien, mientras esté fría. ¿Cuál será el objetivo de vender la cerveza en una cubeta?

– Demonios, ni siquiera se como vestirme para estas ocasiones…- Su peinado de librito aplanado y su camisa a rayas horizontales daba mucho de que hablar, sobre todo comparando con la ropa común de la gente que viene a este cabaret a las afueras de la ciudad.

Estaba esperando el momento para regresarle al mesero la cubeta, cuando una enorme mujer de brazos gruesos y hombros prominentes se sentó cerca de la mesa en una sillita plegable que desaparecía debajo de su prominente trasero… una de sus manos se deslizó hasta las rodillas juntas de él, mientras él solo atinaba a jalar aire y abrir más los ojos al sentir cierto cosquilleo que le gustaba y a la vez le daba asco…

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